...HISTORIA UNIVERSAL.......
Napoleón Bonaparte expresaba su fe católica en sus últtimos años, tras su saludable derrota
ReL 8.11.2013El cardenal Giacomo Biffi, arzobispo emérito
de Bolonia (Italia), ha escrito en "Avvenire", el
diario de la Conferencia Episcopal italiana, un artículo sobre
la fe de Napoleón Bonaparte, especialmente en sus últimos días
desterrado en Santa Elena.
Llegó a autocoronarse Emperador, detuvo y trasladó el Papa a
Francia, saquó iglesias por toda Europa con sus tropas,
desangró un continente entero con sus agresiones desde 1799 a
1815, pero con la saludable humillación de su derrota
reflexionó sobre Dios y declaró su fe «en lo que cree la
Iglesia».
Este es el artículo de "Avvenire".
Napoleón vencido también por Dios
por el cardenal
Giacomo Biffi
Traducción de Helena Faccia Serrano
Materialista, saqueador de iglesias y de conventos, descreído,
perjuro, anticlerical y secuestrador del Papa: esta es la
opinión que muchos tienen de Napoleón Bonaparte, opinión tan
difundida como acríticamente acogida.
Si vamos a las fuentes, y en particular a estas conversaciones,
descubrimos algo sorprendente: Napoleón grita con orgullo: «Soy
católico romano, y creo en lo que cree la Iglesia».
Conversaciones en el destierro
Durante sus años de aislamiento en la Isla de Santa
Elena [de 1815 a su muerte en 1821], Napoleón se
entretenía a menudo con sus generales, sus compañeros de exilio,
conversando sobre la fe.
Se trata de discursos improvisados que como revela uno de
sus generales de mayor confianza, el conde de Montholon
fueron transcritos fielmente y después publicados por
Antoine de Beauterne en 1840.
De la autenticidad y fidelidad de la transcripción podemos estar
seguros porque, cuando de Beauterne publica por primera vez las
conversaciones, aún viven muchos testigos y protagonistas de
esos años de exilio.
Napoleón admite con cándida honestidad que cuando estaba en el
trono había tenido demasiado respeto humano y una
excesiva prudencia por lo que «no había gritado su
propia fe».
Pero dice también que «si entonces alguien me lo hubiera
preguntado de manera explícita le habría respondido: "Sí,
soy cristiano"; y si hubiera podido testimoniar mi
fe al precio de la vida, habría encontrado el valor para hacerlo».
La fe, adhesión a Cristo, no a una teoría
A través de estas conversaciones sabemos, sobre todo,
que para Napoleón la fe y la religión era la adhesión
convencida, no a una teoría o una ideología, sino a una persona
viva, Jesucristo, que ha confiado la eficacia perenne de su
misión de salvación a «un signo extraño», a su muerte en la
cruz.
Por esto no nos asombramos si Alessandro Manzoni, en su oda Cinco
de Mayo, da prueba de conocer su fisonomía espiritual cuando
escribe:
¡Bella Inmortal! ¡Benéfica/
¡Fe a los triunfos acostumbrada!/
Escribe de nuevo esto, alégrate;/
que más soberbia altura/
ante el deshonor del Gólgota/
jamás no se inclinó».
Charlas con el ateo Bertrand
El emperador mantiene largas charlas con el general
Bertrand, declaradamente ateo y hostil a las manifestaciones de
fe de su superior, y nos regala en una larga
conversación sobre la divinidad de Jesús una inaudita prueba de
la existencia de Dios, fundada sobre la noción de genio.
Dignas de nuestra admiración son también las consideraciones
sobre la última Cena de Jesús y las comparaciones entre la
doctrina católica y las doctrinas protestantes.
Con algunas afirmaciones de Napoleón estoy particularmente de
acuerdo.
Por ejemplo, cuando dice: «Entre el cristianismo y
cualquier otra religión hay la distancia del infinito»,
entendiendo así la sustancial alteridad entre el hecho cristiano
y las doctrinas religiosas.
O la convicción de que la esencia del cristianismo es el amor
místico que Cristo nos comunica continuamente: «El
milagro más grande de Cristo ha sido fundar el reino de la
caridad: sólo Él ha elevado el corazón humano hasta
las cumbres de lo inimaginable, la anulación del tiempo; sólo
Él, creando esta inmolación, ha establecido un vínculo entre
el cielo y la tierra. Todos los que creen en Él se dan
cuenta de este amor extraordinario, superior, sobrenatural;
fenómeno inexplicable e imposible para la razón».
Una fe madurada y meditada
A la luz de estas páginas no podemos no admitir que Napoleón no
sólo es creyente, sino que ha meditado sobre el contenido de su
fe madurando una profunda y sapiencial inteligencia.
Ésta, a su vez, se ha traducido en hechos muy concretos:
- pidió con insistencia al gobierno inglés la celebración de
la Misa dominical en Santa Elena;
- expresó gratitud hacia su madre y de Voisins, obispo de Nantes,
porque «le ayudaron a alcanzar la plena adhesión al
catolicismo»;
- perdonó a todos los que le habían traicionado.
"Yo no maltraté al Papa"
Por último, las conversaciones refieren las
convicciones de Napoleón sobre el sacramento de la confesión y
su relación con el Papa Pio VII, revelando que «cuando el Papa
estaba en Francia (...) estaba agotado a causa de las calumnias
en base a las cuales se pretendía que yo le había maltratado,
calumnias que él desmintió públicamente».
Estas conversaciones no sólo han dejado un signo indeleble en la
memoria de los generales compañeros de exilio, sino que
colaboraron a su conversión.
(Traducción de Helena Faccia Serrano)