Santo Tomás Moro,
Patrón del humor
Entre los santos, la virtud del humor alcanzó tal grado de
heroísmo que relucía, incluso, en momentos de gran sufrimiento
o de la muerte. Santo Tomás Moro murió decapitado. Antes de
subir al cadalso, se le acercó su hijo que, llorando, le pidió
la bendición. El momento era muy dramático. Tomás Moro le dijo
entonces al oficial que dirigía la ejecución, y que también
tenía una actitud sumamente seria: "¿Puede ayudarme a
subir?, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo".
Era una actitud llena de humor ante su muerte.
El rey Enrique VIII le prohibió hablar, porque sabía lo que era
capaz de provocar en la gente. Él sabía lo poderoso que era
Tomás. No se le permitió, pues, pronunciar un discurso, y el
condenado solamente pudo decirle al verdugo, al oficial de la
ejecución: "Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel;
es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no
hay por qué cortarla. Permítame que la aparte".
Éstas fueron las últimas palabras de Tomás Moro. Supo burlarse
de sí mismo y colocar sus asuntos, su propia muerte, bajo la
lente de lo absurdo. Y es que ante Dios, única realidad para la
que merece la pena vivir, nuestra muerte tampoco es importante.
Hay que tener el alma de un niño y tomar con fuerza la mano del
Padre, para poder hacer bromas ante la propia muerte. Lo hizo un
hombre que, con frecuencia, para tener un sentido cristiano del
humor, rezaba:
"Señor, ten a bien darme un alma que desconozca el
aburrimiento, que desconozca las murmuraciones, los suspiros y
las lamentaciones; y no permitas que me preocupe demasiado en
torno de ese algo que impera, y que se llama YO...
Obséquiame con el sentido del humor. Concédeme la gracia de
entender las bromas, para que pueda conocer algo de felicidad,
y sea capaz de donársela a otros. Amén".
Tadeusz Daiczer de Meditaciones sobre la fe (Ed. San Pablo)
Alfa y Omega:
Oración del buen humor
Autor: Santo Tomas Moro, mártir, patrón de los políticos.
Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.
Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.
Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.
Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama: YO.
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás.
Así sea.
Pepe Zubicoa