Los 1.545 mártires de la persecución religiosa en España durante la Guerra de 1936 y sus precedentes

El trapense Pío Heredia y 17 compañeros mártires

Mártires cistercienses en Santander

Santiago Cantera, o.s.b. (Monjes y ermitaños mártires en España 1936-1937)


La persecución religiosa en Santander fue especialmente cruel, aun cuando en los primeros meses de la guerra no alcanzase en ciertos aspectos el relieve existente en otras partes de la zona roja. Son enormemente tristes los asesinatos cometidos en el faro de Cabo Mayor, donde fueron arrojadas al mar más de un centenar de personas atadas con una piedra, bien desde las rocas, bien desde barcas; y los realizados en los barcos-prisión Alfonso Pérez, Altuna Mendi y Cabo Quilates.


La abadía de Viaceli en Cóbreces, de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (habitualmente conocidos también como &ldquotrapenses&rdquo), era de fundación relativamente reciente (1903, erigido en abadía en 1926) y había sido impulsada por los hermanos Bernardo de Quirós en buena medida con el fin de impulsar el desarrollo agropecuario de la comarca, siguiendo el modelo de los monasterios medievales, para que los monjes introdujeran allí nuevas técnicas y fueran asimiladas por los paisanos.


En 1918 llegó como monje, procedente del monasterio de Val San José entonces existente en Getafe (Madrid), el P. Pío Heredia Zubía, nacido en Larrea (Álava) en 1875, quien siempre destacó por su piedad mariana y pronto adquirió fama de santidad. Ocupó diversos cargos (maestro de oblatos, maestro de novicios y finalmente prior) y, entre 1918 y 1936, la Comunidad vio crecer el número de sus miembros de 20 a 64.


Pese a las incomodidades provocadas por los milicianos (cacheos, amenazas de muerte, etc.), los monjes mantuvieron la vida regular hasta el 20 de agosto, cuando la iglesia fue clausurada, y todavía hasta el 8 de septiembre, pues pudieron proseguirla en las otras dependencias del monasterio. Este último día, la Comunidad en pleno fue detenida y trasladada a Santander, a partir de una orden dada desde los centros anarquistas de la ciudad; sólo cinco religiosos pudieron permanecer en Cóbreces y no se apresó al abad, P. Manuel Fleché, debido a su nacionalidad francesa: encomendó entonces al P. Pío Heredia el cuidado de todos sus hijos espirituales, en la medida de lo posible. En la capital de la provincia, 38 monjes fueron recluidos en prisión y otros fueron puestos en libertad, aunque controlados; 13 serían martirizados en tres grupos distintos, y otros cuatro, habiendo podido marchar, fueron finalmente también asesinados en distintas circunstancias. En total, murieron como mártires 19 monjes de la Comunidad, encabezados por el prior, P. Pío.


Antes de ingresar en prisión, sufrieron las burlas y mofas de las turbas y los gritos pidiendo su muerte: &ldquo¡Al faro! ¡Mueran los curas! ¡Abajo los frailes!&rdquo La serenidad y el recogimiento de los monjes fueron siempre modélicos y mantuvieron una intensa vida de piedad, incluso con el estremecedor canto de la Salve cisterciense en voz baja; en todo momento, el ejemplo dado por el P. Pío era fundamental para los demás.


Los testigos afirman quedar sorprendidos por la paz y por sus oraciones, así como por la manera en que se confortaban mutuamente. El P. Pío les exhortaba acerca del sentido de lo que se vivía: &ldquoSi algo debemos decir de la terrible prueba a la que el Señor ha sometido a su Iglesia en España, hagámoslo sin faltar a la caridad, sin impaciencia. Él y la Madre saben el por qué de esta persecución” y sonriendo después, añadía: &ldquo¡Menos comentarios y más oración!&rdquo


Hubo varios grupos distintos de presos cistercienses de Viaceli; algunos hubieron de sufrir las crueles torturas del tristemente famoso comisario de Santander, Manuel Neila, que hizo que empujaran al P. Pío duramente contra la pared y que le golpearan durante los interrogatorios, participando él mismo en las acciones violentas y acompañándolas con insultos y blasfemias, a todo lo cual el prior respondía con el silencio, con mansas recriminaciones o con alabanzas a Dios, con una entereza y una tranquilidad que irritaban al verdugo. Después de la sesión, animó a sus hijos espirituales a prepararse a una muerte ya inminente.


La noche del 2 al 3 de diciembre fueron sacados de la prisión el prior y cinco monjes, y en la noche siguiente un grupo de otros cinco. Con las manos atadas a la espalda, fueron arrojados al mar, parece que todos ellos desde el faro de Cabo Mayor, aunque quizá algunos lo fueran desde barcazas; el mar devolvió sus cuerpos unos días después en las playas de Somo y se comprobó que uno de los cadáveres tenía la boca cosida con alambre. Los que no murieron de este modo, fueron asesinados en la carretera o cayeron víctimas en diversas circunstancias.


Los nombres de los mártires, muchos de ellos jóvenes, son los siguientes (los recogemos en el orden en que los ofrece el librito del P. Ignacio Astorga, O.C.S.O., atendiendo a formas y fechas de muerte):

P. Pío Heredia Zubía (prior), P. Amadeo García (nacido en 1905), P. Valeriano Rodríguez (1906), P. Juan Ferris (1905), Fray Álvaro García (1915), Fr. Marcelino Martín (1913), Fr. Antonio Delgado (1915), Hermano Eustaquio García (1891), Hno. Ángel Vega (1868), Hno. Ezequiel Álvaro (1917), Hno. Eulogio Álvarez (1916) y Hno. Bienvenido Mata (1907), P. Vicente Pastor (1905), P. Santiago Raba (1910), P. Ildefonso Telmo (1912), P. Emiliano Velasco (1914), Hno. Leandro Gómez (1915) y P. Lorenzo Olmedo (1888).


En su Causa de beatificación y canonización ha sido introducida juntamente la de dos monjas cistercienses de Algemesí (provincia de Valencia): M. Micaela Baldoví y M Natividad Medes, asesinadas en 1936. En las listas de Mons. Montero, aparecen entre las religiosas asesinadas en la persecución religiosa: una bernarda del Santísimo Sacramento, tres bernardas de Vallecas (Madrid) y una cisterciense.