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Moa discrepa de Stanley G. Payne sobre las ganas de Franco de entrar en la Segunda Guerra Mundial en la que España no entró

“Véanse conclusiones como la de Tusell, minucioso en los detalles y mediocre analista: España no entró en la guerra mundial, pero no fue por falta de ganas de muchos de sus dirigentes, sino porque la realidad se impuso. Sin embargo la realidad nunca se impone tal cual, sino a través de las percepciones de los individuos, de otro modo Mussolini habría permanecido al margen o Hitler no habría invadido la URSS, por ejemplo. Franco y otros cuantos líderes demostraron un perspicaz sentido de la realidad, mientras bastantes otros –monárquicos, generales, falangistas, exiliados– habrían metido al país en la contienda, deliberadamente o por falta de ese sentido” (Pío Moa, Años de hierro, p. 667).   La neutralidad de España durante la guerra mundial fue un hecho casi milagroso, cuya enorme improbabilidad casi nunca ha sido apreciada debidamente. Como tampoco sus inmensos beneficios para España y, en lo esencial, para la causa de los Aliados (Churchill sí lo entendió en parte). Franco fue, indiscutiblemente, el artífice de aquella neutralidad. Neutralidad de valor imposible de exagerar pero que, con apreciaciones como las de Tusell, queda  hundida a un nivel puramente trivial. La trivialidad del propio historiador".
(Blog de Moa, 13 de marzo de 2008).

Ver las opiniones de Churchill sobre Franco

De Hitler a Franco...

Pío Moa (En LD, 7-12-2006) http://gaceta.es/pio-moa/hitler-franco-06032017-1219

la larga misiva escrita por Hitler a Franco el 6 de febrero de 1941. El documento merece la máxima atención analítica de cualquier historiador serio. Hitler exponía la enorme trascendencia de la conquista de Gibraltar, bastante bien comprendida por él, al contrario que por muchos comentaristas: "Habría dado un vuelco inmediato a la situación en el Mediterráneo"; "Habría ayudado a definir la historia del mundo". Y no exageraba mucho. La toma de Gibraltar habría inutilizado prácticamente la base británica de Malta, impedido la entrada o salida de barcos ingleses en el Mediterráneo occidental y respaldado con la máxima eficacia la prevista ofensiva de Rommel en Libia. Y tenía una dimensión global mucho mayor, pues abría paso a la ocupación de la costa occidental norteafricana, impidiendo un posible desembarco inglés o anglouseño (que ocurriría). Además, en la concepción del almirante Raeder, habría permitido al ejército alemán conquistar el norte de África hasta el petróleo de Oriente Medio, creando una tenaza desde el sur sobre la Unión Soviética, cuya invasión estaba prevista para unos meses después. Esta tarea se hallaba muy al alcance del ejército alemán, incluso de una fracción de él, pues, como pronto se demostraría, el ejército inglés no era todavía enemigo para la Wehrmacht.

La importancia otorgada por el Führer a Gibraltar explica su frustración y amargura ante las dilaciones de Madrid: "Si el 10 de enero hubiésemos podido cruzar la frontera española, hoy estaría Gibraltar en nuestras manos"; "Se han perdido dos meses, y en la guerra, el tiempo es uno de los más importantes factores. ¡Meses desaprovechados muy a menudo no se pueden recuperar!"; "¡Lamento profundamente, Caudillo, su parecer y actitud!". Realmente Franco estaba causando a Hitler unos daños estratégicos de enorme trascendencia, como percibía con nitidez el interesado, que también reprochaba al español, razonablemente, sus excesivas ambiciones en África: "Me permito indicar que la mayor parte del inmenso coste en sangre en esta lucha lo soporta hasta ahora Alemania en primer lugar, y luego Italia, y ambos, a pesar de ello, solamente han presentado modestas reivindicaciones".

Sospechando que Franco se estaba "vendiendo" por los alimentos británicos, Hitler le prevenía de que Inglaterra no tenía intención de ayudarle sino solo de "retrasar la entrada de España en guerra, de paralizarla y con ello incrementar sus dificultades permanentemente y así poder finalmente derrocar al actual régimen español"; aparte de que aun si Inglaterra, "en un arrebato sentimental nunca visto hasta ahora en su historia, quisiera pensar de otro modo, no le sería posible ayudar realmente a España (...) en una época en que ella misma está obligada a rigurosas reducciones en su nivel de vida", las cuales irían en aumento. En fin, insistía Hitler, "estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte", y "en esta histórica confrontación debemos atender a la suprema lección de que en tiempos tan difíciles más puede salvar a los pueblos un corazón valeroso que una al parecer inteligente precaución".

No menor interés tiene el tono general del documento, persuasivo y casi implorante tras haber fracasado, diez días antes, una conminación de Ribbentrop con carácter casi de ultimátum; un tono que asombra aún más cuando Franco le respondiera con otra carta casi insolente, que veremos el próximo día. Ante los graves perjuicios que España estaba causando a sus planes, Hitler tenía poder muy sobrado para imponer sus intereses por la fuerza, y sin embargo no lo hizo. No invadió la península, aunque estuvo tentado de hacerlo. Sabemos aproximadamente por qué: la invasión le hubiera sido fácil, pero temía verse enfangado en una reedición del laberinto napoleónico a sus espaldas, mientras preparaba el ataque a Rusia desde Europa. Por lo tanto creyó que solo le convenía atacar Gibraltar con el permiso de Franco, y sus esfuerzos se dirigieron a ello, alternando la conminación y la persuasión. Probablemente cometió un error, comparable, por sus efectos, a su vacilante planeamiento de la batalla de Inglaterra.

La carta del Führer demuele también, como veremos, las argucias, más que argumentos, con que el Caudillo justificaba sus demoras, lo cual obliga a replantearse la verdadera actitud de éste, así como su evolución.

 (En LD, 7-12-2006)

... y de Franco a Hitler

Pío Moa (En LD, 15-12-2006) http://gaceta.es/pio-moa/franco-hitler-07032017-1010

La carta de Hitler destruye además la retorcida pretensión de que en la conferencia de Hendaya, dos meses y medio antes, Hitler no había mostrado mayor interés ni presionado a Franco para que entrase en la guerra. El propio Führer lo aclara sin lugar a dudas: Cuando nos reunimos, mi prioridad era convencerle a Vd., Caudillo, de la necesidad de una acción conjunta de aquellos Estados cuyos intereses, al fin y al cabo, están indisolublemente asociados. Una prioridad.

Pero Franco pensaba de otro modo. Hizo llegar a Berlín un memorando con desorbitadas peticiones de material de guerra, cereales y vehículos, y sólo contestó a Hitler veinte días más tarde, aplazando todavía otros diez días la entrega de la carta. La cual, con extraña insolencia ante quien tanto le había insistido en la importancia del factor tiempo, empezaba así: "Su carta del 6 de febrero me induce a contestarle de inmediato". El resto, pese a las protestas de lealtad y fe en la victoria germana, no podía causar mayor decepción a Hitler.

El dictador alemán se había molestado en demoler la argumentación dilatoria de Franco: "Alemania ya se declaró dispuesta a suministrar también alimentos –cereales– en las máximas cantidades posibles tan pronto España se comprometiera a entrar en la guerra (...) Porque, Caudillo, sobre una cosa debe haber absoluta claridad: estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte y en estos momentos no podemos hacer regalos ¡Por ello sería una falsedad afirmar que España no pudo entrar en la guerra porque no recibió prestaciones anticipadas!" (subrayado en el original). Ofrecía de inmediato cien mil toneladas de cereales y señalaba la poca solidez de las excusas de Franco. Éste había insistido en la necesidad de alimentos, pero, recuerda Hitler, "cuando yo volví a hacer constar que Alemania estaba presta a comenzar el envío de cereales, el almirante Canaris recibió la respuesta definitiva de que tal suministro no era lo decisivo, pues no podía alcanzar un efecto práctico su transporte por ferrocarril. Luego, tras haber dispuesto nosotros baterías y aviones de bombardeo en picado para las islas Canarias, se nos dijo que tampoco esto era decisivo, ya que las islas no podrían sostenerse más de seis meses, por la escasez de provisiones". Con lógica y cierta exasperación, Hitler había concluido: "Que no se trata de asuntos económicos sino de otros intereses queda patente en la última declaración, pretendiendo que también por causas meteorológicas no podría realizarse un despliegue [en España] en esta época del año (...) No puedo entender cómo sería imposible por razones meteorológicas lo que antes se quiso considerar imposible por razones económicas (...) No creo que el ejército alemán se vea dificultado en un despliegue de enero por el clima, que para nosotros no tiene nada de extraño".

La argumentación hitleriana era bien clara, pero Franco, en su respuesta, la pasaba simplemente por alto, reiterando que la economía "es la única responsable de que hasta la fecha no se haya podido fijar el momento de la intervención de España". E interpretaba de forma casi ofensiva las frases de Hitler sobre la pérdida de tiempo y de ocasiones estratégicas: "El tiempo transcurrido hasta ahora no es tiempo totalmente perdido. Desde luego que no hemos recibido tanta cantidad de cereales como la que Vd. nos ofrece (...) pero sí una parte de las necesidades diarias del pueblo para el pan cotidiano". Exponía el deseo de que "las negociaciones se aceleren todo lo posible. Para este fin le he enviado hace unos días algunos datos sobre nuestras necesidades" (las exageradas peticiones recientes), y añadía, para mayor injuria: "Estos datos se pueden revisar de nuevo, ordenar, justificar y volver a tratar sobre ellos", con el fin de "llegar a una decisión rápida" (¡!). Con auténtico descaro explicaba su observación sobre la meteorología como "solamente una respuesta a su indicación, pero en ningún caso un pretexto para aplazar indefinidamente lo que en el momento adecuado será nuestro deber". Mostraba su acuerdo con el cierre de Gibraltar, pero exigía el simultáneo de Suez. Negaba que sus reivindicaciones coloniales fueran abusivas, "mucho menos cuando se tienen en cuenta los enormes sacrificios del pueblo español en una guerra que fue precursora de la guerra actual". En fin, "el acta de Hendaya, permítame que se lo diga (...) debe considerarse hoy como obsoleta". El acta especificaba el compromiso español de entrar en guerra, aunque sin fecha definida.

Según la peculiar interpretación de Preston, la carta de Franco "revela entusiasmo por la causa del Eje". Hitler, desde luego, la entendió de otro modo, y no es de extrañar. Aun más curiosa esta consideración del historiador inglés: "El 26 de febrero Franco respondió por fin a la carta de Hitler de hacía tres semanas. Con la caída de Yugoslavia y Grecia ante el general Rundstedt y con Rommel reforzando las fuerzas del Eje en el norte de África, Franco estaba de humor para volver a la subasta, pero su precio se había elevado". La situación era la contraria. Las campañas de Rundstedt y Rommel no comenzarían hasta casi un mes y medio más tarde (y no fue Rundstedt, sino List quien dirigió la de Yugoslavia y Grecia). Cuando Hitler escribió a Franco, el Eje se hallaba ante el fracaso de la batalla de Inglaterra y las tremendas derrotas italianas en África. Precisamente estos hechos impulsaban a Hitler a buscar la intervención de España con mayor ansiedad.

La carta de Franco obliga a replantearse sus verdaderas motivaciones. Tenía por fuerza que estar de acuerdo con Hitler en que sus intereses caían del lado del Eje, en que las democracias "nunca le perdonarían su victoria" en la guerra civil, y en que la derrota alemana significaría el fin del franquismo. Sabía que Alemania solo podía abastecerle parcialmente, pero también que una Inglaterra acosada estaba en la misma situación, y además interesada en reducir a España a la penuria, como realmente hacía.

Y no solo contaban los intereses generales, sino también la máxima probabilidad, por entonces, de la victoria germana. Hitler había fracasado, al menos de momento, en la invasión de Inglaterra, pero Churchill no podía pensar siquiera en invadir el continente para vencer a su enemigo. Solo podía tratar de ganar tiempo hasta que interviniera Usa, y antes de que ello ocurriera podía haber recibido tales golpes que se viera obligado a pedir la paz. Sin duda la contienda traería a España hambre masiva y la probable pérdida de las Canarias y otros daños, pero, en la perspectiva de una victoria final del Eje, serían sacrificios pasajeros, que no podían preocupar a un dictador sediento de sangre e insensible a los sufrimientos de las masas, según suele presentársele (contra muchas evidencias). Por otra parte, la promesa churchilliana de "sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas", valía también para España en una situación extrema. Por tanto, entrar en guerra permitiría a Franco participar en el Nuevo Orden europeo, mientras que abstenerse le llevaría a chocar con un Führer defraudado y hostil, que lo derrocaría sin mucho trabajo.

Parece poco creíble, pues, la imagen de un Caudillo empeñado en preservar la no beligerancia, como le han presentado algunos franquistas posteriormente. Todas las razones militaban para él, en principio, a favor de la guerra. Y seguramente era sincero cuando la prometía al Führer. Entonces, ¿por qué no cumplía? Probablemente era menos sincero cuando afirmaba que no pensaba dejar que alemanes e italianos corrieran con la sangre y los sacrificios para sacar tajada en el último momento. En realidad era eso, justamente, lo que quería, como él había indicado a Serrano Súñer: guerra corta, sí, sin vacilar; guerra larga, solo cuando estuviera prácticamente resuelta. Y como la guerra se prolongaba, había que esperar el momento oportuno... suponiendo que ganase el Eje. De una guerra larga España podría salir vencedora al lado de Alemania, pero exhausta y destrozada, y por ello supeditada por completo al auténtico vencedor. Franco tenía constancia de las ambiciones nazis de satelizar España, y eso nunca lo aceptó, aunque se viera obligado a hacer concesiones ocasionales. Él quería llegar al Nuevo Orden con la mayor fortaleza posible, y sus exigencias coloniales en África formaban parte de ese designio. Y por otra parte nunca excluyó la posibilidad de una derrota alemana, aunque por un tiempo la creyera improbable. En Años de Hierro y en Los mitos del franquismo he tratado estas cuestiones.

Por supuesto, Franco no podía ignorar los muy graves contratiempos que ocasionaba a sus amigos, y no cabe pensar que deseara sabotearlos. Pero obraba en la confianza de que no les causaba perjuicios irreversibles. Por otra parte le interesaba la victoria hitleriana... pero no tan apabullante que redujera al resto del continente a la impotencia. Así, pese a desear hacerse con varias colonias francesas, le convenía una Francia potente, como contrapeso a la hegemonía alemana. Y una Italia fuerte, a pesar de que sus planes sobre el Magreb entrasen en conflicto con los españoles. Algo parecido cabe decir de Inglaterra, con la cual procuraba mantener relaciones aceptables, a pesar de todo. De ahí que su política se nos presente como una serie de medidas contradictorias. Hacía ofertas y promesas a Berlín, y al mismo tiempo buscaba acuerdos y créditos en Londres y Washington; proclamaba su amistad con Mussolini, pero tomaba medidas en Tánger y Marruecos contra los intereses italianos; exigía parte del imperio francés, pero procuraba mantener buenas relaciones con la Francia de Vichy, sin aprovechar la derrota de Francia para hostigar al Marruecos francés; afirmaba que su acercamiento a Portugal perseguía alejar a éste de la órbita inglesa, cuando cualquiera podía entender lo contrario...

En realidad, la situación no podía ser más compleja, y creo que solo teniendo en cuenta los embrollados y contradictorios intereses en juego se pueden entender las aparentes contradicciones de la política franquista. El eje de ella consistía en evitar a toda costa una guerra larga, o entrar en ella solo en el momento oportuno y con los menores sacrificios para España; mientras tanto, procuraba ganar tiempo y no perder bazas, lo cual implicaba asumir muy serios riesgos, como el de una invasión de la Wehrmacht o un asfixiante bloqueo británico. Al final, el momento oportuno nunca llegaría, y este cálculo demostró ser, finalmente, el más prudente y beneficioso para todos. Menos, paradójicamente, para sus amigos del Eje.

(En LD, 15-12-2006)

Alberto Santos Dumont

El 12 de febrero de 1941 Franco se entrevistó con Mussolini en Bordighera. Franco preguntó abiertamente al duce si en la situación del momento se metería en la guerra, la amarga respuesta de Mussolini fue que en absoluto. Yo creo que esa certeza influye desde entonces en la actitud de Franco. Por otra parte Canaris, con el que Franco hizo muy buenas migas, no creía en absoluto en la victoria de Alemania. Era un viejo militar con mucho mundo y veía más allá de las emociones del momento. Creo que Canaris influyó en Franco desde antes de la entrevista de Hendaya. Una prueba de la importancia que tuvo este almirante jefe de la Abwehr para Franco es que cuando Hitler le ahorcó el caudillo asignó una generosa pensión a su viuda.

 

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