....HISTORIA DE ESPAÑA......
El Prado rescata a Juan Fernández que pintaba los racimos de uvas más veraces del barroco español
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Periodista Digital. José Catalán Deus, 12 de marzo de 2013
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Juan Fernández el Labrador. Naturalezas muertas
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Érase una vez un tal Juan Fernández apodado
el Labrador, porque vivía en el campo y sólo venía a la villa
y corte una vez al año a vender sus bodegones. Cuatro siglos
después el Museo del Prado se rinde a su excelencia recobrada
exponiendo la práctica totalidad de su escasa producción
conocida a día de hoy, once de los trece cuadros ya
identificados. Suficiente para caracterizarlo como uno de los
pintores más exquisitos del barroco español, consagrado durante
años a pintar racimos de uvas con los que alcanzó fama en tres
cortes europeas, francesa, inglesa y española.
Un trabajo detectivesco para desvelar un misterio. Juan
Fernández apodado el Labrador, fue criado del marqués de la
Torre, un italiano afincado en la corte madrileña de los Austria,
gran aficionado a la pintura. En determinado momento hacia 1630,
Fernández se independiza, adquiere una propiedad agrícola, y en
ella dedica su vida a pintar naturalezas muertas, primero
solamente uvas, después ante la demanda de sus clientes,
composiciones de frutas diversas, finalmente ramos de flores. Por
semana santa acudía a Madrid a entregar sus encargos. Y después
se marchaba tan misteriosamente como había llegado. Apenas nada
más se sabe de él.
La exposición viene a ser una réplica española a la que puede
contemplarse actualmente en la Fundación Juan March con el
título De la vida doméstica. Bodegones flamencos y
holandeses del siglo XVII (ver nuestra reseña). Ambas son de similares dimensiones y atmósfera
intimista. Ambas constan -casualidad de casualidades- de once
obras expuestas. Ambas presentan visiones paralelas de un género,
el del bodegón, que eclosionaba entonces; visiones parecidas,
pero visiones diferentes, la del labriego de la corte imperial
española y las de los pintores de las posesiones de Flandes. La
primera, austera y suspendida en el espacio; las segundas, de
lujosas mesas y preciados ingredientes. Resulta un viaje de lo
más sugerente comenzar en el Prado y terminar en la Juan March,
o viceversa. Lo recomendamos.
Ángel Aterido, un especialista en pintura española del Siglo de
Oro, ha comisariado esta pequeña pero importante exposición y
en el catálogo que la acompaña ha reunido todo lo que se sabe
sobre este desconocido pintor. Las cinco obras del Labrador que
atesora el Museo, se presentan junto a algunas piezas que hasta
ahora no se habían expuesto en España, como 'Bodegón con uvas,
membrillos y frutos secos', procedente de la colección de SM la
reina Isabel II de Inglaterra, o 'Bodegón de uvas, bellotas y
copa con manzanas' de una colección particular barcelonesa. A
ellas se suman otras cuatro obras procedentes de colecciones
particulares y del Museo Cerralbo. Son obras que nunca o en muy
raras ocasiones se habían expuesto en España. Por ejemplo, el
último cuadro citado procede de la antigua colección de los
duques de Parcent y desde 1979, cuando fue subastado, no había
vuelto a ser vista públicamente. Junto a 'Bodegón de uvas y
Bodegón con uvas, manzanas, frutos secos y jarra de terracota',
también de propiedad particular, sólo habían concurrido a
exposiciones fuera de nuestro país. Por su parte, 'Bodegón con
uvas, membrillos y frutos secos', perteneciente como decimos a la
colección de la reina Isabel II de Inglaterra, se expone por vez
primera en España. Este bodegón llegó a Gran Bretaña en torno
a 1634-35, fruto del encargo del embajador extraordinario
inglés en Madrid, que se lo regaló al rey inglés Carlos I, uno
de los coleccionistas más refinados de la Europa de su tiempo,
poseedor de una fabulosa galería pictórica y protector de
artistas como Orazio Gentileschi, Rubens o Van Dyck.
Aunque las imágenes de uvas y frutos otoñales son las más
numerosas y características del artista, se conocen dos pinturas
de flores, una de las cuales pertenece al Prado y colgará con
sus compañeras en el pequeño gabinete de naturalezas muertas en
el que se transformará la sala D del edificio de Jerónimos del
Museo del Prado. La exposición se articula en dos secciones que
muestran la evolución del artista en sus composiciones, desde
las primeras obras en las que representa exclusivamente racimos
de uvas hasta sus últimas pinturas conocidas en las que las uvas
se combinan con otros elementos.
Los racimos de uvas son objeto preferente de representación en
el género de la naturaleza muerta desde su origen, a fines del
siglo XVI y principios del XVII. Con ellos los artistas podían
demostrar su maestría captando sus calidades, estructura o
madurez. Pero, al mismo tiempo, les servían parar evocar al
público culto un remoto episodio que reivindicaba la
superioridad de la pintura. Según los textos clásicos, el
pintor griego Zeuxis de Heraclea (siglo V a.C.) llegó a realizar
con tal fidelidad las uvas
que los pájaros acudieron engañados a picotear un cuadro en el
que pintó estas frutas. En sus primeras obras conocidas el
Labrador solo utilizó uvas, presentadas de forma desconcertante.
Los racimos, minuciosamente detallados, aparecen suspendidos en
la oscuridad, violentamente iluminados y eliminada toda
referencia espacial. Su aspecto natural y de instantánea reta al
ojo del espectador de su época, evidenciando la extraordinaria
capacidad mimética de su autor, suficiente para equipararlo a un
Zeuxis moderno.
A partir de 1633 el Labrador comenzó a pintar composiciones más
complejas en las que las uvas, su verdadera marca de autor, se
combinan con otros elementos. Estos bodegones reúnen siempre
especies vegetales que fructifican en la misma estación, o que
se conservan bien en meses posteriores. Generalmente son
productos del final del verano o del otoño, que conviven con los
racimos en pequeñas repisas vistas
frontalmente y destacadas sobre fondos en sombra. En ellas reina
un aparente desorden en el que se añade algún recipiente
refinado, de materiales brillantes o coloridos, que marca un
sutil contraste con la sencillez de bellotas o castañas. Estos
cuadros constituyen auténticas celebraciones otoñales, en las
que la variedad de frutos supone una demostración de humilde
abundancia. A este personal repertorio unió en 1635, por
sugerencia quizás de sus clientes británicos, la
representación de
ramos de flores. Con ellas adquirió fama, por su frescura y
sensación realista, incorporando así nuevos colores
primaverales a su paleta.
La documentación referente a Juan Fernández localizada hasta la
actualidad se limita a los siete primeros años de la década de
1630. Era conocido como el Labrador por su origen campesino y,
aunque se supone que nació en Extremadura, no se sabe nada de su
nacimiento o primera formación artística. Fue criado como
decíamos más arriba de un importante noble italiano, Giovanni
Battista Crescenzi, quien ejercía una importante influencia en
los
asuntos artísticos de los reinados de Felipe III y Felipe IV.
Crescenzi fue uno de los promotores de la naturaleza muerta y
todo indica que incentivó al Labrador a que se aplicara en la
representación de frutas. El género estaba en pleno desarrollo
y demanda en la corte madrileña y en toda Europa. El aspecto
humilde de sus bodegones, tremendamente sencillos y a la vez
asombrosamente realistas, debió causar gran impacto en un
momento en el que estas representaciones se estaban haciendo más
complicadas y barrocas.
Hacia 1633 Juan Fernández dejó Madrid, y según sus primeros
biógrafos se retiraría al campo donde se dedicaría a
retratar los productos naturales, con los que
tendría gran familiaridad. Se dice que acudía a la corte en
Semana Santa a vender sus cuadros, que eran adquiridos para las
colecciones más importantes de la nobleza. Ente sus clientes
estaba el embajador británico, sir Arthur Hopton, quien envió
cuadros del Labrador al
rey Carlos I. También poseyó alguna de sus obras la reina de
Francia, Ana de Austria; con lo que fue uno de los pocos artistas
españoles que fue conocido fuera de la Península en el siglo
XVII.
Su fama se basaba en un personal planteamiento para representar
flores y frutas, sobre todo las uvas, que fueron el objeto
principal de sus cuadros. En sus bodegones hacía
una particular mezcla de la tradición del naturalismo con unos
encuadres desconcertantes. Su detallismo extremo se potenciaba
con la violenta iluminación heredera de Caravaggio y la visión
muy cercana de las frutas. El fondo oscuro y la
ausencia de referencias al espacio los hace completamente
atemporales, en especial las visiones de los racimos de uvas
suspendidos, de una estética cercana a planteamientos propios
del arte contemporáneo. Aunque se relaciona con la evolución
del género en la primera mitad del siglo XVII, su obra supone
una aportación singular para la época.
La enigmática personalidad del artista,
alejado de la corte en su momento de mayor madurez y empeñado en
un nuevo naturalismo a contracorriente de su tiempo, resulta
aún más exclusiva porque se conservan muy pocas de sus pinturas.
Pero a raíz de esta exposición seguro que aparecen más en
desvanes y almonedas, ese antiguo lienzo, oscurecido por el
tiempo, ese humilde racimo de uvas que parecía anónimo y ahora
tiene hermanos en el Prado.
Aproximación a la exposición (del 1 al 10)
Interés: 7
Despliegue: 7
Comisariado: 7
Catálogo: 8
Programa de mano: 8
Documentación para los medios: 8
Museo Nacional del Prado
Juan Fernández el Labrador. Naturalezas muertas
Edificio Jerónimos. Sala D
Comisario: Ángel Aterido, especialista en pintura española del
Siglo de Oro
Del 12 de marzo al 16 de junio de 2013
Actividades relacionadas: dos conferencias y cuatro itinerarios
didácticos.
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Once bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII
De la vida doméstica", una recoleta y atractiva exposición en la Fundación Juan March
José Catalán Deus, 08 de febrero de 2013
http://www.periodistadigital.com/guiacultural/ocio-y-cultura/2013/02/08/la-de-cosas-que-pueden-contarnos-once-bodegones-expo-march.shtml />
Once bodegones. Eso es todo en la última
exposición de la Fundación Juan March. Pero la contemplación
de estos once cuadros flamencos y holandeses del siglo XVII no
diríamos nosotros que desmerezca frente a las grandes
exhibiciones artísticas de este invierno madrileño. Once mesas
'en artístico desorden', todo un repertorio de alimentos a
menudo exquisitos y exóticos y de objetos valiosos, once
visiones de maestría en la descripción y recreación de las
texturas, de los efectos y reflejos de la luz en la plata y el
cristal, de las sombras, del aire de estos reducidos escenarios,
en los que la vida doméstica parece remansarse, calmada y
pacífica.
Con el propósito de ofrecer muestras de formato reducido junto a
las grandes exposiciones, la Fundación Juan March ya había
ofrecido en las temporadas anteriores selectas catas de
Giandomenico Tiepolo y Giorgio Morandi. Ahora le toca a algunos
de los pintores más destacados de bodegones flamencos y
holandeses del XVII: Osias Beert, Pieter Claesz, Willem Claesz
Heda, Floris Claesz van Dijck, Jan Davidsz de Heem y Clara
Peeters. Once óleos de colecciones particulares, algunos de
ellos nunca antes mostrados en público.
En holandés se denomina 'stilleven', que
significa literalmente vida quieta o inmóvil y el
término inglés 'still life' también tiene ese significado. la
errónea traducción francesa fue 'natures mortes' y de ella
procede la equívoca denominación española de 'naturalezas
muertas'. Pero estos objetos no están muertos: están
inmortalizados para siempre. En España se suele usar más el
término 'bodegones' aunque la acepción primeramente sólo se
refería a interiores de cocinas -bodegas- con alimentos a la
vista. En todo caso, el bodegón ha atraído a muchos de los
grandes nombres de la historia de la pintura y tras la
aparentemente simple tarea de inmortalizar objetos y alimentos
cotidianos se han ocultado siempre verdaderos mundos de
significado, tanto por la elección como por su disposición,
evocaciones sensoriales y hasta sentimientos morales.
Estos 'stilleven' que ahora se nos ofrecen comenzaron a pintarse
a principios del siglo XVII en todos los territorios de los
Países Bajos; sin embargo, la división política llevada a cabo
en 1581 provocó que, en el nuevo estado independiente de Holanda,
donde la iconoclastia del reformismo calvinista
impulsaba a los artistas hacia una pintura más descriptiva y
doméstica, se produjera una mayor evolución del
bodegón en todas sus tipologías. Las obras que
conforman esta muestra consiguen, a pesar de su reducido número,
cubrir esa evolución: desde Osias Beert, el iniciador
de este tipo de composiciones (aquí con una obra fechada en
torno a 1610), pasando por dos cultivadores de su estilo la
misteriosa Clara Peeters y Floris van Dijck, hasta
Jan Davidsz de Heem (una de sus obras data de 1651), que
continuaría la tradición de las llamadas mesas
monocromas, inaugurada, a finales de la década de
1620, por Willem Heda y Pieter Claesz.
Según la comisaria, Teresa Posada Kubissa, autora del ensayo,
del análisis de las obras y de los perfiles biográficos de los
artistas incluidos en un imprescindible catálogo, la
representación de mesas con valiosas platos de
peltre, cuencos de porcelana, vasos de plata, lujosas copas de
cristal o de plata sobredorada y sofisticados alimentos colocados
en un artístico desorden e iluminados de forma precisa es una de
las diversas tipologías de naturaleza muerta o bodegón que
empezaron a cultivarse en los primeros años del siglo XVII
en Flandes y Holanda. Estas composiciones primero se llamaron 'ontbijt'
[desayuno o comida ligera] o 'banket' [pasta o
dulce] y ya a partir de la segunda mitad del siglo XVII se
englobarían en la categoría general de los 'stilleven'.
Fueron los pintores holandeses quienes desarrollaron e hicieron
evolucionar el bodegón en todas sus tipologías. De hecho se
considera, junto con el paisaje, la contribución decisiva de esa
escuela al desarrollo de la pintura europea. Sus 'mesas' se
caracterizan por una aparente simplicidad en la ordenación de
los objetos; un tratamiento indiferenciado de esos objetos; la
representación de cada objeto en toda su rotundidad volumétrica;
la cuidadosa reproducción de los reflejos de la luz
procedente de una fuente externa al cuadro sobre las
distintas superficies; y, sobre todo, una pasmosa precisión en
la reproducción de las distintas texturas, donde llegan a tal
perfección que se entiende que no tardaran en surgir leyendas
sobre técnicas cuyo secreto era celosamente guardado por los
pintores especializados en este tipo de cuadros.
Se considera que el iniciador de este tipo de
composiciones pudo ser Osias Beert (c 1580-1623), con obras como
Bodegón con nautilus y frutas en un plato Wan-li, fechada entre
1610 y 1615. En sus cuadros la mesa con los objetos llena la
práctica totalidad de la superficie pictórica, sin apenas
espacio alrededor, de forma que los objetos, colocados en el
plano inmediato al espectador, se imponen como una repentina
visión que emerge de la oscuridad. La posición de la mesa y de
los objetos es frontal al espectador, pero este estatismo queda
contrarrestado por la ordenación de los objetos sobre ejes
diagonales que corren paralelos hacia el fondo, dotando a la
composición al mismo tiempo de cierta profundidad
espacial. Los distintos elementos representados están colocados
unos junto a otros, sin apenas tocarse, sin superponerse ni
interferir unos con otros, de manera que todos pueden ser vistos
con plenitud.
A partir de la década de 1620 parece que la mesa se
mantuvo principalmente en Holanda. Y allí evolucionó en
la misma dirección que lo hizo toda la pintura del barroco:
hacia la conquista de la atmósfera, la luz y el movimiento. Esta
evolución alcanza su mejor expresión en los bodegones
monocromos, que constituyen una tipología
específicamente holandesa. Vroom denominó así estas
mesas (monochrome breakfast-piece) por estar
entonadas en una armonía monocorde de pardos y verdes,
con algunos toques de blanco y del amarillo del limón
una constante de estas mesas como
contrapunto.
¿Qué finalidad tenían estas imágenes frías y objetivas?,
¿encierra su contenido un significado más allá de lo puramente
estético o son sólo una invitación a recrearse en la exacta
reproducción pictórica de texturas, brillos, formas y en el
dominio de la perspectiva? En la búsqueda de una respuesta cabe
agrupar dos tendencias: las de aquellos autores que parten del
presupuesto de que la función del arte del siglo XVII era la
comunicación de ideas; y las de los que juzgan a la cultura
holandesa como específicamente visual, donde la función de la
pintura era la descripción de la realidad visible. En
consecuencia, las primeras interpretan estas mesas
como imágenes significativas que remiten a una realidad externa
a la pintura; las segundas, como imágenes paradigmáticas: son
sólo y nada más que lo que vemos.
Teresa Posada piensa que con estos cuadros sus autores defendían
la posibilidad de una pintura que, a diferencia de la de historia,
no necesitaba de conocimientos eruditos para ser entendida (y
pintada), ya que su finalidad no era trasmitir sentimientos, sino
evocar sensaciones. Es decir, no era mover el alma del espectador,
sino sus sentidos. Visto así, el significado de estas frías y
objetivas representaciones de mesas con arreglos de objetos y
alimentos podría residir simplemente en la evocación de los
distintos sabores y texturas.
Serían, en definitiva, imágenes para hacerte la boca agua. De
ahí la magnificencia de las presentaciones, la lozanía de los
alimentos. Un punto de refinamiento que contrasta con la
hermosísima escuela de bodegones españoles de la misma
época, por lo general ambientados en contextos populares, en
ambientes humildes, y poblados de alimentos simples,
pan, queso, fruta y piezas de caza cuyo realismo produce hasta
cierto rechazo, el efecto antagónico al de sus colegas
holandeses.
Aproximación a la exposición (del 1 al 10)
Interés: 8
Despliegue: 7
Comisariado: 7
Catálogo: 7
Acceso multimedia: n/s
Documentación para los medios: 7
FUNDACIÓN JUAN MARCH
De la vida doméstica. Bodegones flamencos y holandeses del
siglo XVII
Comisaria: Teresa Posada, conservadora de pintura flamenca y
escuelas del norte del Museo del Prado
Hasta el 30 de marzo de 2013. Entrada gratuita.