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Lo que ha de ocurrir antes de que vuelva Jesús

Lo que ha de ocurrir antes de que vuelva Jesús, el Verbo hecho carne, como advierte San Pablo en 2 Tes 2, 2-4, es que se imponga del todo, abierta y persecutoriamente el poder anticristiano que impone cada vez más vivir como si Dios no existiera, y como si nosotros los humanos fuésemos el ser supremo, todos en un todo, pero cada uno un infinitésimo despreciable y despreciado de ese colectivo monolítico mundial anticristiano que nos ningunea del todo; aunque ese colectivo llegará a incluir a todos los hombres, varones y mujeres, excepto un pequeño resto que seguirá formando parte del pueblo de Dios, de los judíos espirituales, como denominaba san Juan XXIII, a los católicos; porque los judíos carnales, los que hasta el momento niegan que Jesús es el Mesías, serán del Anticristo y formarán parte de él (1 Jn 2, 22-23 y 1 Jn 4, 1-3), como es el sentir común de los Santos Padres, según les vaticinó a esos judíos carnales Nuestro Señor en el evangelio:
"Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis" (Jn 5, 43).
Aunque durante los tres años y medio de la gran dominación persecutoria del Anticristo, coincidente con el tiempo de la gran humillación israelí de ver Jerusalén en poder de sus enemigos, tendrá lugar el episodio de la predicación de los dos testigos del Señor, los dos olivos, (Ap 11 3-13), uno de ellos el profeta Elías (Mt 17, 11), a los que dará muerte el Anticristo, pero Dios los resucitará y los hará subir al cielo en medio de un mortífero terremoto, todo lo cual atemorizará a los demás habitantes de Jerusalén, que se convertirán (Ap 11, 13) y se dispondrán a cristianizar a los demás israelíes; y así se cumplirá lo que Jesús, el Verbo hecho carne, les vaticinó (Mt 23, 13), y le acogerán y recibirán como Mesías cuando, en ese momento de más aplastante dominio del Anticristo, realice Jesús su retorno en nuestro rescate, a la vista de todos, con gran poder y majestad, acompañado de sus santos mártires resucitados en la resurrección primera, y así, por el inmenso amor misericordioso que nos tiene, al evidenciar su existencia, eliminará ese poder anticristiano que estará autoimponiendo ya totalmente vivir como si Dios no existiera. Al mismo tiempo, Jesús, el Verbo hecho carne, traerá una inmensa efusión de gracia, principalmente de la Gracia Increada, el Espíritu Santo, que hará efectiva, sin el impedimento anticristiano eliminado, la cristianización de toda la población mundial y de todas las naciones hasta la conversión de todos, como proclamó que es la firme y segura esperanza de la Iglesia el Concilio Vaticano II el 28 de octubre de 1965:
"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar la esperanza cierta de la futura catolicidad consecuente de todos los pueblos, con los judíos a la cabeza de los creyentes en Jesucristo, el Mesías Jesús, el Verbo hecho carne; la Cristiandad futura; la futura unidad católica mundial
, y no por exclusión legal de la libertad religiosa, sino cimentada en la aceptación voluntaria del reinado del Sagrado Corazón de Jesús en todos los corazones movidos por Su gracia divina, la extraordinaria efusión de Gracia Increada, el Espíritu Santo, que Jesús, el Verbo hecho carne, derramará con Su Parusía, su segunda venida gloriosa a la vista de todos.
De modo que primero se ha de producir la dominación persecutoria total del Anticristo colectivo y la apostasía casi general; después la segunda venida gloriosa de Jesús, el Verbo hecho carne, a la vista de todos y la consiguiente eliminación del Anticristo; y después la cristianización de todos los hombres, varones y mujeres, y de todas las naciones, incluidos principalmente los judíos, que estarán a la cabeza de los creyentes en el Mesías, Jesús; y el reinado, no visible, pero efectivo, de Jesús, el Verbo hecho carne, hasta el fin de los siglos en la tierra, y cuyo reinado no tendrá fin, porque continuará en el cielo eternamente.