............ .Textos del padre Orlandis......Textos de Canals ..Textos de Canals en la revista Cristiandad de Barcelona.E.artículos de Cristiandad de Barcelona.....Textos.......INDEX

AMOR Y CONTEMPLACIÓN

Una tesis nuclear de la doctrina tomista de Ramón Orlandis

EUDALDO FORMENT

CRISTIANDAD, Barcelona. Año LV - Núms. 801-802 Marzo-Abril 1998. Págs. 6-9

1. El intelectualismo egocéntrico

El magisterio filosófico oral y escrito de Ramón Orlandis ha sido de gran fecundidad. Entre los discípulos que formó se encontraban Jaime Bofill y Francisco Canals, con quienes se empezó a conocer la denominada «Escuela Tomista de Barcelona». Uno de los temas nucleares de su síntesis filosófica y teológica, que ha sido desarrollada por sus continuadores, es el del amor personal. El amor tiene tanta importancia en toda la vida del hombre, que incluso se encuentra en su último fin.

En su estudio El último fin del hombre en Santo Tomás, se pone de relieve la pertenencia del amor de amistad como elemento esencial de toda contemplación. Lo que supone un verdadero redescubrimiento, ya que se había olvidado en la comprensión de la doctrina del fin último del Aquinate. Antes de determinar la esencia del último fin del hombre, comienza Orlandis presentando el siguiente problema. Para Santo Tomás: «El fin último a donde ha de tender toda la vida humana no es otro sino alcanzar la posesión de Dios por el conocimiento y la contemplación». La orientación a tal fin tendrá que ser, por tanto, la norma valorativa de los actos humanos. Sin embargo, añade nuestro autor:

«La norma de juicio que de continuo aplica el Santo Doctor no suele ser la conducencia o no conducencia al conocimiento de Dios, sino la conformidad o disconformidad con el amor de caridad».

l. RAMÓN ORLANDIS, «El último fin del hombre en Santo Tomás», en Manresa (Madrid) 14 (1942), pp. 7-25; 15 (1942), pp. 107-117; Y 19 (1943), pp. 34-53.

2. Ibid., 1, op. cit., p. 8

Además, al sostener el Aquinate, en la Suma Teológica, que: «el fin último del hombre no puede consistir en la actuación de la voluntad, sino en la de la inteligencia», parece mantener una posición intelectualista.

3. SANTO TOMÁS, Summa Theologiae, I-II, q. 3, a. 4, in c.

Explica Orlandis que lo sería todo «sistema de moral tal que pusiera el bien supremo del hombre, su bienaventuranza esencial, en la adquisición y posesión intelectual de la verdad, a un sistema moral que apenas tuviera en cuenta sino las tendencias y aspiraciones intelectuales del hombre. Sistema sería éste evidentemente egocéntrico, que haría aspirar al hombre como a su suprema perfección y felicidad, a la adquisición, a la posesión y al goce consiguiente de un tesoro máximo de verdad».

4. RAMÓN ORLANDIS, «El último fin del hombre en Santo Tomás», op. cit., 1, p. 9

Indica también que:

«La ética del Estagirita [es] en este punto egocéntrica y pagana».

5. Ibid., 1, p. 10.

La situación no cambiaría si se identificara el fin último con Dios. Continuaría siendo un sistema «egocéntrico y glacial», ya que:

«Miraría a Dios solamente como bien del hombre, como mero objeto de su satisfacción intelectual. No dejaría por tanto de ser egocéntrico. Por lo que a Dios se refiere, no tendría en cuenta el mérito y el derecho de la divina bondad a ser amada en sí misma con amor de benevolencia. Ypor lo que toca al hombre no tendría en cuenta la tendencia, innata en su corazón, a no encerrarse en sí, sino a salir de sí por la entrega misteriosa del amor, ni la persuasión universal en todo hombre normal de que la perfección y la nobleza del hombre exigen este salir de sí mismo».

6. Ibid., 1, p. 11.

2. El amor a la verdad

Orlandis resuelve este problema acudiendo a otra cuestión de la Suma Teológica, dedicada a la imagen de Dios en el hombre.

7. SANTO TOMÁS, Summa Theologiae, 1, q. 93

A diferencia del tratado anterior del fin último, en el que se plantea el problema indicado, se establece que el ser humano:

«Llega sustancialmente a la perfección en la semejanza de imagen con Dios, Uno y Trino, por el conocimiento sobrenatural y el amor sobrenatural del mismo Dios».

Por ello, concluye:

«En este conocimiento y amor sobrenatural pone Santo Tomás el fin último del hombre; en el imperfecto, el fin del hombre en este mundo, en el perfecto y definitivo, el de la vida eterna».

8. RAMÓN ORLANDIS, «El último fin del hombre en Santo Tomás», op. cit., 1, p. 25.

En este pasaje de la Suma:

«Santo Tomás pone en la contemplación la esencia de la felicidad propia de la vida temporal, no menos que la de la perfecta».

9. Ibid., n, p. 117.

Y, en ambas, el último fin es el mismo: la contemplación de la verdad divina, el conocimiento y el amor de Dios, aunque en distinto grado.

Advierte Orlandis que este amor no puede ser el mismo que el anterior, que implicaba el deleite, que seguía al conocimiento. El amor que conlleva el conocimiento:

«No es el de caridad, no es sino un afecto egocéntrico, un amor de la perfección propia y de sus complementos, un amor que ansiaba la adquisición de la verdad y que, una vez adquirida, descansa en ella, como en su propiedad y riqueza».

10. Ibid., I1I, p. 53.

Debe tenerse en cuenta que:

«Esencialmente egocéntrica es la tendencia del entendimiento; ya que éste esencialmente tiende a asimilarse lo inteligible, traérselo a sí, a enriquecerse con la posesión de la verdad conocida y asimilada».

11. Ibid., I1I, p. 36.

La persona es un ser singular, que es una parte de la realidad creada. Por ser parte del todo, es deficiente, es una «perfección imperfecta». Vive entre otros seres singulares y tiene necesidad de comunicarse con ellos para compensar esta limitación, para perfeccionarse, y lo hace con su entendimiento. Con la universalidad e infinitud de su conocimiento intelectual, supera y trasciende su misma singularidad. La perfección de su entendimiento le es útil al hombre para reparar su deficiencia en cuanto parte del todo, porque, como dice el Aquinate, gracias a él:

«La perfección, que es propia de una cosa, se encuentra en otra (...) por esto, dice Aristóteles, en III De Anima que "el alma es en cierto modo todo", porque está hecha para conocerlo todo. Y según este modo, es posible que en una cosa exista toda la perfección del universo. De donde ésta es la última perfección a que podría llegar el alma, según los filósofos, que en ella se describiese todo el orden del universo y sus causas, en lo que pusieron el fin último del hombre».

12. SANTO TOMÁS, De veritate., q. 2, a. 2, in c

Aún reconociendo, por este motivo, que la inteligencia es la facultad más noble del hombre también hay que admitir que el intelecto no es todo el hombre. El hombre posee otra gran facultad espiritual, la voluntad, y es lógico pensar que intervendrá también en la consecución del último fin, al logro de la felicidad.

Además, la concepción de la contemplación como puramente intelectual sería también antihumana, porque ignoraría tendencias muy profundas.

«¿Quién habrá que pueda sentirse en el colmo de la felicidad sólo por conocer la verdad, sin tener satisfecha la necesidad de amar y ser amado? ¿No es por ventura la bienaventuranza, según el pensamiento del Santo Doctor, la perfección consumada, el colmo o ápice de la perfección? Por consiguiente, lo que es esencial en la perfección no puede ser menos de ser esencial en la bienaventuranza».

13. RAMÓN ORLANDlS, «El último fin del hombre en Santo Tomás», op. cit., III, p. 36.

3. El amor de amistad

Todo este problema -indica Orlandis-, que afecta a la filosofía y a la teología, queda solucionado, si se advierte que en Santo Tomás:

«La contemplación beatificante, como tal, mira y considera a Dios no tan sólo como Verdad suprema, como bien supremo de la inteligencia, sino también como en sí mismo y por sí mismo amable, como en sí mismo y por sí mismo bueno, como en sí mismo y por sí mismo dignísimo acreedor al amor de benevolencia; y esto de tal manera que si no lo mirara y considerara así ya no sería la contemplación beatificante».

Si, por el contrario, la contemplación beatificante mirara a Dios:

«Solamente como suprema Verdad, como bien de la inteligencia»,

entonces:

«La contemplación beatificante como tal sería puramente especulativa y no tendría virtualidad para mover al amor de benevolencia, y, por tanto, menos al de caridad».

14. Ibid., I1I, p. 43.

La función de la voluntad en la contemplación podría ser la de amar el bien de la inteligencia. La posesión de la verdad proporcionaría un verdadero goce. Ciertamente se da este gaudium de veritate, pero no es este el único papel de la voluntad.

La compensación a la «perfección imperfecta», que es el hombre, y que explica su aspiración unitiva y posesiva hacia lo demás se consigue con la inteligencia y la voluntad en un proceso continuo. Su primera fase comenzará con la intervención de la inteligencia captando la esencia abstracta y universal del objeto. Después la misma facultad intelectiva juzgará sobre su bondad, su participación en el ser. Seguidamente intervendrá la voluntad que lo querrá si es bueno o lo rechazará, si es malo. Por último, otras facultades me permitirán conseguir la unión real, fin y efecto del amor de posesión y de amistad. Tal unión efectiva se conseguirá con instrumentos o facultades sensibles si lo amado es material. En cambio, si es espiritual, sólo se dejará poseer por el entendimiento. En esta posesión intelectual consiste la contemplación.

Este conocimiento intelectual beatificante, sin embargo, no es idéntico al mero conocimiento intelectual, que tiene por objeto lo abstracto y universal y que no tienen en cuenta lo singular en que se realiza.

La contemplación, en cambio, tiene por objeto lo concreto e individual y, que, además no sólo es real, sino que está presente en su propio ser. La contemplación tiene además una quinta característica esencial: el amor a la persona contemplada. Amar es querer el bien para alguien.

El amor de posesión y el amor de benevolencia son las dos especies del amor. El amor de posesión, que se tiene a los seres irracionales, y que por aberración puede tenerse a las personas, no es desinteresado, porque en el fondo es amor de sí. Aunque hay un objeto amado, el amor no se detiene en él, sino que vuelve al sujeto del que parte. En cambio, el amor de benevolencia, que merecen las personas, no es interesado, porque sólo se busca el bien de lo amado, que aparece como un fin del mismo sujeto, aunque va acompañado de amor posesivo, por buscar la unión. Cuando el amor de benevolencia es bilateral se convierte en amor de amistad. El amor de amistad es esencialmente amor mutuo. En la amistad siempre se precisa la correspondencia, aunque el grado de amor entre ambas personas no sea exactamente el mismo y exista una cierta desnivelación. La reciprocidad es una exigencia de la comunicación plena a que aspira todo amor. El amor no es únicamente una aspiración a ser comprendido, apreciado, acogido y, por tanto, a ser amado, sino también necesariamente a dar a impartir amor. El amor en su plenitud es donación.

Además de las propiedades de benevolencia y reciprocidad, la amistad debe poseer una tercera cualidad esencial: la unión afectuosa. El amigo, en la verdadera amistad, es «sentido» como «otro yo», está unido afectivamente con él. Sentimentalmente la persona se transforma en el amigo, aunque real y efectivamente continúa conservando su propio ser.

En la amistad, se da otra unión, la real o efectiva, que es un efecto de la amistad. Se trata de una unión que es una comunicación o comunión de vida, una convivencia. La vida que se comunica en la amistad es la vida personal, la propiamente humana. Por ello, en la donación recíproca amistosa los amigos se intercambian sus pensamientos, voluntades y afectos, que pertenecen a la propia intimidad personal y son sus mejores bienes propios.

No es posible, por ello, tener amor de amistad, en sentido estricto, con los seres irracionales, tanto los inertes como los vivientes, plantas y animales, porque con ellos no se puede entablar ninguna comunicación en la vida humana, la cual es según la razón. Solo la persona puede despertar un amor pleno, el amor de donación recíproca, que se constituye por una unión afectuosa y origina una comunicación de vida personal.

4. Amor y unión real intelectual

Esta última característica no está en la contemplación estética, que puede tenerse hacia lo infrapersonal, porque no hay amor de donación, ni, por ello, comunicación personal. Provoca la admiración pero no la felicidad plena. Hay un amor hacia el acto de «ver» pero no hacia el mismo objeto.

La contemplación amorosa, aunque sea intelectual, no tiene la función del mero entendimiento, no pretende enriquecer al sujeto proporcionándole la esencia abstracta y universal de los objetos, sino que los hace presentes a la voluntad en su mismo ser individual, gracias a la voluntad, a su acto de amor espiritual, que consigue la unión afectiva y la efectiva con el entendimiento.

La relación de amistad personal, la que merecen las personas, es la más perfecta de todas, precisamente por finalizar en la actividad contemplativa, una actividad intelectual causada por el amor, por la voluntad afectiva, y que tiene por objeto la persona, lo más individual, y que, por ser espiritual, no es impenetrable a la inteligencia, como los seres singulares materiales. La persona, cuando es contemplada por el amor que se le profesa y a la vez es contemplada como amante, se hace presente en su misma realidad e individualidad al sujeto, está unida verdaderamente con ella, ambos están compenetrados en una unión real en el entendimiento, que proporciona un conocimiento que nace del amor y que lo alimenta.

Con la contemplación se realiza la forma más perfecta de presencia, la «intimidad» o «comunión» con el amigo, la participación con él de una misma vida interior, el convertirse en «una sola cosa». No es el resultado de una especie de curiosidad intelectual, que violaría el misterio de la persona y que no provoca el amor sino un encerrarse defensivamente. Es fruto de la confianza del amado, que provoca su confidencia, el diálogo.

Esta doctrina de la contemplación amistosa y de su primacía es fundamental en el pensamiento de Santo Tomás. La idea de perfección humana o de promoción de su misma humanidad se basa en esta primacía sobre todas las acciones, que tiene que realizar el hombre como ser también corporal. El valor de toda acción lo es siempre en cuanto subordinada a la contemplación. Toda acción es siempre relativa a la contemplación amorosa personal, porque la prepara o es su consecuencia.

5. La contemplación del amor de Dios

En los pasajes citados de Santo Tomás, no hay doctrinas distintas. Aquellos en que dit:e que con la total satisfacción de la necesidad de la verdad, el hombre ya logra la felicidad, no ofrecen dificultad, si se tiene en cuenta:

«Cuál es el objeto de la contemplación beatificante: la esencia misma de la primera causa, es decir, Dios mismo visto como primera causa».

Aunque tal visión parezca unicamente intelectual, no lo es, como revela la misma naturaleza de su objeto. En primer lugar, porque:

«Dios no es primera causa solamente por su omnipotencia, lo es por su infinita perfección y ejemplaridad, lo es por su arte divino, lo es por su hondad infinita, y por su amor comunicativo: luego, conocer perfectamente la esencia de la primera causa es conocer su infinita perfección e inmutabilidad, es conocerlo como arquetipo y ejemplar de lo creado y de lo creable, es conocerlo como causa final de todo lo producible y como centro a donde han de converger todos los seres con todas sus tendencias, aspiraciones y actividades».

15. Ibid., 111, p. 45.

En segundo lugar, porque: «La contemplación beatificante, según Santo Tomás, es Dios, no solamente en cuanto es verdad o belleza o bondad absoluta, sino también en cuanto se nos revela ofreciéndonos su divina amistad y pidiéndonos la nuestra». El amor que da Dios y que pide correspondencia es

«el amor de amistad (oo.) es el amor mutuo de benevolencia entre dos personas, fundado en la posesión o aprecio común de un mismo bien (...) y completado y fomentado por la convivencia y el trato».

16. Ibid., 111, pp. 48-49.

Explica Orlandis que, por una parte, la contemplación requiere esencialmente la caridad o el amor de amistad entre Dios y el hombre. El fundamento de este amor es

«la comunicación que Dios hace o promete hacer al hombre de su propia bienaventuranza divina, para que el hombre, en cuanto es posible, sea copartícipe de ella, para que el hombre la posea junto con Dios; y al entregarle o prometerle su bienaventuranza le entrega o le promete toda su perfección infinita, su verdad, su belleza, su bondad amabilísima, su amor infinito».

Por otra, que:

«en esta vida temporal por la revelación y la fe, Dios notifica al hombre esta su promesa; y al notificárselo le promete al mismo tiempo los medios para que pueda alcanzar lo prometido y ser acreedor de ello».

No obstante, no es todavía suficiente:

«para que se dé amistad entre Dios y el hombre, no faltará sino que el hombre responda con amor al amor de Dios».

Este mismo amor de Dios se manifiesta en que:

«como el hombre con sus fuerzas naturales no puede corresponder al amor de Dios, Dios mismo le hace capaz de él por la infusión del Espíritu Santo que es el amor del Padre y del Hijo, cuya participación en nosotros es la misma caridad creada».

Precisa Orlandis que:

«De este amor nace la vida espiritual, la convivencia, el trato familiar con Dios y con los ángeles, imperfecto en este mundo, perfecto en el cielo».

17. Ibid., III, p. 51.

Para Santo Tomás, concluye nuestro autor:

«El objeto de la contemplación beatificante es el amor de caridad de Dios al hombre».

18. 1bid., III, p. 52.

Explica Orlandis que:

«Si el amor de caridad del hombre, según lo dicho, es amor de correspondencia al amor de Dios, el amor de caridad tiene por motivo no tan sólo la bondad de Dios en sí misma considerada, sino el amor mismo de Dios, por el cual nos promete y nos entrega su propia bienaventuranza perfecta».

19. 1bid., III, pp. 51-52.

Esta profundización de Ramón Orlandis en la naturaleza de la contemplación muestra, en definitiva, que ésta no lleva nunca al egocentrismo, sino que mueve al amor de amistad hacia Dios, a satisfacer el deseo natural de amar a Dios más que a sí mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4. RAMÓN ORLANDIS, «El último fin del hombre en Santo Tomás», op. cit., 1, p. 9