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«Las universidades de Salamanca (…) y
la de Alcalá de Henares, fueron los dos modelos universitarios sobre los que
se inspiraron las fundaciones en el Nuevo Mundo (…) la organización
universitaria hispanoamericana “copió” a la española, la cual estaba basada
en las Siete Partidas de Alfonso el Sabio (…) Fue tanto el empeño que puso
España para el desarrollo de la cultura en las Indias (…) que hasta se llegó
a la paradoja de que en América funcionaran casi más centros de enseñanza
superior que en España (…) Lo que París significó en Europa y Salamanca en
España, eso mismo representaron Lima y México en la América hispana»
Varios historiadores señalan que las
primeras universidades indianas fueron fundadas a pocos años del
descubrimiento, cuando aún “se olía a pólvora y todavía se trataba de
limpiar las armas y herrar los caballos”. “Las enseñanzas de todo género se
inician en las Indias desde los primeros momentos, lo cual es asombroso
fenómeno, indicador, por una parte, de la intuición de los religiosos y
virreyes, y por otra, del nivel cultural de las exigencias que los presupuestos
culturales españoles traían a las Indias. La Iglesia tuvo en ello un papel
preponderante ya que, a partir de la bula de Julio II del 28 de Julio de 1508 –
Universalis Ecclesiae Regiminis – (la que organizaba la Iglesia en Indias),
quedó preformado todo lo relativo a la futura enseñanza en la América española,
la que llevada a cabo casi en su totalidad por religiosos, o con notable
intervención de éstos, atacó todos los puntos sensibles, procurando que no
hubiera materia de la cultura, intelectual o técnica que no se hallase
contenida, explicada o enseñada en alguno de los centros docentes. Así hubo
escuelas primarias (para indios, mestizos y españoles), seminarios para la
formación del clero, escuelas de artes y oficios, y universidades. Vario y
multicolor fue el cuadro que presentaba la enseñanza en las Indias. Casi todos
los conventos de las órdenes religiosas llevaban consigo, en la esencia de su
fundación, la idea de una Escuela. Esta base educacional que suponían los
colegios populares y los de las escuelas acomodadas, dieron contingente para que
se produjera muy pronto en el Nuevo Mundo una necesidad de estudios superiores”
Casi todos los conventos de las órdenes
religiosas llevaban consigo, en la esencia de su fundación, la idea de una
Escuela. Esta base educacional que suponían los colegios populares y los de las
escuelas acomodadas, dieron contingente para que se produjera muy pronto en el
Nuevo Mundo una necesidad de estudios superiores”(2).
Fueron varias las órdenes religiosas que
participaron de esta incansable labor. La historia tendrá que reconocer que,
según palabras del P. Furlong,
la Compañía de Jesús
abrió escuelas en todos los centros de población, fundó colegios en todas las
ciudades del virreinato rioplatense, y erigió en el corazón geográfico del
mismo una universidad (la de Córdoba, Argentina),
la que desde principios del siglo XVII hasta fines del XVIII compitió con los
grandes centros culturales del viejo mundo. No hacía todavía medio siglo que se
había fundado la ciudad de Cabrera cuando los jesuitas pensaron erigir en ella,
una universidad. Comenzaron
en 1610 inaugurando el Colegio Máximo; tres años más tarde, inauguraban el
convictorio de San Javier, y un año después, quedaba virtualmente constituida la
universidad en base a estas dos instituciones. Gregorio XV y Felipe II le
otorgaban el privilegio de la validez de sus títulos en toda la Monarquía
Hispánica.
Desde las primeras décadas del
descubrimiento esta sed de contacto espiritual con la lejana Madre Patria
también se nutrió, según palabras de Oreste Popescu, con los libros traídos de
España en ritmo creciente, hasta alcanzar cifras siderales con el correr de las
centurias. “Así, en 1785, una sola remesa de libros recibidos en El Callao
(puerto de Lima) sumaba 37.612 volúmenes de carácter más bien heterogéneo aunque
el interés estaba centrado en el caudal de escritos de la escolástica y de sus
fundamentos Aristotélico-Tomistas: Aristóteles, Santo Tomás, Vitoria,
Medina, Soto, Covarrubias y Leiva, Azpilcueta, sólo para mencionar a los grandes
de la escuela de Salamanca quienes figuraban en las bibliotecas particulares y
oficiales hasta bien entrados en el XIX. Y es preciso saber, agrega, que como
las primeras veintiún universidades indianas fueron fundadas durante los siglos
XVI y XVII, ellas se nutrieron con el personal docente que era discípulo de los
grandes escolásticos españoles, quienes, una vez establecidos en Hispanoamérica,
desempeñaron el papel de prestigiosos maestros y fructíferos tratadistas en
Teología, Filosofía Moral, y Derechos civil y canónico”(4).
Alcalá y Salamanca: dos modelos para las indianas
Salamanca y Alcalá de Henares fueron los
modelos universitarios en que se fundaron las universidades hispanoamericanas.
Francisco de Vitoria, catedrático de Salamanca defendió la libertad y dignidad
de los indios.
Las universidades de Salamanca, la que se distinguía entre las europeas junto a
París, Bolonia y Oxford, y la de Alcalá de Henares, fueron los dos modelos
universitarios sobre los que se inspiraron las fundaciones en el Nuevo Mundo. La
universidad de Alcalá, creada por el Cardenal Cisneros para la formación del
clero, nació a partir del Colegio Mayor de San Idelfonso, y de sus numerosos
Colegios Menores: San Eugenio y San Isidro para Gramática, Santa Balbina y Santa
Catalina para Artes, el de la Madre de Dios para Teología y Medicina, el de San
Pedro y San Pablo para los religiosos franciscanos, y el Trilingüe. Aunque a
partir del siglo XVIII se le añadieron algunos estudios jurídicos, el prestigio
de esta universidad siempre estuvo asociado con el de la enseñanza de la
Teología, y de ahí su preferencia y conveniencia para orientar la organización
de los Estudios Menores que se dictarían en los conventos hispanoamericanos
(universidad-convento). Debido a que Salamanca, a diferencia de Alcalá, fundó
sus Colegios Mayores a partir de la universidad, y contó con una organización en
la que sus estudiantes votaban para la provisión de cátedras, inspiró la
organización de las universidades Mayores y Reales americanas. “Salamanca, la
más añeja y célebre de las universidades españolas, fue el prototipo de las
hispanoamericanas. La fundación de las universidades en el Nuevo Mundo, hijas e
imitadoras de Salamanca, es uno de los capítulos más gloriosos de la obra
cultural española en América”(5).
Debido a esto, toda la organización universitaria hispanoamericana “copió” a la
española, la cual estaba basada en las Siete Partidas de Alfonso el Sabio,
primera ley de instrucción pública que diferenciaba los Estudios Generales de
los Particulares(6), estableciendo las disciplinas que los componían. Así, en el
Estudio General, se debían enseñar las siete Artes liberales, Leyes (Derecho
civil) y Decretos (Derecho canónico). Si no había suficientes catedráticos para
todas estas disciplinas, las normas exigían que por lo menos los hubiera para el
Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica), Leyes y Decretos. Esta ley, entre
otras cosas, también determinaba que el sueldo de los maestros lo pagara el
Tesoro Real, y que fuese establecido por el Rey de acuerdo con la preparación y
disciplina que enseñase; aconsejaba fundar las universidades en lugares
tranquilos y próximos; eximía a sus profesores del servicio de armas, de pagar
tributos, concediéndoles honras y títulos de nobleza después de varios años de
servicio; encomendaba a las autoridades universitarias a gobernar respetando las
constituciones y estatutos; delegaba en el maestrescuela, representante del
Papa, la máxima autoridad espiritual, la colación de los grados mayores, y la
admisión de los estudiantes; limitaba el poder del rector; responsabilizaba al
claustro pleno de la solución de los temas más importantes de la universidad;
establecía las funciones del secretario, del administrador, del mayordomo, del
síndico, de los contadores, de los tasadores de casas, y de los capellanes;
asignaba a un bibliotecario el cuidado de los libros, al bedel (cargo de mucha
importancia en esta época) el anuncio de las cátedras vacantes, los días
feriados, los sermones en la capilla, la llamada a claustros, la vigilancia y el
aseo; y al alguacil, el cuidado del silencio durante las horas de clase.
La influencia y aplicación de este modelo Salmantino en toda Hispanoamérica
puede apreciarse concretamente en los casos de las universidades Reales y
Pontificias de México y San Marcos de Lima, en las que desde un principio se
aplicaron y se establecieron (por constituciones) las prácticas escolásticas
“tal como se hacían en Salamanca”: desde el contenido de las asignaturas, libros
de texto, métodos de enseñanza, duración, horario de clases, y ejercicios
prácticos, hasta la manera en que debían celebrarse las ceremonias de
otorgamiento de grados. En la universidad de México, por ejemplo, la
Constitución elaborada por el rector Farfán (1580) determinaba que los aspectos
ceremoniales del método escolástico se cumplieran “tal como se hace y guarda en
Salamanca”.
Las facultades en las Indias
Según las reglas salmantinas, las había de distinta clase y
categoría(7). Las Mayores eran las de Cánones (Derecho
canónico), Leyes (Derecho civil), Teología y Medicina. Las Menores, las de Artes
o Filosofía. En las facultades Mayores se obtenían los
grados de Bachiller, Licenciado, y Doctor o Maestro.
Según la hora en que se dictaban las clases, las cátedras se llamaban “de prima”
(primera hora de la mañana), o “de vísperas” (primera hora de la tarde). Las
cátedras “de propiedad” eran aquellas que se ganaban de por vida (las de prima y
vísperas siempre lo fueron), y las “temporales”, las que duraban generalmente
tres o cuatro años. Las de “media multa” eran aquellas en las cuales el titular
era multado en su salario por haberse ausentado por causas ajenas a las
permitidas (el salario en estos casos era repartido por mitades entre el arca
universitaria y el sustituto), y las “extraordinarias” eran las esporádicas.
“Leer” una cátedra significaba dictar o explicar una materia. Para ingresar en
cualquier facultad era necesario haber aprobado el curso de Gramática latina que
podía cursarse en las cátedras de prima, o en los colegios de Gramática, ya que
las materias de las distintas carreras se dictaban en latín.
Todas las cátedras se obtenían por “oposición” según una serie de reglas
muy complicadas especialmente pensadas para evitar sobornos y asegurar que
fuesen ocupadas por los mejores candidatos. Los opositores que ganaban debían
pagar derechos a las arcas de la universidad, al rector, a los consiliarios, al
bedel, y al secretario. Como a los estudiantes se les daba el privilegio de
votar para su provisión por simple mayoría, fueron muy comunes las peleas
para designar a sus favoritos. Las cátedras más discutidas fueron siempre las de
Teología ya que por ellas también concursaban los religiosos de las distintas
órdenes, la gran mayoría de ellos prestigiosos profesores de Salamanca, o
discípulos de sus grandes Maestros (Vitoria, Soto, etc.).
Grados académicos
Bachillerato
Las reglamentaciones indicaban que los estudiantes que aspiraban al grado de
Bachiller en Cánones o en Leyes debían cursar cinco años y explicar diez
lecciones públicas. Los que deseaban obtener el Bachillerato en Teología
debían graduarse antes como Bachilleres en Artes, cursar cinco años, leer diez
lecciones públicas, y defender un principio frente a los Bachilleres. Para el
Bachillerato en Medicina también se exigía ser Bachiller en Artes, cursar cuatro
años, leer públicamente diez lecciones, y defender una disertación pública. En
los dos últimos años debían hacer prácticas con enfermos y, antes de graduarse,
aprobar un examen largo y difícil que evaluaba, a través de una votación
secreta, sus habilidades. Para graduarse como Bachiller en Artes había que
cursar tres años, leer públicamente diez lecciones, y rendir un examen.
Una vez obtenido el grado de Bachiller en cualquiera de estas facultades, el
aspirante debía cumplir un estricto protocolo: debía presentarse ante el rector
para notificarle que había cumplido con todos los pasos del reglamento, y
comunicarle el nombre del maestro que había elegido para otorgarle el grado. Una
vez concluida esta formalidad, el bedel anunciaba públicamente la fecha de la
graduación. Para la ceremonia de graduación el maestro elegido subía a la
cátedra, el graduado pedía el grado a través de un discurso, finalizando el acto
cuando el maestro se lo concedía bajando de la cátedra para dársela en posesión.
Licenciatura
Los aspirantes a la Licenciatura en Cánones o Leyes debían (antes de ser
admitidos al examen) leer en una cátedra durante cinco años, y hacer una disputa
pública. Para Teología se les exigía leer un año de Biblia, dos años los libros
de las Sentencias de Pedro Lombardo, defender un principio respondiendo a las
objeciones de maestros y bachilleres, y realizar varios ejercicios. Para
Medicina había que acreditar cuatro años de lectura y prácticas. A los de Artes
se les pedía tres años de lectura más una repetición. Cumplidos estos requisitos
se daba paso a la ceremonia de graduación que duraba varios días: en el primero
se hacía la petición de grados. En el segundo, su publicación. En el tercero, la
presentación. En el cuarto, la asignación de temas para el examen. En el quinto,
el examen secreto, y en el sexto, la colación del grado. Como generalmente los
exámenes eran largos y se prolongaban hasta el otro día, esa noche el aspirante
ofrecía una cena a sus examinadores.
Doctorado o Magisterio
La distinción entre estos dos términos es sólo una cuestión de costumbres. Desde
muy antiguo los Juristas y los Médicos acostumbraban a graduarse de doctores
mientras que los Teólogos y Artistas, de Maestros (aunque en ambos casos el
grado significaba lo mismo) (8). Los títulos más prestigiosos eran los de doctor
en Cánones, Leyes y Teología, seguidos por los de doctorado en Medicina y en
Artes.
Las ceremonias de doctorado eran las más solemnes y costosas, y duraban dos
días: en las vísperas se realizaba un paseo público y un refresco. Al otro día
se disfrutaba de la comida, y de la fiesta de toros. El doctorando debía hacerse
cargo de todos los gastos de la celebración: debía entregar en la secretaría de
la universidad una suma considerable (en monedas de oro o plata) para las
propinas y para cubrir todos los gastos de los preparativos (guantes, azúcar,
dulces, bebidas, dinero, libreas).
Al claustro de presentación del doctorado, que solía hacerse en la casa del
cancelario, debían asistir los graduados de todas las facultades. Una vez
presentes, el candidato, de pie, manifestaba a través de un breve discurso que
estaba graduado de Licenciado, y que deseaba recibir el grado de doctor. En este
mismo acto el maestrescuela le señalaba el día y la hora del paseo, el aspirante
firmaba una fianza para legalizar su compromiso, el cancelario nombraba veedores
de comida, comisarios de tasa de comida y colaciones, dos comisarios de cena,
dos de toros, dos de guantes, dos de teatro, y uno de vejamen(9). En las
vísperas del día del paseo, por la mañana, el graduando debía enviar sus
conclusiones impresas a toda la universidad a través de un estudiante
protocolariamente vestido con hábito y bonete(10), montado a caballo, acompañado
de trompetas.
El solemne paseo ceremonial del doctorado se realizaba durante la tarde de las
vísperas del grado. Era toda una procesión cívica que comenzaba en la casa del
maestrescuela, seguía con un refresco en la universidad al son de las chirimías,
atabalillos y clarines, donde se repartían dulces, y se señalaba la hora de la
cena. Al día siguiente, por la mañana, se celebraba la colación, la que
comenzaba en la nave del Evangelio, donde se había dispuesto un estrado
revestido con lujo de alfombras, tapices e insignias universitarias. Una vez
ubicados todos los miembros de la universidad, ingresaban pomposamente a ella el
maestro de ceremonias y los bedeles, acompañando al graduado hasta ubicarlo en
el estrado, de pie, frente al cancelario, para proponer su cuestión, erguido por
nada menos que el rector. Luego, a través de una breve oración pedía al
cancelario su doctorado, quien lo remitía a su padrino para que le impusiese las
nobles insignias: un anillo (en el dedo anular de la mano izquierda) como
símbolo de sabiduría; un libro, símbolo de su capacidad de enseñar; una espada y
espuelas, símbolo de lucha contra la ignorancia, y un birrete doctoral con la
borla del color correspondiente a su facultad. A continuación le cedía su
asiento, le abrazaba, le daba el “osculum pacis” en señal de fraternidad, y le
acompañaba para saludar al claustro, comenzando por el maestrescuela y por el
rector. Seguía el acto de juramento, el discurso de felicitación, el reparto de
propinas, y la distribución de los guantes. Finalizado este acto toda la
universidad se ponía de pie, y se asistía a la comida. Más tarde se iba a
disfrutar de la corrida de toros en el balcón de la plaza que la universidad
tenía especialmente reservado. Entre toro y toro se tocaban las chirimías, se
arrojaban confites y dinero, y se repartían galochas para arrojar a los toros.
Esta ceremonia finalizaba sirviendo algunos refrescos.Para los maestros en
Teología el acto de graduación era similar a la del doctorado aunque más
sencillo y sin toros.
En México, estos ceremoniales escolásticos fueron muy festejados y respetados.
Los rituales en los que, por ejemplo, se otorgaba el grado de doctor, que por
mandato de los estatutos universitarios debían ser ejecutados “con toda pompa y
majestuosidad”, incluían paseos por las principales calles de la ciudad teniendo
como invitados de honor al virrey y al maestrescuela. El acto de investidura del
doctorado también era compartido por los vecinos, quien luego del vejamen,
recibía frente al público las distintas insignias del grado, y el traje que lo
distinguía en su especialidad: blanco para los Teólogos, verde para los
Canónicos, rojo para los de Leyes, amarillo para Medicina, y azul para los de
Artes.
En el Convento de los Dominicos, en
Santo Domingo, se fundó mediante bula papal la Universidad Santo Tomás de Aquino
en 1538, aunque no fue oficializada hasta 1558. Su heredera es la actual
universidad de Santo Domingo
En la Universidad de San Marcos de Lima también se le dio
gran solemnidad a la ceremonia de entrega del doctorado: “el graduado,
luego de haber pasado con éxito las pruebas del examen, colocaba sobre la puerta
de su casa su blasón coronado por un doselete. En las vísperas de la ceremonia
recorría las calles de la ciudad acompañado por una orquesta de timbales,
trompetas y flautas. A la cabeza del cortejo flotaba el estandarte de la Escuela
Real rodeado por lacayos y pajes. Les seguían el rector y todos los maestros y
doctores vestidos con sus togas e insignias acompañados por una multitud de
gente a caballo. El día de la entrega del diploma el jurado se dirigía
solemnemente desde la casa del futuro doctor a la Catedral. En la capilla de la
Virgen de la Antigua, adornada con tapices, colgaduras y vasos de plata, se
levantaba un estrado donde el presidente de la tesis hacía una pregunta en latín
al candidato. Este, de pie, en medio de la asamblea, respondía igualmente en
latín. Como intermedio de estas manifestaciones un estudiante leía un
discurso burlesco (vejamen). Luego, el candidato pronunciaba de rodillas
su profesión de Fe Católica en conformidad con el Concilio de Trento y
juraba fidelidad y obediencia al Rey de España, a su representante el virrey, al
rector y a los reglamentos universitarios. Hecho lo cual el decano del capítulo
(que era al mismo tiempo canciller de la Universidad) le entregaba su diploma y
el patrón de tesis le daba el beso de la paz, un anillo, le ceñía una espada
y le calzaba espuelas de oro. El nuevo doctor daba un abrazo al rector y a
los miembros del jurado a cuyo lado pasaba a ocupar un lugar. Luego de hacerse
una colecta entre los asistentes la procesión regresaba a su casa donde se
ofrecía un gran banquete. Esa misma noche el cortejo retornaba a la plaza de
Armas para asistir a la lidia de toros que ponía fin a los regocijos”(11).
Hubo en Lima otra manifestación universitaria de gran contenido político-social:
la recepción del virrey al poco tiempo de haber asumido en sus funciones.
“Ese día la Universidad presentaba su homenaje a su Excelencia acompañada por
todas las personalidades oficiales. El virrey oía el elogio obligatorio acerca
de sus virtudes y grandeza y luego se distribuían los premios del concurso de
poesía que habían organizado en su honor”.
Fue tanto el empeño que puso España para el desarrollo de la
cultura en las Indias, señala Rodríguez Cruz, que hasta se llegó a la paradoja
de que en América funcionaran casi más centros de enseñanza superior que en
España. Las universidades indianas presentaron un matiz variado respecto a
su fundación: unas nacieron “Mayores y Oficiales”, con amplitud de
privilegios, especialmente los Salmantinos(12), mientras que otras nacieron
“Menores”, con cátedras y privilegios limitados(13). Unas nacieron
Pontificias, con posterior aprobación Real, mientras que otras fueron
creadas por la Monarquía, con posterior aprobación Pontificia. Unas fueron
independientes, mientras que otras tuvieron como base los estudios realizados en
los conventos y colegios de dominicos, agustinos, jesuitas y seminarios
tridentinos.
Las Universidades Mayores de Lima y México fueron no sólo las
primeras universidades indianas sino el referente de las sucesivas fundaciones
coloniales. “Lo que París significó en Europa y Salamanca en España, eso mismo
representaron Lima y México en la América hispana. Por eso podemos hablar de
influjos salmantinos indirectos con respecto a las universidades Menores. Cuando
la corte dispuso, por ejemplo, que la universidad argentina de Córdoba redacte
sus constituciones, le ordenó que las arregle en forma a las de Lima por ser la
más cercana, así como se hizo con México en las de Guatemala. Cuando se decidió
la fundación de la Javeriana de Santa Fe, el Rey dispuso que redacte sus
estatutos teniendo por norte los de Salamanca, y los de Lima y México que “son
su prohijación”. Cuando se otorgó el permiso para establecer las
constituciones de la universidad de San Francisco Javier de Charcas se le ordenó
al padre Frías Herrán que en los imprevistos recurriera a las de Lima”(14).
Universidades indianas del siglo XVI
Pontificia Universidad de Santo Domingo, La Española: primera universidad del
Nuevo Mundo.
La primera universidad hispanoamericana fue la Pontificia
de Santo Domingo fundada en 1538 por la Orden de los Predicadores en la isla La
Española (hoy República Dominicana) a partir de los estudios que se dictaban en
el convento de Santo Domingo dedicados a “la formación en la fe cristiana de
una ciudad tan numerosa ya concurrida por multitud de negociantes y vecinos
de las islas próximas”.
Entre los primeros fundadores de este convento se encontraban exponentes de la
talla de fray Antonio de Montesinos (precursor de Vitoria y famoso por
sus discursos en defensa de los indios), fray Pedro de Córdoba (primer Prior),
fray Domingo de Betanzos, y fray Tomás de Berlanga (Prior y luego Provincial de
la provincia de Santa Cruz). Los pedidos que ellos solícitamente le hicieron al
Papa estaban relacionados con las ganas de fundar en La Española una universidad
al estilo de Alcalá en la que hubiere un rector; en la que sus alumnos pudieran
ser promovidos a los grados conforme a lo hacían sus pares españoles; en la que
doctores y maestros pudieran promover los grados, conceder insignias, nombrar
lectores (profesores) y asignar lecciones (cátedras); y a la que se le
concediera el privilegio de establecer sus propios estatutos conforme a los
privilegios de Alcalá y Salamanca. Por bula “In Apostolatus Culmine” el Papa
accedió a estos pedidos concediéndole a la Pontificia de Santo Domingo todos los
privilegios requeridos(15).
Aunque la trayectoria histórica de esta universidad no fue muy pacífica debido,
en parte, a la competencia jesuita ejercida a través de la universidad de
Santiago de la Paz, y a los ataques de Drake a la isla, ella contó con
facultades de Teología, Artes, Medicina, Cánones y Leyes. Los breves y las
Reales Cédulas que aprobaron las fundaciones de las universidades de Caracas y
de La Habana lo hicieron conforme a la Tomista de Santo Domingo, tomando sus
estatutos como modelo.
Real y Pontificia Universidad de San Marcos, Lima , Perú
Por Real cédula del 12 de mayo de
1551 el emperador Carlos V autorizó la creación de la Real Universidad de Lima,
que por ello se considera oficialmente la primera universidad de América.
La Universidad de San Marcos nació en el monasterio dominico del Santo Rosario
respondiendo en sus comienzos al modelo “universidad-convento” permaneciendo
bajo la dirección de esta Orden hasta que a partir de 1571 pasó a manos laicas.
Entre las distintas solicitudes que fray Tomás de San Martín (Regente del
Estudio General de los dominicos) y Pedro La Gasca (ex maestrescuela de
Salamanca) llevaron a España, estaba la petición para fundar una universidad en
el convento limeño con todos los privilegios de Salamanca. Por Cédula Real del
12 de mayo de 1551 obtuvieron la licencia para la fundación “por el bien e
noblecimiento de aquella tierra”.
La Universidad de San Marcos, asegura Rodríguez Cruz, fue uno de los centros
culturales más importantes de América, y tuvo mucha influencia en toda
Hispanoamérica. Se inició con las facultades de Teología, Jurisprudencia,
Filosofía, Medicina, enseñando, además, la lengua de los Incas.
La importancia de esta institución la relata uno de sus historiadores más
distinguidos: “Lima no es sólo perfumes, incienso, piedad, inquietud
versallesca. Es también la capital de las colonias de España. Aquí llegan los
hombres más representativos, sabios y eruditos, catedráticos y publicistas. Las
familias más distinguidas de todos los ámbitos de América envían a sus hijos a
estudiar a San Marcos o a los Colegios más renombrados de entonces: el Real de
San Martín, el de San Felipe y San Marcos, el de Santo Toribio, el de San
Carlos, todos vinculados a esta universidad. Fue Lima, por tal razón, la capital
de la inteligencia de la colonia. Cuando la independencia crea la República, en
Lima trabaja activamente la generación de los próceres que formó su espíritu en
San Fernando y en San Carlos. Su historia de cuatrocientos años corre paralela a
la acción de conquistadores y virreyes, libertadores y próceres, caudillos y
hombres de pensamiento”(16).
A pesar de que no se conoce el documento que indique el comienzo en sus
funciones, en el Capítulo Provincial que la Orden dominica celebró en Lima hacia
julio de 1553 figura el nombramiento de fray Rafael de Segura como catedrático
en Teología junto al mandato al Provincial para que proveyese las demás cátedras
de Artes, Gramática y Retórica. A lo largo de todo el período dominico, el
rectorado fue ejercido por el Prior del Convento.
Entre sus ilustres catedráticos figuraban: fray Domingo de Santo Tomás (primer
profesor de Sagrada Escritura), fray Tomás de San Martín (Regente-fundador),
fray Tomás de Argumedo, fray Miguel Montalvo, fray Antonio de Hervías (formado
en Salamanca, catedrático de prima en Teología y prior-rector en 1564), Cosme
Carrillo (primer catedrático en Derecho), fray Bartolomé Ledesma (en prima de
Teología en Lima y México, discípulo de Vitoria en Salamanca), fray Juan de
Lorenzana (alumno también de Salamanca, Prior del convento de Lima y luego
Provincial), Fray Luis López de Solís (agustino, quien pidió universidad para
Quito), Diego de León Pinelo (rector) y fray Pedro Gutiérrez Flores (rector y
visitador). Sus primeros graduados fueron fray Domingo de Santo Tomás, fray
Rafael de Segura, y fray Antonio de Hervías.
Hacia 1557 el virrey Marqués de Cañete la benefició con una pequeña renta de 400
pesos anuales para crecer en sus estudios e incorporar a numerosos profesores
europeos. Ya para esta época crecía el interés en desvincularla del convento
para que tuviera una existencia más independiente: “Es más autoridad estar por
si y no arrimadas al amparo de ningún monasterio” opinaba el virrey Toledo en
una carta enviada al Rey donde también le informaba que había quitado la
rectoría a esta orden para otorgársela al doctor Pedro Fernández de Valenzuela
(17). Hacia 1574 se decidió su traslado a un edificio perteneciente a los
agustinos situado junto a la iglesia de San Marcelo. Fue en esta sacristía donde
el rector y los consiliarios sortearon al que habría de ser su patrón: San
Marcos.
Real y Pontificia Universidad de México
Se dice que por la fundación de la Universidad de México “clamó todo el
virreinato” aunque la iniciativa de su creación le correspondió al primer
Obispo mexicano, al franciscano fray Juan de Zumárraga(18). Como la
primera respuesta que Zumárraga recibió de la Corte no fue favorable, el cabildo
decidió sumarse a ella. Como contestación el Rey le ordenó al virrey (por cédula
del 3 de octubre de 1539) que construya un edificio para enseñar Artes y
Teología, y que nombre a fray Juan Negrete como primer profesor de Teología.
En 1542 toda la ciudad volvió a peticionar al virrey, quien finalmente
decidió poner en movimiento la fundación, y nombrar a sus primeros
catedráticos(19).
El 25 de enero de 1553 durante la fiesta de la conversión de San Pablo se
realizó la inauguración pública de la nueva universidad ante la presencia del
virrey Velasco, de la Real Audiencia y demás autoridades civiles y religiosas.
Se nombró como patrono a San Pablo, y se designó como rector temporal a don
Antonio Rodríguez de Quesada.
La estructura institucional de esta universidad fue moldeada casi como la de
Salamanca. De este modo, los estudios en Artes constituían el primer escalón en
la jerarquía del plan de estudios, característica que también se reflejaba en la
estructura de su edificio: “El patio interior estaba rodeado por 28 columnas
(múltiplo de siete) número que hacía referencia a las disciplinas básicas de
todos los estudios universitarios constituidos por el Trivium (Gramática,
Lógica y Retórica) y por el Quadrivium (Geometría, Aritmética, Astronomía
y Música). La disposición interna de sus aulas seguía un diseño muy complejo
que reflejaba una escala de ascenso desde la naturaleza a la divinidad. Las
facultades de Leyes y Teología ocupaban los rangos más altos de esta jerarquía.
La jerarquización de las disciplinas también era evidente en los salarios de los
docentes que oscilaban de acuerdo a la facultad y ciencia del profesor”(20).
La facultad de Leyes estuvo orientada, desde sus comienzos, al estudio de lo que
se consideraba éticamente correcto según la versión tomista de la ley natural.
La de Teología fue fundada para “enseñar y defender las doctrinas de los Santos
Padres”. Los símbolos de status, tales como los altos salarios de sus
profesores, las ubicaciones que estos ocupaban en las ceremonias públicas, y la
riqueza con la que se otorgaban los grados, reflejaban el predominio de la
Teología sobre las demás ramas del conocimiento”(21).
Entre sus catedráticos, ex salmantinos, figuraban: fray Bartolomé de Ledesma
(prima en Teología, también catedrático en Lima y en Santo Domingo), Antonio
Rodríguez de Quesada (primer rector, oidor de la Real Audiencia), Bartolomé
Frías de Albornoz (primer catedrático de Instituta), Francisco Cervantes de
Zalazar (primer profesor de Retórica encargado de la lección inaugural de las
clases), fray Alonso de la Veracruz (agustino, discípulo de Vitoria), Pedro
Farfán (rector y visitador), Juan de Pelafox y Mendoza (reformador), Pedro Moya
de Contreras (reformador), Juan de Cervantes (Sagrada Escritura), Ruiz de
Alarcón (famoso dramaturgo), fray Bernardino de Sahagún (gran historiador, padre
de la Antropología americana) y Diego de López Pacheco, marqués de Villena y
duque de Escalona (rector de Salamanca y virrey de México). Entre sus ilustres
graduados en Teología se destacó fray Tomás de Mercado, célebre exponente
de la escolástica indiana, y fundador de la escuela económica de México(22).
Real Universidad de La Plata. Charcas, Chuquisaca
Esta Universidad nació Real al estilo de las Mayores, aunque no funcionó hasta
el siglo XVII. Fue fray Tomás de San Martín (fundador de la de Lima), quien
apenas nombrado Obispo solicitó a España los permisos necesarios para fundar
dentro de su diócesis una universidad con los privilegios de Salamanca. El
Emperador le dio su aprobación(23) “por el bien ennoblecimiento
de aquella tierra”, aunque con privilegios salmantinos limitados.
Universidad de Santiago de la Paz, La Española
La Universidad de Santiago de la Paz, la segunda universidad de Santo Domingo,
aunque en este caso jesuita, nació Real con privilegios Salmantinos
limitados. Primero fue colegio-universidad (colegio de Gorjón), luego seminario
conciliar, y por último, convento-universidad. Por Real Cédula del 23 de febrero
de 1558 se autorizó su fundación “donde los hijos de los españoles y los
naturales de aquellas partes fueran ynstruydos en las cosas de nuestra sancta fe
catholica y en las demás facultades”. Benedicto XIV les otorgó a los
jesuitas la confirmación pontificia el 14 de septiembre de 1748. Cerró sus
puertas con la expulsión de la Compañía de Jesús de toda América.
Universidad Santo Tomás, Santa Fe, Nuevo Reino de Granada.
La “Tomista” de Santa Fe nació Pontificia bajo tutela de los dominicos.
Fue fray Juan Menéndez quien representando los deseos de la comunidad del
convento del Rosario de Santa Fe pidió a Felipe II que eleve sus estudios de
Artes y Teología a la categoría de universidad. Por bula de confirmación
pontificia del 13 de junio de 1580, Gregorio XII autorizó la fundación con
rector y lectores para explicar todas las disciplinas con “todos los privilegios
de las universidades españolas”. Pero la respuesta de Felipe II no fue tan
favorable como la del Papa ya que sólo la autorizó con limitaciones en sus
cátedras, permitiéndole sólo la graduación de los religiosos.
Como la bula que le concedía todos los privilegios no entró en vigor durante el
siglo XVI, la universidad no fue oficialmente inaugurada, y sólo existieron las
cátedras que se leían en el convento. Este problema en parte se solucionó con la
fundación del colegio de Santo Tomás, y con la cesión, en 1598, de los
privilegios universitarios que los dominicos habían recibido del Papa. La
aprobación final la otorgó en Roma el General de la Orden, fray Agustín
Galaminio(24) cuando promovió al “Collegio de Sancto Thomás del Rosario en
Estudio General”.
Cuando en 1625 el Prior y el Arzobispo Arias de Ugarte consiguieron la
aprobación de Juan de Borja, Presidente de la Audiencia(25), lograron convertir
al Colegio de Santo Tomás en una universidad con las características de lo que
la Recopilación de Indias calificaba como universidad “particular”(26).
En julio de 1639 el Colegio entraba oficialmente en posesión del título
universitario con disertación desde la cátedra y canto del Te Deum. En el día de
Santo Domingo de ese mismo año, comenta Rodríguez Cruz, se hizo la inauguración
solemne con asistencia del Arzobispo y demás autoridades, “con gran pompa,
desfile, música y regocijo”. Fue suprimida en nombre de la Democracia por el
gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera(27), aunque volvió a reabrir sus aulas en
marzo de 1975 bajo la protección de sus fundadores, los dominicos.
Universidad de San Fulgencio, Quito, Ecuador.
Bajo la dirección de los agustinos, la Universidad de San Fulgencio nació
Pontificia(28) . Ya desde 1570 la ciudad de Quito comenzó a preocuparse por
tener su propia institución. El Obispo Peña fue quien primero la solicitó al Rey
seguido siete años después por las autoridades del cabildo. Hacia 1598 el Obispo
agustino fray Luis López de Solís(29) insistió ante la Corona a favor de los
beneficios que significaría contar en Quito con una universidad, ya que las
distancias a Lima suponían penosas dificultades.
La Universidad de San Francisco Xavier de
Chuquisaca, fundada en 1624 en Sucre, es una de las universidades más
antiguas de Hispanoamérica y se convirtió en principal centro cultural del
Virreinato del Río de la Plata.
Aunque todas estas peticiones resultaron denegadas, los agustinos consiguieron
el breve de Sixto V(30) para fundar en su convento de San Agustín una
universidad con derecho a otorgar grados en cualquier facultad. También se les
concedió el derecho de tener arca, sello, y demás distintivos de los estudios
superiores. Pero debido a las penurias económicas que atravesaban por aquella
época, y por las dificultades para obtener el placet regio, el General de la
Orden no les dio el permiso de ejecución de la autorización pontificia sino
hasta 1602 limitándola sólo a los frailes del convento.
En 1603 se inauguraron sus estudios de Artes y Teología. Hacia 1708 ya otorgaba
grados en Cánones y Leyes. No fue una institución de mucho brillo, asegura
Rodríguez Cruz, quizás por la presencia en Quito de las universidades de los
dominicos y jesuitas. Se extinguió silenciosamente el 25 de agosto de 1786.
Universidades indianas del Siglo XVII
El siglo XVII fue una época de gran actividad educativa durante la cual se
realizaron numerosas fundaciones. Las universidades dominicas de este
período fueron: la de Santo Tomás, fundada en 1619 en el convento de
Nuestra Señora del Rosario de Santiago de Chile, con estudios de Lógica,
Filosofía, Física, Matemática, Derecho Canónico y Teología(31); la
Universidad Santo Tomás, de Quito, de perfil “convento-universidad” fundada
con los privilegios de Lima y México (salmantinos), y la Universidad San
Antonio de Cuzco, fundada en el convento dominico con privilegio pontificio
específico
Entre las jesuitas encontramos(32) la Javeriana de Santa Fe, Nueva
Granada; a la Universidad de Córdoba, en Argentina; a la de San
Francisco Javier, en Charcas(33); a la de San Miguel, en Santiago de
Chile; a la de San Gregorio Magno, en Quito(34); a la de San
Ignacio de Loyola, en Cuzco, y a la de Mérida, en Yucatán, México.
Las universidades Mayores de este período fueron: la Universidad de
San Carlos, en Guatemala, que nació Regia y Pontificia con los privilegios
de Salamanca, y la Universidad San Cristóbal, de Guamanga, Real y
Pontificia con iguales privilegios que la de Lima. Sólo nos queda nombrar a la
Universidad San Nicolás de Santa Fe, en el Nuevo Reino de Granada,
fundada por los agustinos, con privilegios específicos para graduar(35).
Universidades indianas del Siglo XVIII
Durante este siglo las principales universidades Mayores fueron: la de
San Jerónimo, en La Habana, conforme al modelo de la Universidad de Santo
Domingo, con privilegios de Salamanca y de Alcalá(36); la de Caracas,
Venezuela, fundada conforme a la de Santo Domingo(37); la de San Felipe,
en Santiago de Chile, hija de la de Lima, y la de Buenos Aires, que
nació de iure en 1778 como universidad pública del virreinato del Río de la
Plata (aunque no entró en funciones en el período hispano).
En este siglo también hay registros de fundaciones universitarias de carácter
Menor tales como: la Universidad de Popayán, en Nueva Granada, que
funcionó en el Colegio-Seminario de San Francisco, y en la Academia de San José;
la Universidad San Francisco Javier de Panamá; la Universidad de
Concepción de Chile; la Universidad de Asunción en Paraguay, y la de
Guadalajara, en México.
Universidades indianas de principios del Siglo XIX (fin del período virreinal)
Ya casi a fines del período virreinal se fundan en América tres universidades:
la de Mérida, en Venezuela, que nació en el Seminario tridentino con
facultad real para otorgar grados aunque sin autorización para llamarse
universidad; la de Oxaca, México, que también se gestionó con carácter
episcopal en el Seminario tridentino pero quedó detenida en trámites, y la de
León, en Nicaragua, que nació oficial y pública con base en el Seminario
conciliar, y fue la última del período hispano.
Conclusión
Después de recorrer brevemente la historia de las primeras universidades
hispanoamericanas, exquisitamente investigada y relatada por la hermana dominica
Rodríguez Cruz, uno no puede dejar de asombrarse y de sentir gran admiración por
todos aquellos hombres, en especial religiosos, que a pesar de los
inconvenientes y limitaciones de la época lucharon incansablemente por instalar
en América las bases para su auténtico futuro: la de la educación y el
pensamiento. Como hombres brillantes y de alta grandeza que fueron, ellos
quisieron compartir el prestigio y la gloria de Salamanca entre sus pares
hispanoamericanos. No les vencieron las negativas de reyes, ni de dignatarios.
Es admirable la calidad de la obra educativa que nos han ofrecido, que se
recuerda hoy, después de más de quinientos años y de sus muchos detractores, en
la presencia viva de varias de sus costumbres y universidades. Vaya para todo
ellos nuestro más sincero reconocimiento y recuerdo, ofrecidos a través del
presente artículo.
NOTAS
1 Artículo basado en la obra de Rodríguez Cruz, Agueda M. O.P.:
“Historia de las Universidades Hispanoamericanas”, Tomo I, Bogotá, 1973.
2 Gaibrois, Manuel B.: “Historia General de las Literaturas Hispánicas”, citado
por Rodríguez Cruz, Agueda M., op.cit.
3 Furlong, Guillermo: “Los Jesuitas y la Cultura Rioplatense”, Secretaría de
Cultura de la Nación, 1994, 152-153.
4 Popescu, Oreste: “Aportaciones a la Económica Indiana”, Instituto de Historia
del Pensamiento Económico Latinoamericano, UCA, Buenos Aires, 1995, 10-11.
5 Rodríguez Cruz, Agueda M., op. cit, 5.
6 En esta época todavía no se usaba el término Universidad sino
el de Estudio General.
7 En esta época se usó indistintamente el término “facultad” o
“cátedra”.
8 El grado de Maestro en Teología se le otorgaba a los religiosos
mientras que el de doctor a los clérigos seglares.
9 El vejamen era un discurso picaresco escrito en castellano y leído durante la
ceremonia de graduación en el cual se exaltaban con humor los logros del recién
graduado.
10 La capa y el bonete componían el uniforme universitario de aquella época, muy
similar a los que hoy usan algunas universidades en sus actos de graduación.
11 Descola, Jean: “La vida cotidiana en el Perú en tiempo de los Españoles,
1710-1820”, Ed. Hachette S.A., Buenos Aires, 217-218.
12 Lo que significaba, entre otras cosas, que estaban sometidas a su Real
Patronato, a la intervención de la Corona en su gobierno, y a que sus rentas
provengan, especialmente, de la Real Hacienda.
13 La Recopilación de Indias las califica como universidades
“Particulares” (ej. la de Santo Domingo, Santa Fe, Chile, Manila, Córdoba, etc.)
frente a las de Lima y México que llama “Generales” o de “Estudios Generales”.
14 Rodríguez Cruz, Agueda M., op.cit., 9.
15 Más tarde, en el siglo XVIII, los dominicos le cambian el nombre por el de
Santo Tomás de Aquino.
16 Eguiguren, Luis A. citado por Rodríguez Cruz, Agueda M., op.cit., 190.
17 La elección del rector se hizo por votación del claustro en pleno tal como se
hacía en Salamanca.
18 En la etapa pre-universidad ya gozaban de gran prestigio los estudios
conventuales de los dominicos (con exponentes de muy alto nivel tales como fray
Domingo de la Cruz, fray Andrés Moguer, fray Pedro de la Peña, fray Bartolomé
Ledesma), y los de los agustinos (entre los que se destacó fray Alonso de la
Veracruz, discípulo de Vitoria en Salamanca, quien formaría parte del primer
claustro de profesores), y los realizados en los Colegios de Santa Cruz de
Tlatelolco, San Juan de Letrán, y San Nicolás de Michoacán.
19 También se recurrió a la ayuda de los dominicos quienes ya en marzo de 1550
habían solicitado al Emperador les enviase lectores para todas las facultades,
en especial, para Teología.
20 Siebzehner, Batia: “Hacia la homogeneidad de España y América: la creación de
la Universidad de México”, Universidad de Jerusalén, 1991.
21 Siebzehner, Batia, op. cit., 11.
22 Popescu, Oreste: “Económica Indiana”, Academia Nacional de Ciencias
Económicas, Buenos Aires, 1988, 31.
23 Por Real Cédula del 11 de junio de 1552.
24 8 de noviembre de 1609.
25 1 de abril de 1626.
26 Los grados obtenidos en las universidades particulares no tenían validez
fuera de las Indias.
27 En 1861.
28 Por bula de Sixto V.
29 Otro ex salmantino pidiendo la fundación de una universidad para
Hispanoamérica.
30 Agosto de 1586.
31 Aunque los jesuitas llegaron a Chile en 1593, y de inmediato inauguraron
estudios de Filosofía y Teología, el honor de fundar la primera universidad de
Santiago, afirma Rodríguez Cruz, le correspondió a los dominicos.
32 Todas ellas Pontificias, con placet regio, privilegios generales para
graduar, y todas de tipo “convento-universidad”, o “colegio-universidad”.
33 Fue una de las más famosas del Nuevo Mundo.
34 Obtuvo gran prestigio en la época colonial.
35 Fue más bien una universidad de tipo privado.
36 Nació pontificia y obtuvo Real Cédula de confirmación en 1728.
37 Considerada la más Salmantina entre las del grupo.
—
Bibliografía
Descola Jean: La vida cotidiana en el Perú en tiempo de los españoles,
1710-1820, Editorial Hachette S.A., Buenos Aires.
Furlong Guillermo S.J.: Los Jesuitas y la Cultura Rioplatense, Secretaría de
Cultura de la Nación, Buenos Aires, 1994.
Popescu Oreste: Aportaciones a la Económica Indiana”, Instituto de Historia del
Pensamiento Económico Latinoamericano, Universidad Católica Argentina, Facultad
de Ciencias Sociales y Económicas, Buenos Aires, 1995.
Popescu Oreste: Económica Indiana, Academia Nacional de Ciencias Económicas,
Buenos Aires, 1988.
Rodríguez Cruz, Agueda María O.P.: Historia de las Universidades
Hispanoamericanas”, Tomo I, Bogotá, 1973.