En el Centenario de García Morente

Por Eudaldo FORMENT, CRISTIANDAD. Barcelona. Año XLIII, nn. 664-665-666. Julio-agosto-septiembre, 1986 pgs. 166-172

La formación de García Morente

Con motivo del centenario del nacimiento del filósofo español Manuel García Morente (1886- 1942), durante todo este año, y especialmente en abril, porque nació el día 22 de este mes de 1886, se están celebrando una serie de actos en toda España, promovidos, la mayoría, por el Comité del Centenario, que tiene su sede en Madrid. Se han organizado conferencias conmemorativas en distintas Fundaciones y en varias Facultades universitarias, y está prevista la publicación de escritos suyos aún inéditos y un volumen de homenaje escrito en colaboración de estudiosos de su obra. En Barcelona, por ejemplo, se inauguró el curso académico de Balmesiana y del Instituto Filosófico de Balmesiana con una lección sobre un aspecto de la filosofía de García Morente.

La celebración de este centenario será muy útil para que se analicen y descubran facetas de su pensamiento, pero también para recordar su inesperada e insólita vuelta al catolicismo, ya casi al final de su vida, precisamente en este año que se conmemora el XVI Centenario de la conversión de San Agustín. Porque, como ha dicho uno de sus biógrafos, en la conversión de García Morente «es dado ver una de las más extraordinarias y ejemplares experiencias religiosas de nuestro siglo y uno de los más bellos triunfos de la verdad y de la gracia divina» (1).

(1) M. de IRIARTE, El profesor Garcia Morente, sacerdote, Madrid, Espasa-Calpe, 1956, p. 296. Se han aportado nuevos datos sobre su vida y pensamiento, no indicados en esta documentada obra, en el ciclo de conferencias celebradas en el mes de abril de este año en Jaén, tierra donde nació. También, por otra parte, hay que tener en cuenta, los numerosos artículos aparecidos en la prensa española, como en «Ya», «ABC»... y revistas especializadas, «Revista de Occidente», «Verbo», «Espíritu», «Pacem», etc.

El mismo García Morente dejó un extenso relato sobre su conversión (2),

(2) M. GARCIA MORENTE, Hecho extraordinario, en M. de IRIARTE, El profesor García Morente, sacerdote, op. cit., pp. 58-90.

escrito cuando ya habían pasado algo más de tres años, en setiembre de 1940, iniciándolo casi un año antes de la misma, en agosto de 1936. Pero para comprender mejor la génesis de su vuelta a Dios, es necesario tener presente lo que había sido su vida hasta entonces.

Había nacido en Arjonilla (Jaén). Hijo de un médico oculista liberal, que había trabajado durante mucho tiempo en una clínica de París. En cambio su madre era una ferviente católica. Pero poco pudo educarle, porque cuando regresaban a España, para establecerse en Granada, su padre dejó a sus dos hermanas, Guadalupe y Beatriz, en un colegio de religiosas francés, y a él, que era el hijo menor, con sólo ocho años de edad, en el Liceo de Bayona; y, por desgracia, su madre falleció al año siguiente (3).

(3) María Josefa GARCIA MORENTE, Vda. de BONELLI, Notas biográficas de don Manuel García Morente, en M. GARCIA MORENTE, Ejercicios espirituales, Madrid, Espasa-Ca]pe, 1%1.

Al poco tiempo, mientras estudiaba el bachillerato francés, perdió totalmente la fe. Una vez terminado, obteniendo el «grand prix», en 1903, pasó a estudiar a la Sorbona, siendo sus maestros el espiritualista francés Emile Boutroux (1845- 1921), el sociólogo Luden Lévy-Bruhl (1857-1939), el vitalista Enrique Bergson (1859-1941) y el positivista Fréderic Rauh (1861-1909) entre otros. La licenciatura en Letras la obtiene en 1905 también brillantemente.

Ya en España ingresa en la «Institución Libre de Enseñanza», la organización pedagógica privada, fundada por el krausista Francisco Giner de los Ríos (1833-1915), discípulo de Julián Sanz del Río (1814-1869) que había introducido en España esta filosofía idealista, muy próxima al panteísmo, del alemán K. Kraus (1781-1832), para sustituir al pensamiento católico. Por ello, la «Institución», cuya influencia fue muy grande entre el profesorado e intelectuales, a pesar de declarar su neutralidad religiosa, era irreligiosa e incluso abiertamente hostil al catolicismo. Pretendía suplirlo por una especie de moral na'tural, fundada en la autodisciplina y en el amor a la naturaleza. En 1908 García Morente regentaba una cátedra de filosofía en la «Institución», que deja en 1909 para ir a estudiar a Alemania y aprender su lengua.

Al final de este curso, por el gran esfuerzo que había realizado en tan poco tiempo en el aprendizaje de la lengua alemana y en la asistencia a las clases de la Universidad de Berlin, el agotamiento le produjo una crisis nerviosa. En el relato de su conversión refiere este hecho ocasional de origen somático y que no indicaba ningún desorden psíquico. «Yo nunca he padecido trastornos nerviosos, salvo dos veces en mi vida; la una, en 1910 (tenía yo, veinticuatro años) estando en Alemania; sentíame fatigado de esfuerzos intelectuales, y fui a pasar un verano a una islita del mar del Norte, llamada Amrun. Allí tuve un día un ataque de nervios, con pérdida de conocimiento, y el médico de la localidad diagnosticó epilepsia. El diagnóstico era verdaderamente falso, pues yo regresé en seguida a Berlin, asustado y fui a consultar al doctor Lewandowsky, que refutó cumplidamente el diagnóstico y atribuyo todo sin vacilar al estado de fatiga intelectual en que me hallaba. Quedóme durante unas semanas una ligera agorafobía, que en seguida desapareció» (4),

(4) M. GARCÍA MORENTE, Hecho extraordinario, op. cit., p. 74. La otra vez que le ocurrió fue en 1914 al nacer su hija mayor. «También me encontraba muy cansado física e intelectualmente, y además la tensión nerviosa que un parto largo de mi mujer había producido en mí, fue sin duda la causa de que tuviera un ligerísimo ataque, que, desde luego, fue atribuido a la fatiga. Y desde entonces, efectivamente, no he vuelto a sentir nada» (ibidem).

es decir, un temor a cruzar espacios abiertos y juntarse con la multitud. En el curso siguiente, con una beca concedida por la Junta de Ampliación de Estudios, continuó formándose filosóficamente en la universidad alemana de Marburgo, donde fue alumno de los famosos neokantianos Emst Cassirer (1874-1945), Paul Natorp (1854-1924) y Hermann Cohen (1880- 1947), que le convierten en kantiano. Esta filosofía le justifica su agnosticismo y la posibilidad de una moral laica. Su fervor por Kant se advierte en su tesis doctoral, defendida en Madrid, a su regreso en 1911, que fue sobre «La estética de Kant», y también en uno de sus primeros libros titulado La filosofía de Kant. Una introducción a la filosofía (1917).

Grandes éxitos profesionales

A principios de 1912 gana la cátedra de Ética de la Universidad de Madrid, cuando sólo contaba veinticinco años de edad. En su Diario de los Ejercicios Espirituales de 1940, García Morente al examinar este momento de su vida se reprende por: «la fe perdida, la soberbia de un pensamiento autónomo construyendo sistemas del Universo sin Dios o, lo que es lo mismo, con un Dios que de Dios sólo tiene el nombre. Luego más triunfos todavía. A los veinticinco años, catedrático de la Universidad de Madrid. ¡El catedrático más joven de España! Y vertiendo pedantescamente en la cátedra, con suavidad escéptica, toda suerte de falsedades, errores» (5).

(5) Idem, Ejercicios espirituales, op. cit., «día 27, viernes», p. 87.

Poco después, el 13 de mayo de 1913, se casó con Carmen García del Cid, una mujer muy católica, alumna del colegio de Málaga de las religiosas de la Asunción, la congregación francesa fundada en el siglo pasado, por la Madre María Eugenia de Jesús, que tenían también convento en la calle Velázquez de Madrid. Según cuenta su hija mayor, María Josefa: «La esposa ofrece día por día su vida entera por el esposo descreído. Ni palabras, ni súplicas, ni reconvenciones inútiles; ¿para qué? O ¿no estuvo ya todo dicho y asentado antes del matrimonio? Nada más que orar y pedir. Y con ella, su propia familia, que mi padre supo conquistarse en seguida. Y el camino de oraciones, ejemplos y discretísimo silencio que ella marcó, es el que siguieron después sus dos hijas, que el padre vio gustoso se educaran en la Asunción» (6).

(6) María Josefa GARCIA MORENTE, Vda. de BONELLI, Notas biográficas de don Manuel García Morente, op. cit., p. 27.

La menor de sus hijas, Carmen, que tres años después de su conversión, entró en la Asunción, tomando el nombre de madre María Almudena, escribió: «Hubo un día en que recuerdo perfectamente que me di cuenta de una realidad nueva y dolorosa para mí, aunque era una niña que sólo contaría seis o siete años (...) era un domingo por la mañana, y yo, que había visto ir a misa a toda mi familia, no salía de mi estupor al ver a mi padre con su traje de casa sentado en su sillón, sin dar la menor muestra de salir a la calle (. ..) me dijeron que «eso» era una pena muy grande que teníamos y que rezara mucho para que papá se convirtiera y fuera a misa (...) desde entonces uní mis oraciones a las de otros miembros de la familia, desde entonces me di cuenta que todas las alegrías que había en casa estaban siempre enturbiadas por esa angustia. Y nuestra confianza en la oración no desmayó nunca» (7).

(7) M. María Almudena, Recuerdos sobre mi padre, en M. GARCIA MORENTE, Ejercicios espirituales, op. cit., p. 18.

Sin descuidar nunca la vida de familia, pues para García Morente, su familia siempre fue algo muy querido, sus éxitos profesionales van en aumento. Tiene fama de experto en filosofía moderna, de la que era un gran conocedor. Basta tener en cuenta que en estos años traduce obras de Descartes, Leibniz, Kant, Brentano, Husserl, del fenomenólogo pfander, Spengler, del neokantiano Rickert y del filósofo de moda entonces Keyserling. Colabora con Ortega y Gasset, que había conocido ya en Marburgo, en la Revista de Occidente, también fue redactor de la Revista General, de El Sol y del Diario de Madrid.

Su prestigio en los salones literarios por su gran cultura y su claridad expositiva era enorme, se le llamaba «el filósofo de las duquesas» (8).

(8) Cf. A. GUY, Histoire de la Philosophie espagnole, Toulouse, Publications de l'Université de Toulouse-le-Mirail, 1983, p. 272.

También «triunfa en la cátedra con una facilidad de expresión, una claridad de ideas y de lenguaje, una maestría en adaptarse a todos los públicos, una sutileza de observaciones; todo ello unido a una voz cálida, vibrante, viril y dulce al mismo tiempo, que es uno de sus mayores encantos. Los alumnos lo admiran».

Además de la filosofía su gran afición era la música, «amábala apasionadamente y la conocía y entendía como pocos. En los conciertos, a los que acudía regularmente y con gran entusiasmo, era hasta molesto estar con él. No toleraba a su lado, no digo una palabra, pero ni un gesto o movimiento (...). A veces, ya por la mañana, se sentaba a su piano querido, repitiendo los más bellos fragmentos de ópera, o piezas de clavecinistas franceses. Y hasta improvisaba trozos descriptivos, excelentemente logrados» (9).

(9) María Josefa GARCIA MORENTE, Vda. de BONELLI, Notas biográficas de don Manuel García Morente, op. cit., p. 29.

Se entregó a la actividad profesional de una forma total al morir muy pronto su esposa, el 27 de junio de 1923. Otro golpe muy fuerte 10 recibió con la muerte de su hermana mayor, en 1928; diez años después contaba el mismo Garda Morente en una carta que «mi hermana, pocas horas antes de morir, me llamó a su lado, y a solas, y en términos de profunda exaltación me habló con la ternura de una madre y me hizo prometer que si algún día la gracia de Dios Nuestro Señor venía a visitarme, no le haría resistencia. Yo se lo prometí, en efecto, y desde ese día quedé impresionado y preocupado» (l0).

(l0) M. GARCIA MORENTE, Del epistolario de don Manuel García Morente, catedrático de la U. Central, «Estudios» (Madrid) 3 (1945), pp. 179-185, Cf. M. de IRIARTE, El profesor García Morente, sacerdote, op. cit., p. 30

Guadalupe le había hecho de madre, pero nunca hasta antes de morir le había hablado de Dios y de su increencia, sólo oraba y rezaba por él.

Su intenso trabajo dio sus frutos. En 1930 fue nombrado subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, durante el gobierno del general Berenguer. En 1931, el claustro de profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid le designó por unanimidad su decano. Durante su decanato reformó los planes de enseñanza, organizó la biblioteca, promovió cursos para extranjeros y terminó la nueva Facultad en la Ciudad Universitaria, entre otras muchas tareas.

En 1932 es elegido académico de número en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Poco antes había dado conferencias en Weimar, y en 1934 dio un curso, invitado por la Asociación de Cultura de Argentina, en Buenos Aires. También, el año anterior, había dirigido el crucero del Mediterráneo, cuna de la cultura occidental, en el «Ciudad de Cádiz».

Lucha interior

María Josefa, su hija mayor, en 1934, se casó con el ingeniero de montes e ingeniero geógrafo Ernesto Bonelli. El escrito de su conversión empieza precisamente narrando su asesinato en Toledo, el 28 de agosto de 1936 por pertenecer a la Adoración Nocturna. Declara que «yo sentía por mi yerno un gran cariño, mezclado con algo así como respeto y admiración. Era un joven de veintinueve años, digno de amor por todos conceptos. Su conducta moral había sido siempre ejemplar. No creo equivocarme al afirmar que había llegado al matrimonio en perfecto estado de pureza. Su vida personal también había sido siempre de acendrada religiosidad».

El matrimonio había tenido dos hijos, María del Carmen, que tenía entonces un año recién cumplido y Emilio, que había nacido hacía dos meses. Continúa explicando García Morente que «recibí la noticia de su muerte estando yo en la Universidad en el acto de entregar el decanato -del que fui destituido por el Gobierno rojoa mi sucesor, señor Besteiro (...). La tragedia de mi pobre hija, viuda a los veintidós años, con dos hijitos, a los dos años de matrimonio, trastornó por completo mi pensamiento, mi sentimiento, mi vida entera. (...) En mi casa reinaba el silencio trágico de la angustia y el terror. Yo no salía en absoluto a la calle. Nadie de casa salía, sino lo indispensable para las necesidades de la vida».

Toda la familia vivía en una constante inquietud, que refleja García Morente en este escrito, por ejemplo, al contar que «un día, los milicianos vinieron a llevarse al hijo mayor de nuestros vecinos de piso. El pobre muchacho fue a la cárcel, y más tarde lo asesinaron en Paracuellos. Otro día (...) vinieron a registrar mi casa. El día entero nos lo pasábamos atisbando, detrás de las persianas echadas, todos los coches que se detenían en la puerta de la caa. Con el corazón encogido contábamos los escalones que subían los asesinos, y cuando habían pasado nuestro piso lanzábamos un suspiro de satisfacción. ¡La muerte iba a otra casa!».

Casi al mes de su destitución del decanato y de la cátedra le llegó confidencialmente la noticia que peligraba su vida, «pues se había acordado por ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras darme la muerte, como era usual entonces». Inmediatamente salió para París, obtenida la documentación gracias a un ministro amigo suyo, y después de algunos incidentes, llegó el día 2 de octubre de 1936. Solo, sin dinero y angustiado por la suerte de su familia y por si había sido acertada su decisión de huir, pudo sobrevivir gracias a algunos amigos. «Un buenísimo amigo (Ezequiel de Selgas), español, que tenía -y tiene- un pisito en París, puso a mi disposición un cuarto con una cama y un armario. Una buenísima señora (M. Malovoy), francesa, viuda de un antiguo compañero mío de estudios de la Sorbona -muerto gloriosamente por su patria en 1914-, me brindó caritativamente la mesa de su hogar. Dormía, pues, y comía».

Su situación económica mejoró algo, al recibir el encargo de la Editorial Garnier Frères de elaborar un diccionario de francés-español, gracias a las gestiones de un editor catalán, amigo suyo, refugiado también en París. A mediados de marzo de 1937, otro amigo suyo, el profesor Alberini, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Tucumán (Argentina), le ofreció una cátedra en dicha facultad. García Morente contestó que se trasladaría a la Argentina si podía conseguir que sus hijas y sus nietos se reunieran con él. Había ya iniciado gestiones, para que pudieran salir de España, en la Cruz Roja Internacional y en la embajada inglesa, pero habían fracasado.

Todo ello no hacía más que aumentar su preocupación e inquietud, pues, según continúa diciendo en el relato, «por mucho que pensaba, no encontraba la manera de enfocar útilmente el problema de sacar de España a mis hijas. ¿Cómo hacer? Justamente ahora, cuando el ofrecimiento argentino me daba resuelto el problema de mantener a mi familia fuera de España; justamente ahora, era cuando no veía luz alguna ni resquicio por donde iniciar la gestión».

Pocos días después, visitando a Ortega y Gasset, que vivía entonce en París, encontró en su casa un catedrático de la Universidad de Madrid, muy amigo suyo, uno de cuyos hijos, era el secretario particular del doctor Negrín, ministro de Hacienda del gobierno de Largo Caballero, y que le dijo que precisamente llegaba su hijo al día siguiente. García Morente pudo entrevistarse con él, obteniendo la promesa de que le pediría a Negrín, amigo también de Morente, el pasaporte necesario para su familia.

A pesar de que sus hijas fueron bien recibidas por el ministro, tuvieron que permanecer en Valencia, durante todo el mes de abril, donde se habían trasladado desde Madrid, porque el gobierno les iba poniendo dificultades, hasta que les negó la salida. El día 27 de abril García Morente se enteró de esta mala noticia y contestó a sus hijas que fueran a Barcelona, donde vivía un hermano de su mujer. Añade en su explicación que: «en seguida me invadió una enorme depresión física e intelectual. Durante unas horas estuve como alelado, indiferente, incapaz de pensar en lo que me sucedía (...) Todas mis ilusiones se venían al suelo. Tendría que renunciar a la cátedra de América, renunciar también a recobrar a mis hijas y nietos, continuar en París la vida sombría de insomnio y preocupaciones (...) Todo el día 27 y su noche estuve dándole vueltas a estos pensamientos particulares: mi situación, mis hijas, mi casa de Madrid, mi porvenir inmediato o remoto, el de los míos».

Al día siguiente quedó solo en el piso donde vivía, porque su amigo se había tenido que ausen· tar por unos días, pudo así reflexionar sobre sus problemas, pero lo hizo llevándolos al terreno de lo general, e investigándolos con su metodología filosófica. Intentó así resolver el problema del sentido de la vida desde tesis antiprovidencialistas enfrentándolas con otras que negaban el determinismo y admitían una providencia divina. Ex· plica que: «Poco a poco me fui afianzando en la idea providencialista y llegué a formulármela de modo claro y explícito. Pero todavía mi pensamiento y mi imaginación caminaban por vías puramente abstractas y metafísicas. Pensaba en Dios; pero siempre en el Dios del deísmo, en el Dios de la pura filosofía, en ese Dios intelectual en el que se piensa, pero al que no se reza». Durante el día 29 pensó que lo lógico era resignarse ante esa providencia «impersonal», pero después se dijo: «si Dios es el que hace los hechos de la vida y los da y atribuye y regala al hombre, yo puedo en cambio rechazar el obsequio (...) y decididamente los rechazo, no los quiero; no me someto al destino que Dios quiere darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel, despiadado. Fue una especie de furia, una como tempestad de ira alborotó mi alma; la rabia de la impotencia disconforme, de la libertad ineficaz. Me apareció claramente que sólo una cosa era libre para mostrar mi oposición a esa Providencia, que se me antojaba inaccesible y hostil: quitarme la vida».

Se asustó, sin embargo, y se dio cuenta que el suicidio, en el que ya había pensado otras veces, «a nada conducía, que nada resolvía y que todavía menos podía resolver el problema teórico, metafísico, en que estaba intentando orientarme y ese espanto era principalmente como miedo de haber sucumbido o estar sucumbiendo a alguna enfermedad mental. Seriamente me entró la preocupación de si no estaría empezando a desvariar. En realidad, había llegado al fondo de un callejón sin salida».

El «hecho extraordinario»

Después de este debate interno y de esta crisis se produjo ya la conversión. El momento de su vuelta a Dios lo recuerda así:

«haciendo un esfuerzo enorme de voluntad, me impuse la obligación de tomar algún descanso, de procurarme algunas horas de tregua en el pensamiento. Se me ocurrió poner en marcha la radio para ayudarme a la distracción. Estaban radiando música francesa (...) en orquesta, un trozo de Berlioz, intitulado L'enfance de Jesus (...) Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar -sin que yo pudiera oponerles resistencia- imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. (...) Seguí representándome otros períodos de la vida del Señor (...) y así poco a poco, fuése agrandando en mi alma la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la Cruz, en una eminencia dominando un paisaje de inmensidad, una infinita llanura pululante de hombres, mujeres, niños, sobre los cuales se extendían los brazos de Nuestro Señor Crucificado».

García Morente comprendió perfectamente la naturaleza de este fenómeno, al que siguió inmediatamente la recuperación de la fe, pues añade a continuación:

«no me cabe la menor duda que esta especie de visión no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma. "Ese es Dios, ese es el verdadero Dios. Dios vivo; esa es la Providencia viva", me dije a mí mismo. Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da alimento y los trae a la salvación».

Una vez comprendido el amor de Jesucristo, que es Dios hecho hombre, y no «ese Dios teórico de la filosofía», se entregó sin reservas a la voluntad de Dios.

«Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése sí que lo entiendo y ése sí que me entiende. A ése sí que puedo entregarle filialmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de derto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror!, don José María, ¡se me había olvidado!».

Este extenso relato de su conversión, García Morente lo escribió en septiembre de 1940, para su director espiritual en el seminario de Madrid, José Mª. García de Lahiguera, después ordenado obispo. Se lo entregó para que juzgara sobre lo que le sucedió inmediatamente después de su conversión, que él mismo califica de «hecho extraordinario», y que «a nadie en el mundo, ni aun en confesión, he hablado jamás de las cosas que contiene esta tan larga relación. Ni pienso, ni deseo, ni siquiera jamás hablar de ello con nadie ni a nadie». Al final de la exposición le decía que «mi más profundo deseo sería conocer y su consejo y no volver ni a aludir a esto siquiera ni aun con usted mismo» (11),

(11) Idem, Hecho extraordinario, op. cit., pp. 58-77.

sobre este suceso que no se repitió. Sin embargo, el P. Lahiguera cuenta que: «yo preferí el silencio. El lo aceptó humildemente, pues ni indirectamente curioseó en mi opinión. iEsto es sacrificio de la curiosidad y verdadera humildad! ¡Murió, pues, sin saber mi juicio sobre el hecho más grande de su vida!» (12).

(12) ef. M. de IRIARTE, El profesor García Morente, sacerdote, op. cit., p. 55.

Ni García Morente ni su director, mientras éste vivió, jamás enseñaron o hablaron de este documento, que no fue público hasta después de su muerte.

En aquella noche del 29 al 30 de abril de 1937, explica García Morente en el relato que, después de rezar como pudo oraciones olvidadas,

«una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extrardinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo. (oo.) Sea lo que fuere, el hecho es que me veía a mí mismo hecho 'otro hombre».

Se sentó en un sillón delante de la ventana de la habitación, y pensó en adquirir un libro de oraciones y un manual sobre la doctrina cristiana.

«Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús! ¡Bondad! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!».

Añade, a continuación, que

«aquí hay un hueco en mis recuerdos tan minuciosos. Debí quedarme dormido. Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el momento en que despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. No puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya mismo, en el mismo momento, sin tardar. Me puse de pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él».

Seguidamente describe esta experiencia con que fue favorecido.

«Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, o tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras -negro sobre blanco- que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones».

Más adelante, en el mismo relato, exponiendo su reflexión sobre esta presencia o este sentimiento de presencia, precisa que «la formulación psicológica del Hecho podría ser la siguiente: una percepción sin sensaciones. Sin duda, en buena ciencia psicológica, no se concibe bien que pueda existir percepción sin sensaciones. Las sensaciones no faltan nunca ni en la alucinación (...) Pero el Hecho por mí vivido se caracteriza por la total ausencia de sensaciones. Dijérase una percepción por el alma sola, sin auxilio del cuerpo condicionante. Y si a la tal percepción por sola el alma no quiere dársele el nombre de percepción, llámesele como se quiera; en todo caso el hecho es una intuición de presencia desprovista de toda condicionalidad corpórea (sensación)».

En la descripción del fenómeno continúa didendo:

«¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente y que yo, sin ver, ni oír, no oler, ni gustar, ni tocar nada, le percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era Él o que yo deliraba, podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo, resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era Él, porque lo he percibido».

Indica también que no sabe cuánto tiempo duró la aparición, después intentó calcularlo, porque cuando se terminó pasó cerca un tren, y pudo averiguar su horario, aunque no sabía si había pasado o no con retraso. Aunque añade:

«sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo, que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía, era como una suspensión de todo lo que en el cuerpo pesa y gravita, una sutileza tan delicada de toda mi materia, que dijérase no tenía corporeidad, como si yo todo hubiese sido transformado en un suspiro o céfiro o hálito. Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de El y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño. Pero sin ninguna sensación concreta de tacto».

(13) M. GARCIA MORENTE, Hecho extraordinario, op. cit., 78-86.

Una nueva vida

Al día siguiente tomó la resolución de consagrarse a Dios. A través de un sacerdote francés amigo suyo se puso en contacto con el Abad del monasterio benedictino de Ligugé, cerca de Poitiers. Sin embargo, tuvo que cambiar de planes, porque el doctor Negrín había formado un nuevo gobierno y había autorizado la salida de España de su familia, que llegaron a París el 9 de junio. Como tenía que mantenerles, no tuvo otra opción que marcharse a impartir las clases en la Universidad de Tucumán. Partieron todos hacia Argentina el 20 de junio, y al cabo de un mes empezó su nueva actividad docente. Estos cursos, tomados taquigráficamente, fueron publicados en la misma Argentina con el título de Lecciones preliminares de filosofía (14)

(14) Idem, Lecciones preliminares de filosofía, Buenos Aires, Losada, 1938 (se imprimieron varias ediciones); Idem, Fundamentos de Filosofía, Madrid, Espasa-Calpe, 1943 (también varias ediciones)

y después en España, conteniendo además otros escritos, y como obra póstuma, con el título de Fundamentos de Filosofía. Libros que tuvieron varias ediciones y un éxito enorme en el mundo universitario.

Finalizados estos cursos en mayo de 1938, y una vez dadas una serie de conferencias en varias ciudades sudamericanas, determinó volver a España, porque había decidido, en lugar de ingresar en una orden religiosa, ser sacerdote y dedicarse al apostolado. Escribió una carta al Obispo de Madrid, Leopoldo Eijo, explicándole su conversión, pero no el «hecho extraordinario» y su vocación sacerdotal. Lo comunicó también a su familia, que ya habían advertido el cambio en su vida. A finales de junio llegaron a España, siendo recibidos por el Obispo, con quien García Morente se confesó y recibió de sus manos lo que llamó su «segunda Primera Comunión» (15).

(15) María Josefa GARCIA MORENTE, Notas biográficas de don Manuel Gareía Morente, op. cit. p. 32.

Durante el curso 1938·39 residió en el monasterio de los padres Mercedarios de Poyo en Pontevedra, para prepararse para ingresar en el seminario de Madrid. Allí pudo recibir una sólida formación cristiana y formarse en el tomismo que desconocía totalmente (16).

(16) Véase VV. AA. Manuel García Morente y la orden de la Merced, «Estudios» (Madrid) 1, (1945) pp. 146-191.

En el curso 1939-40 fue ya alumno interno del recién abierto Seminario de Madrid, al mismo tiempo que reanudaba también su magisterio en la cátedra de la Universidad de Madrid. En ambos lugares sufrió mucho por la desconfianza y recelos de algunas personas. Por dispensa especial, en un año cursó todas las materias, asistiendo a las clases que podía y examinándose a medida que se consideraba preparado. Fue ordenado sacerdote el día 21 de diciembre de 1940. Celebró su primera misa en la capilla del colegio de la Asunción de la calle Velázquez, donde había sido nombrado su capellán. Unía así su nueva vida al recuerdo de su esposa, formada en esta orden, igual que sus hijas. La menor poco tiempo después ingresaba en esta comunidad. El imprevisible fallecimiento de García Morente, el día 7 de diciembre de 1942, a los cincuenta y seis años de edad, y aún no cumplidos dos de su ordenación sacerdotal, truncaba todas las esperanzas depositadas en este gran intelectual, convertido tan sólo hacía cinco años. Pero, él mismo había escrito, un poco antes que: «prefiero mil veces morir con Dios que vivir sin Dios. He vivido sin Dios y ahora me parece que entonces estaba como muerto. (...) Debe ser muy dulce morir en la paz de Dios: entrar suavemente en la eternidad con la sonrisa en los labios» (17).

(17) Manuel GARCIA MORENTE. Ejercicios espirituales, op. cit., «Día 28, sábado», p. 90