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Jean Sévillia es un historiador que resiste a la dictadura de lo políticamente correcto
ReL 5 octubre 2016 http://www.religionenlibertad.com/sufriremos-mucho-tiempo-golpe-infligido-por-revolucion-intelectual--52328.htm
Le Figaro, una entrevista
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de
Henares).
«Sufriremos mucho tiempo
el golpe infligido por la revolución intelectual y moral de los
60-70»
http://www.religionenlibertad.com/sufriremos-mucho-tiempo-golpe-infligido-por-revolucion-intelectual--52328.htm
Una de las obras de Jean Sévillia traducidas al español: Históricamente incorrecto.
En Echar raíces, Simone Weil (1909-1943) estudia la importancia del arraigo en el alma humana.
La obra de Alberto Bárcena
sobre la guerra de la Vendée
rescata una documentación apabullante sobre el genocidio
decidido
por las autoridades de la Revolución Francesa contra la
resistencia católica y monárquica.
El historiador Jean Sévillia
es también redactor jefe adjunto de Figaro Magazine.
Acaba de publicar en ediciones Perrin Écrits historiques de combat
[Escritos históricos de combate], que
recoge tres ensayos suyos: Historiquement correct [Históricamente
correcto], Moralement correct [Moralmente
correcto] y Le terrorisme intellectuel
[El terrorismo intelectual].
Con ese motivo ha concedido a Le Figaro
una entrevista en la que vuelve sobre
esos conceptos, que pesan más que nunca sobre nuestra sociedad,
y apunta su certeza de que nos aguarda «un futuro renacimiento».
-Usted ha publicado una recopilación de tres ensayos históricos
y políticos: Historiquement correct, Moralement correct y
Le terrorisme intellectuel. Comencemos por el último,
publicado por primera vez en el año 2000. Dieciséis años más
tarde, el terrorismo intelectual ¿ha desaparecido? Si no
lo ha hecho, ¿cuáles son sus nuevas formas?
-Como hago en el prólogo de este volumen, que reúne algunos
textos reeditados y actualizados en distintas ocasiones, basta
recordar algunas de las recientes manifestaciones de terrorismo
intelectual para constatar que el fenómeno no sólo no
ha desaparecido, sino que causa más estragos que nunca. ¿Es
necesario recordar los ataques que han sufrido en estos últimos
años, por ejemplo, los filósofos Alain Finkielkraut o Michel Onfray, el periodista Éric
Zemmour, el actor Lorànt Deutsch o el
novelista Michel Houellebecq? ¿Es necesario
recordar las condiciones en las que se desarrolla el debate -o,
más bien, la falta de él- acerca del matrimonio homosexual y en
el que se plantea, por principio, que quien lo defiende demuestra
un espíritu abierto y moderno y, por el contrario, quien se
opone demuestra una mentalidad intolerante y retrógrada?
»En una sociedad democrática, en la que el debate de ideas se
supone que es libre, parece ser que hay determinadas
ideas que están prohibidas, que algunos temas son tabú
y que algunas voces son menos legítimas que otras porque se
oponen al pensamiento dominante, que es el de las élites
políticas, culturales y mediáticas. El mecanismo del terrorismo
intelectual no ha cambiado. Consiste en vilipendiar a
quienes se oponen a este pensamiento dominante
colgándoles, explícita o implícitamente, una etiqueta cuyo
objetivo es silenciarles desacreditando sus personas y sus fines.
Estas etiquetas se traducen en palabras -reaccionarios, racistas,
fascistas, homófobos, etc.- que ya no tienen un significado
objetivo: pueden aplicarse a cualquier cosa y a cualquiera según
el principio de la amalgama y de la reductio ad hitlerum.
»Lo que cambia, en compensación, es el objeto del terrorismo
intelectual, puesto que éste se ajusta a la ideología dominante.
Hace cincuenta años, cuando el marxismo triunfaba entre los
intelectuales, ser anticomunista equivalía a ser considerado un
«perro» por Jean-Paul Sartre. Hoy, el antirracismo y el
multiculturalismo son considerados imperativos categóricos,
por lo que afirmar que el origen y la dimensión de los flujos
migratorios plantean un problema para Francia y para Europa en
general equivale a ser acusado de racismo.
-En su obra Historiquement correct, usted recupera
un determinado número de verdades que la historia para el gran
público no ha difundido. ¿Cree usted que están desapareciendo
las leyendas negras de la Historia de Francia?
-Me gustaría creerlo, pero estas leyendas -que, por cierto,
tienen que ver con toda la historia de Occidente, y no sólo con
la historia de Francia-, tienen una vida mucho más difícil
porque son transmitidas y difundidas por múltiples canales,
desde los libros escolares hasta los juicios
lapidarios que plagan las tertulias de café.
»Lo que yo he llamado histórica y
políticamente correcto en relación a la historia viene de
lejos. Tiene su propia historia, que podemos reconstruir, porque
mezcla el proceso contra la Europa católica por parte de
los enciclopedistas con la visión negativa que se
tenía del mundo anterior a 1789 y la leyenda dorada de la
Revolución francesa, el legado de la escuela republicana de los
siglos XIX y XX, el rechazo a la historia evenemencial y la
lectura socio-económica del pasado, herencia de la escuela
marxista y, por último, con la historia analizada bajo
el prisma de los derechos del hombre, fruto del individualismo
del ambiente. Restablecer la verdad es un trabajo arduo
que necesita tiempo y paciencia, oponiendo los hechos a las
leyendas; es necesario, sobre todo, que no haya leyendas
invertidas, lo que causaría lo contrario del razonamiento
histórico. A medida que la investigación ha progresado se han
conseguido resultados.
»Las guerras de la Vendée de 1793-1794, por ejemplo, se conocen mejor ahora que hace medio
siglo porque algunos historiadores han llevado a cabo
investigaciones serias acerca de este dramático episodio, y son
pocos ya los que niegan que la población civil vandeana
de la época fue víctima de un plan de exterminio.
»Otro ejemplo: se empieza a reconocer que la
trata de negros era un sistema que veía implicados no sólo a
los europeos; de hecho, algunas tribus africanas vendían
a sus hermanos de color. Existía una trata
interafricana en la que hombres esclavizados eran vendidos en
África Oriental por traficantes árabes musulmanes.
-¿Cómo se puede explicar la diferencia entre la seriedad de las
publicaciones históricas y la superficialidad con la que el cine
y las series de televisión abordan esta misma historia?
-En sí mismo, esta diferencia no es nueva. Los folletines del
siglo XIX, cuando ambientaban su intriga en el pasado, se tomaban
algunas libertades con la historia real. Lo mismo ocurría en el
teatro y el cine. Y lo mismo vale para la televisión cuando
ésta estaba naciendo. Las grandes series televisivas de los
años 1960 y 1970 ya no seguían los cánones universitarios,
pero por lo menos tenían un espíritu, una ambición. Desde Chevalier de Maison-Rouge (1963) a Vidocq (1967)
y Cathares (1966), pasando por Rois maudits (1972), una generación entera se aficionó a la
historia, aunque la veracidad de estas películas fuera
discutible.
El éxito en España de la serie de televisión Isabel apunta
en la misma dirección que señala Jean Sévillia en Francia, de
un nuevo interés por la historia basada en acontecimientos.
»Esto demuestra que se puede hacer una serie de ficción para la
televisión con una cierta aspiración histórica. Pero para ello
es necesario tener el gusto por esta aspiración y respetar el
pasado, algo que no está en el ambiente en nuestros días.
-El lugar de la historia se reduce en los programas escolares
mientras se difunde cada vez más en la radio (Franck Ferrand),
la televisión (Stéphane Bern), las librerías, los
festivales
¿Cómo se puede explicar esta paradoja?
-Esta paradoja no es tal. Hay incluso un vínculo de causalidad
directo entre la reducción del lugar concedido a la historia en
la escuela y el éxito de las buenas emisiones históricas, de
las biografías de los grandes personajes y de los espectáculos
y reconstrucciones históricas. En realidad, en épocas
revueltas la gente busca referencias, también en el pasado.
Si en la escuela ya no se enseña la historia de nuestro país
como se hacía antes, la propia gente buscará las referencias.
»Este movimiento tiende a acelerarse: cuanto más
quieran cortar nuestras raíces, más serán apreciadas
por un movimiento natural que deseará apropiarse de nuevo de un
legado que le ha sido robado, ocultado, menospreciado. La
filósofa Simone Weil afirmaba que el pasado es
una de las necesidades más vitales del alma humana. Ojalá la
señora Najat Vallaud-Belkacem [ministra francesa de Educación]
leyera a Simone Weil
-En su prólogo usted retoma las nociones
discutidas de «victoria cultural» y de «batalla de las
ideas». ¿Cree usted que los «fachas» han ganado?
-Es un estribillo que recupera, con tono disgustado, lo que dice
la prensa de izquierdas: la derecha -o los conservadores, los
reaccionarios, etc.- habría ganado la batalla de las ideas.
Ahora bien, este estribillo es muy engañoso. Es verdad que la
novedad, si comparamos el panorama actual del pensamiento con el
de hace quince años, es que figuras como las de Alain
Finkielkraut o Éric Zemmour tienen un éxito real de
audiencia cuando la televisión o la radio les ponen un
micrófono delante, y de esto me alegro. Pero siguen siendo
excepciones a la regla y sus intenciones suscitan una respuesta
violenta, que se traduce a menudo en amenazas de procedimientos
judiciales, a veces actuados.
»Es cierto que el pensamiento de izquierdas tritura el
vacío, pero sigue triturando
Basta observar cómo
se analizan los factores que llevan a jóvenes que viven en
Francia al yihadismo; de hecho, las
explicaciones de los comentaristas giran siempre alrededor de las
cuestiones sociales -pobreza, exclusión, falta de
escolarización, etc.- para así no ver ni nombrar la realidad,
que es política, cultural y religiosa.
»No sólo el concepto de «neofacha», lanzado en 2002 por el
libro de Daniel Lindenberg, ensayista de
izquierdas, procede de una amalgama reductora (no, Pascal
Bruckner no piensa igual que Natacha Polony,
que no piensa igual que Elisabeth Lévy, y así
sucesivamente), sino que el hecho de que la alta jerarquía de
izquierdas haya desaparecido o esté callada no impide a la baja
jerarquía seguir en sus trece. Y si no creen que sea así, hagan
un sondeo acerca de lo que se piensa en las salas de
profesores o en las redacciones de las cadenas televisivas
públicas en relación a la ley laboral o la cuestión
de los emigrantes, y serán ustedes aleccionados. Ahora bien,
puesto que todos los franceses pasan por el colegio o ven la
televisión, todos reciben esta influencia, aunque muchos saben
librarse de ella.
El feminismo y la islamización de Francia, abordados sin
concesiones a la corrección política: Éric Zemmour y Michel
Houellebecq cuentan sus libros por éxitos, pero son denigrados
por el establishment cultural por salirse del
pensamiento dominante.
»En consecuencia, lo lamento mucho pero, sobre el terreno, la
«victoria cultural» aún no ha llegado. No hemos
salido aún, culturalmente hablando, del paradigma según el cual
es bueno ser de izquierdas, pero tienes que pedir perdón si eres
de derechas. Esto es tan cierto que la derecha, que no brilla
ciertamente por sus ideas, hace todo lo posible para que se
olvide que no es de izquierdas. No soy de las personas que creen
que el desacuerdo derecha/izquierda está obsoleto. Esta
distinción estructura nuestra vida política desde hace dos
siglos y no desaparecerá en un futuro cercano, a pesar de que
sus fronteras se hayan desplazado y de que las élites
dirigentes, tanto de derechas como de izquierdas, estén en
sintonía en un liberalismo libertario que las acerca y
que a menudo hace que se confundan.
-La batalla, ¿tiene lugar en la universidad, en las librerías o
en los programas de entretenimiento?
-En todas partes, porque lo políticamente correcto se ha
instalado en las aulas magnas de las universidades, en las
librerías y en los estudios de televisión o de radio, donde los
payasos de hoy en día interpretan a los pensadores. Todo el que
se rebele a lo políticamente correcto tiene su área de acción
o su habilidad. Personalmente, no me siento cómodo en una
transmisión de entretenimiento, pero me alegro de que haya
amigos que corran el riesgo. En las librerías, el éxito de las
obras que expresan ideas contracorriente demuestra que los
márgenes se están moviendo en la sociedad, a falta de un cambio
en la esfera política, cultural y mediática. En lo que
respecta a la universidad, no es monolítica. Si usted supiera
los testimonios que recibo de historiadores universitarios que me
agradecen lo que escribo
-Lo «moralmente correcto», ¿es el mismo que usted describe en
su ensayo?
-Sí. Sufrimos, y lo seguiremos haciendo durante mucho tiempo, el
golpe infligido por la profunda revolución intelectual y moral
de los años 1960-1970, que erigió como paradigma al
individuo y sus derechos, concebidos como un absoluto.
De manera muy esquemática, antiguamente se consideraba que el
individuo debía, en primer lugar, algo a la sociedad.
Actualmente es a la inversa, se considera que la sociedad debe,
en primer lugar, algo al individuo.
»Esto ha hecho que todo cambie en el seno de la familia, de la
escuela, de la universidad, de la empresa, en el tiempo libre o
en la política, en la relación con la cultura o la religión.
Es el individuo el que fija sus propias reglas del bien y del mal
y el que define lo que quiere o no aceptar como obligación
colectiva. En otros términos, ya no hay reglas objetivas e
indiscutibles. Pero, paradójicamente, esta revolución es
restrictiva porque la ausencia de reglas se ha convertido en una
regla en sí y, por consiguiente, en una obligación. Lo
moralmente correcto es esto.
-Usted cita a Albert Camus, su discurso en Estocolmo [con
ocasión de su aceptación del Premio Nobel de Literatura, 1957]:
«Impedir que el mundo se deshaga». El «viejo mundo», ¿no
está ya en su mayor parte deshecho? ¿No es el momento de
reconstruir otra cosa?
-Sí, pero no se reconstruye sobre el vacío. Los más grandes
creadores nunca partieron de cero. Eran, ante todo, herederos,
incluso si revolucionaban su legado. Mañana será necesario
reconstruir apoyándose sobre los principios que han fundado
desde siempre las civilizaciones. No podemos ser parcos en la
recepción y la transmisión, en el vínculo entre las
generaciones, en la compartición de una herencia. A pesar del
visible hundimiento de nuestra sociedad, lo que aún se
aguanta de pie descansa sobre unos individuos y unas familias que
se mantienen de pie bajo el fuego de la época. Estas
fuerzas son más numerosas de lo que pensamos. Son la garantía
de nuestro futuro renacimiento.