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El descubrimiento de América en 1492

Fuente: Wikipedia, con retoques

Castilla y Portugal llevaban tiempo rivalizando en las exploraciones atlánticas. Poseían los medios (las carabelas), las técnicas (portulanosbrújulaastrolabiocuadrante), los enclaves (las islas atlánticas: Canarias, Madeira y Azores) y los navegantes y pilotos experimentados. Pero el Tratado de Alcaçovas de 1479, por el que se reconoció el monopolio portugués al sur del cabo Bojador "usque ad indos", podía haber cerrado a los castellanos la exploración de la costa occidental de África que pudiera conducir a encontrar un paso por el Este para llegar a las «Indias».

E
mapa de Toscanelli se dice que indujo a Cristóbal Colón a considerar viable la ruta del oeste hacia las Indias ya que en el mapa Catay (China) y Cipango (Japón) estaban mucho más cerca de la costa atlántica europea y africana de lo que en realidad estaban. Lo cierto es que pudo ser utilizado por Colón para hacer ver esa viabilidad; de la que Colón parecía estar muy seguro. Y se cree hoy que la causa de esa seguridad que exhibía el Almirante era que disponía de informaciones de algún navegante que había llegado a la costa atlántica americana, navegando hacia el Oeste y que había regresado a duras penas, con el tiempo justo de dar esa información antes de morir. Colón tendría esa información por estar casado con la hija del gobernador portugués de una de las islas Madeira, Perestrello. Esto es lo que explica el moderno historiador Manzano; la hipótesis del navegante anónimo.

En 1485 Cristóbal Colón, un marino nacido en Génova en 1451, que estaba familiarizado con la navegación portuguesa por las costas de África y las islas del Atlántico —había vivido ocho años en Portugal—, llegó a Castilla para presentar a los Reyes Católicos su proyecto de alcanzar las Indias (Catay y Cipango) por el oeste atravesando la «Mar Océana», oferta que el rey Juan II de Portugal había rechazado, sobre todo, porque en aquel momento parecía que los exploradores portugueses estaban muy cerca de descubrir el acceso por el Este —de hecho Bartolomeu Dias lo encontró en 1488—. Su propuesta fue también rechazada por un comité de expertos castellanos nombrado por los Reyes Católicos, que recibieron a Colón en Alcalá de Henares en enero de 1486. Pero siete años después, tras finalizar la conquista de Granada, los monarcas decidieron respaldar el proyecto. Cerca de Granada, se firmaron el 17 de abril de 1492 las Capitulaciones de Santa Fe por las que Colón era nombrado almirante, virrey y gobernador general de las tierras que descubriera. Además se le otorgaba la décima parte de todas las riquezas que encontrara. El costo de la expedición fue de 2.000 000 de maravedís (5333 ducados), de los cuales 1.400 000 corrieron a cargo de la Corona (gracias a un préstamo del converso valenciano Luis de Santángel, tesorero de Aragón, y de ciertos banqueros genoveses), más la puesta a su disposición de dos carabelas —Colón también fletaría una nao, la Santa María—.

Joseph Pérez no oculta, entre las «razones profundas», de la decisión de los reyes, singularmente de Isabel, de apoyar el proyecto de Colón «el espíritu de cruzada, el deseo de conquistar nuevas tierras para el Evangelio». Rafael Narbona Vizcaíno añade que «tampoco estaba fuera del programa aprovechar la aventura para tomar contacto con el Gran Khan asiático, titular del gran imperio mongol, y conseguir la mutua colaboración para establecer un doble frente, oriental y occidental, ante la peligrosa expansión turca».

El 3 de agosto de 1492 partió Colón del Puerto de Palos al frente de La PintaLa Niña y la Santa María y unos 90 hombres. Tras hacer una larga escala en las islas Canarias, puso rumbo al oeste el 6 de septiembre y el 12 de octubre llegaba a la isla de Guanahaní, en las Bahamas o Lucayas, de la que tomó «posesión por el Rey e por la Reina»; y a la que puso el nombre de San Salvador. Durante los tres meses siguientes se dedicó a ir de isla en isla, convencido de que se encontraba en un archipiélago del que formaban parte Cipango (Japón) y que se encontraba frente a las costas de Catay (China). A la actual isla de Cuba la bautizó con el nombre de Juana, y finalmente desembarcó en la actual isla de Santo Domingo, a la que puso el nombre de La Española. En enero de 1493 las dos carabelas, La Pinta y La Niña, emprendían el viaje de vuelta —la nao Santa María había embarrancado en la costa de La Española y sus tripulantes se quedaron allí en un fuerte improvisado, el fuerte de Navidad—. A la altura de las Azores las dos carabelas se separaron a causa de una tormenta. La Niña, donde iba Colón, llegó a Lisboa y La Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, al puerto gallego de Bayona. Finalmente los dos barcos llegaron al puerto de Palos a mediados del mes de marzo. Al mes siguiente los Reyes Católicos recibieron a Colón en Barcelona.

 

Los Reyes Católicos se apresuraron a conseguir del papa Alejandro VI, de origen valenciano, las bulas que les otorgaban el dominio sobre las tierras descubiertas o por descubrir. En estas bulas alejandrinas (especialmente en la bula Inter coetera) se establecía el derecho exclusivo de los castellanos a navegar y conquistar al oeste de una línea de demarcación norte-sur situada a 100 leguas —550 km— al oeste de las Azores y Cabo Verde, que no es lo mismo. El rey de Portugal Juan II mostró su desacuerdo porque lo concedido por el Papa podría interferir en su proyecto de ir a las «Indias» por el Este e inmediatamente comenzaron las negociaciones que culminaron con la firma del Tratado de Tordesillas  en junio de 1494, según el cual la línea de demarcación se desplazó más al Oeste, a 370 leguas de las islas de Cabo Verde. Así la tierra y el mar situados al este de la línea quedarían reservados a las exploraciones portuguesas, y los situados al oeste a las castellanas.

Mientras tenían lugar las conversaciones que culminaron con la firma del Tratado de Tordesillas Colón inició un segundo viaje en el otoño de 1493 (que iba a durar hasta 1496). Esta vez contaba con una gran flota —17 barcos y 1200 hombres— que se proponía colonizar «las islas de las Indias descubiertas e per descobrir». Pero esta segunda expedición resultó un fracaso porque lo que encontró Colón fueron más islas, y por ninguna parte aparecían ni Cipango ni Catay, y también porque el oro encontrado en La Española no era tan abundante como para compensar los grandes gastos realizados. Solo en el tercer viaje, iniciado en 1498 y mucho más modesto que el anterior —solo seis barcos—, también financiado por la Corona, encontró Colón realmente "tierra firme" en 1498 cuando llegó a la península de Paria muy cerca de la desembocadura del río Orinoco —al que tomó por uno de los cuatro ríos del paraíso—, pero tampoco se trataba de Asia. A partir de 1499, cuando se conoció que los portugueses sí que habían llegado a «las Indias» siguiendo la ruta del este, los Reyes Católicos autorizaron a otros navegantes para que exploraran la zona y confirmaran o no que se trataba de «las Indias». Uno de ellos, el florentino Américo Vespucio, escribió en 1504 que lo que se había descubierto era un Mundus Novus, idea que recogió en 1507 el cartógrafo Martin Waldseemüller, en cuya Cosmographie Introductio dio por primera vez el nombre de «América» al «Nuevo Mundo». Siete años antes, en 1500, el navegante y cartógrafo castellano Juan de la Cosa había realizado el primer mapa de las islas y de las tierras descubiertas.

 

Mientras tanto la situación política y social en La Española se había ido deteriorando. Los colonos que habían ido llegando a la isla desde 1494 se quejaban de los abusos cometidos por Colon y por sus hermanos, Bartolomé, al que había nombrado Adelantado, y Diego. Las denuncias llegaron a los Reyes Católicos que decidieron enviar como nuevo gobernador a Francisco de Bobadilla, quien ordenó detener a Colón y lo envió a Castilla preso —este no volvería a recuperar sus funciones gubernativas aunque sí conservó el título de almirante; moriría en 1506 en Valladolid, tras haber realizado un cuarto viaje entre 1502 y 1504, de nuevo infructuoso, y tras haber fracasado en su intento de que el rey Fernando, que estaba a punto de abandonar Castilla tras la muerte de la reina Isabel, le devolviera sus antiguas prerrogativas—. A Bobadilla le sucedería Nicolás de Ovando, que durante su mandato, entre 1502 y 1508, dio un gran impulso a la colonización de la isla.

En febrero de 1504 los Reyes Católicos renunciaron a la participación directa en el negocio de las «Indias» y a partir de entonces concedieron licencia general a sus súbditos para comerciar con ellas, reservándose el 20 % sobre el oro (el quinto real), así como los impuestos correspondientes sobre el tráfico de todo tipo mercancías, para lo que habían establecido en Sevilla un año antes la Casa de Contratación, que no solo monopolizó el comercio con las «Indias» sino que también controló la emigración de colonos y la formación de pilotos (Américo Vespucio fue el primer piloto mayor de la Casa de Contratación, en 1508). Tras ceder el paso a la iniciativa privada se incrementó notablemente el número de barcos que cruzaban el Atlántico. Entre 1504 y 1510 llegaron o partieron de Sevilla doscientos veintinueve. La mayor parte de las patentes de comercio concedidas por la Casa de Contratación fueron para mercaderes castellanos y «si la participación en los negocios transoceánicos de los mercaderes de la Corona de Aragón fue mucho menor… se debió al hecho de que su área de acción siempre había sido mediterránea y a que la mayor parte de los contactos atlánticos estaba en manos de los marinos castellanos y vascos», ha señalado Rafael Narbona Vizcaíno.

Para las poblaciones indígenas la conquista y colonización constituyó una verdadera catástrofe. Solo un par de decenios después de la llegada de Colón la práctica totalidad de las 300 000 personas que se calcula que vivían entonces en las Antillas habían muerto a causa fundamentalmente de las enfermedades traídas por los europeos —viruelarubeola y otras de tipo infeccioso— para las que carecían de defensas, y también como consecuencia de los malos tratos y del régimen de trabajo desconocido para ellos a los que los sometieron los colonos y los conquistadores llegados del otro lado del océano (a pesar de la prohibición expresa dictada por la Corona de que fueran esclavizados).