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Blas de Lezo y la batalla de Cartagena de Indias de 1741
Fuente: Wikipedia con retoques y ampliaciones
El Rule, Britannia
Fuente, Wikipedia.
Rule, Britannia! es una canción patriótica británica, originaria del poema de James Thomson y musicalizada por Thomas Arne en 1740, se creó para la ópera Alfred, con motivo de la que se creía segura victoria inglesa en el ataque a la ciudad hispana de Cartagena de Indias y que acabó en victoria para la Armada española. Su fama creció con la expansión marítima del Reino de Gran Bretaña y posteriormente del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y ha perdurado hasta hoy. Suele cantarse en el concierto «Last Night of the Proms», televisado cada verano por la BBC. También acostumbra a cantarse en eventos públicos como botaduras de buques de la Royal Navy o en los partidos de la selección inglesa de fútbol, donde a menudo resuenan sus versos más populares, «Rule, Britannia! Britannia, rule the waves. / Britons never, never, never shall be slaves» («¡Gobierna, Britania! Britania gobierna las olas. / Los británicos nunca, nunca, nunca seremos esclavos»). Otros dicen que se creó cuando el vicealmirante Vernon tomó Portobelo (Panamá), precediendo a su intento de tomar Cartagena de Indias (Colombia). Quedó el famoso himno jingoísta, creado en el preludio, o tal vez precediendo, a lo que se esperaba que fuera una gran victoria y que la realidad es que fue una gran derrota.
| Letra original | Traducción |
|
When Britain first,
at Heaven's command |
Cuando Gran Bretaña,
por mandato del cielo, |
Blas de Lezo y Olavarrieta[1] (Pasajes, Guipúzcoa, España; 3 de febrero de 1689-Cartagena de Indias, Nueva Granada, Imperio Español; 7 de septiembre de 1741) fue un oficial de marina español. Su carrera cubrió la guerra de sucesión española, los conflictos hispano-otomanos y la guerra del Asiento.
Conocido por la singular estampa que le dieron sus numerosas heridas de guerra (tuerto, manco —un brazo inmovilizado— y cojo —una pierna amputada—), es considerado uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada española. Destacó por dirigir, junto con el virrey Sebastián de Eslava, la exitosa defensa de Cartagena de Indias durante el asedio británico de 1741. Fue así mismo cofundador de la Compañía de Armadores en Corso de Cartagena de Indias, promotora del prolífico sistema de corsarios españoles conocidos como guardacostas.
Como homenaje póstumo por sus servicios, se otorgó a sus descendientes el marquesado de Ovieco, título nobiliario que aún existe en la actualidad.
Orígenes y principios de su carrera como marino
Blas de Lezo y Olavarrieta nació en el distrito de Pasajes de San Pedro (Guipúzcoa) —por entonces aún parte de San Sebastián— a principios de febrero de 1689 y fue bautizado en la iglesia de San Pedro de la misma localidad el día seis del mismo mes. Hijo de Pedro Francisco de Lezo y Agustina Olavarrieta, pertenecía a una familia con ilustres marinos entre sus antepasados, en un pueblo dedicado, prácticamente en exclusiva, a la mar. Era el tercer hijo del matrimonio, que tuvo ocho, de los que no todos sobrevivieron a la infancia. Sus padres pertenecían a la pequeña nobleza local, acomodada, y Lezo contaba con algunos antepasados importantes: su tatarabuelo había sido regidor de la villa a comienzos de siglo, otro familiar antepasado había sido obispo de Perú el siglo anterior y su abuelo había sido capitán y dueño de un galeón. El mayorazgo le privaba prácticamente de heredar bienes, así que optó por emprender la carrera militar como marino.
Se educó en el Colegio de Francia, una institución educativa para niños de la baja nobleza de la zona, donde recibió la instrucción básica. En aquel entonces, la armada francesa era aliada de España en la guerra de Sucesión, que acaba de estallar al morir Carlos II sin descendencia. Dado que Luis XIV deseaba el mayor intercambio posible de oficiales entre los ejércitos y escuadras de España y Francia, Lezo se embarcó, a sus doce años, en 1702, en la escuadra francesa —que, en la práctica, había absorbido a la española, en estado calamitoso—, enrolándose como guardiamarina al servicio del conde de Toulouse, Luis Alejandro de Borbón, hijo de Luis XIV.
La guerra enfrentaba a Felipe de Anjou, apoyado por Francia y nombrado heredero por el difunto rey español, con el archiduque Carlos de Austria, apoyado por Inglaterra, ya que esta última temía el poderío que alcanzarían los Borbones en el continente en caso de unirse las dos coronas, española y francesa. Para recuperar Gibraltar —tomado por las fuerzas anglo-holandesas— y desbloquear el acceso al Mediterráneo, franceses y españoles aprestaron una gran armada. La escuadra francesa había zarpado de Tolón y en Málaga se habían unido a ella algunas galeras españolas mandadas por el conde de Fuencalada. Frente a Vélez-Málaga se produjo el 24 de agosto de 1704 la batalla naval más importante del conflicto. En dicho combate se enfrentaron 96 naves de guerra franco-españolas (51 navíos de línea, seis fragatas, ocho brulotes y doce galeras, que sumaban un total de 3577 cañones y 24 277 hombres) y la flota anglo-neerlandesa, mandada por el almirante Rooke y compuesta por 53 navíos de línea, seis fragatas, pataches y brulotes con un total de 3614 cañones y 22 543 hombres, dando como resultado al final de la contienda 1500 y 2719 bajas, respectivamente.
Blas de Lezo participó en aquella batalla batiéndose de manera ejemplar, hasta que, poco después de comenzar el combate, una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, teniéndosela que amputar, sin anestesia, por debajo de la rodilla. Después de la operación tomó como ejemplo al famoso almirante holandés Cornelius Jol (conocido como “Pie de palo” debido a su prótesis de madera), un marinero que, a pesar de su aparente discapacidad, emprendió grandes hazañas y alcanzó gran renombre. Debido al valor demostrado tanto en aquel trance como en el propio combate, Blas de Lezo fue ascendido en 1704 a alférez de bajel de alto bordo por Luis XIV, al que el comandante francés había notificado la bizarría de Lezo. Felipe V le otorgó también una merced de hábito, que conllevaba una serie de privilegios similares a los de la baja aristocracia.
Se le ofreció ser asistente de cámara de la Corte de Felipe V. Rechazó este cargo y, una vez recuperado de la pérdida de la pierna, siguió su servicio a bordo de diferentes buques, tomando parte en las operaciones que tuvieron lugar para socorrer las plazas de Peñíscola y Palermo, en el ataque al navío inglés Resolution de setenta cañones en la costa genovesa, que terminó con la quema de este, así como en el apresamiento posterior de dos navíos enemigos en el Mediterráneo occidental, que fueron conducidos a Pasajes y Bayona, todo ello en 1705. El mando de las presas se otorgaba como premio a los oficiales que se habían distinguido en el servicio, como debió de hacer Lezo en los combates de ese año.
Pero es requerido enseguida por sus superiores y en 1706 se le ordenó abastecer a los sitiadores de Barcelona al mando de una pequeña flotilla, parte de la armada que con este fin mandaba un almirante francés. Realizó brillantemente su cometido, escapando una y otra vez de las naves enemigas y facilitando el aprovisionamiento del ejército del mariscal de Tessé. Para ello deja flotando y ardiendo paja húmeda con el fin de crear una densa nube de humo que ocultase los navíos españoles, pero además carga «sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados, prenden fuego a los buques británicos». Los británicos se ven impotentes ante esta táctica.
Posteriormente se le destinó a la fortaleza de Santa Catalina de Tolón, donde participó en la defensa de la base naval francesa contra la acometida de la flota del príncipe Eugenio de Saboya. En esta acción y tras el impacto de un cañonazo en la fortificación, una esquirla le reventó el ojo izquierdo.
Tras una breve convalecencia fue destinado al puerto de Rochefort, en la costa atlántica francesa, donde le ascendieron a teniente de guardacostas en 1707. Tres años más tarde le ascendieron nuevamente a capitán de fragata. Se afirma, aunque no hay documentación que respalde esta aseveración, que durante su destino en Rochefort hostigaba el tráfico marítimo británico capturando algunos barcos. Por estas fechas se supone que se libró el combate con el Stanhope mandado por John Combs. Se mantuvo un cañoneo mutuo hasta que las maniobras de Lezo dejaron al barco enemigo a distancia de abordaje, momento en el que ordenó lanzaran los garfios para llevarlo a cabo.
En 1712, separadas nuevamente las Armadas francesa y española, pasó a servir a las órdenes de Andrés de Pes. Aunque se desconoce en qué acciones tomó parte, se sabe que lo hizo con distinción por los informes favorables de Pes, que le permitieron a Lezo ascender a capitán de navío algunos meses después de abandonar el servicio de este.
Posteriormente participó en el asedio de Barcelona al mando del Campanella, buque de setenta cañones de origen genovés, con el que estorbó el abastecimiento de la ciudad y la bombardeó. Durante el bloqueo y muy probablemente en una de las varias operaciones navales que acaecieron durante ese periodo, recibió un balazo en el antebrazo derecho, que quedó sin movilidad hasta el fin de sus días. De esta manera, con tan solo veintiséis años, el joven Blas de Lezo era ya tuerto, manco y cojo. Pocos días después, intervino al mando del Nuestra Señora de Begoña en la fallida escolta de la segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio, a España; la reina, después de unas horas en el mar, decidió abandonar la flota y viajar por tierra.
A continuación, el navío de Lezo formó parte de la flota enviada a conquistar Mallorca, aún leal al pretendiente austriaco al trono, que se rindió sin resistencia al arribar a Alcudia la flota con veinticinco mil soldados el 15 de junio de 1715.
El Caribe y el Pacífico
Terminada la guerra de Sucesión, se le confió el buque Peibo del Primer Lanfranco, barco en calamitoso estado. Un año después, en 1716, partió hacia La Habana con la Flota de Galeones, con la misión habitual de escoltar a los barcos mercantes que viajaban a América y la especial de limpiar de naves corsarias las aguas de la región, que habían realizado algunas presas el año anterior. Cumplida la misión, Lezo regresó a Cádiz, donde en 1720 obtuvo el mando de un nuevo Lanfranco, de sesenta y dos cañones y también genovés, como su homónimo, conocido asimismo como León Franco y Nuestra Señora del Pilar.
EnCon este nuevo navío se integró en una escuadra hispano-francesa al mando de Jean Nicolas Martinet —francés al servicio de la Corona española— y Bartolomé de Urdinzu —segundo de Martinet y capitán del único buque real que se unió a los que aportaban los corsarios franceses—, que partió en diciembre de 1716 a América con el cometido de limpiar de corsarios y piratas los llamados mares del Sur, o lo que es lo mismo, las costas del Perú. La escuadra estaba compuesta por parte española por cuatro buques de guerra y una fragata y, por parte francesa, por dos navíos de línea. Tras diversos retrasos, el grueso de la flota arribó a El Callao el 27 de septiembre de 1717. Urdinzu y Lezo, sin embargo, tuvieron problemas para doblar el Cabo de Hornos y se retrasaron, alcanzando finalmente El Callao en enero de 1720, cuando las autoridades del Perú ya habían devuelto a Europa a los franceses por las tensiones entre las dos partes.
Las primeras operaciones de los marinos españoles encargados de la reforma de la flota virreinal fueron contra los dos barcos, el Success (70) y el Speed Well (70) del corsario inglés John Clipperton, que logró evitar a la flota virreinal durante algún tiempo, pero tuvo que abandonar finalmente la zona. La flota pasó entonces a desempeñar labores de vigilancia y patrulla en la región, que acabaron por minar la salud de Urbizu. La mayor parte de las labores de patrulla, dada la mala salud de este, recayeron en Lezo.
Agotado Urdinzu, lo sustituyó Lezo el 16 de febrero de 1723 con el título de general de la Armada de Su Católica Majestad y jefe de la Escuadra del Mar del Sur, por entonces de escaso tamaño. Además del Lanfranco de Lezo, la formaban los navíos Conquistador y Triunfador y la fragata Peregrina.
En mayo de 1725, se casó con una limeña de la alta sociedad, Josefa Pacheco de Bustos y Solís, veinte años más joven; la boda la presidió el arzobispo de Lima, fray Diego Morcillo y Rubio de Auñón, que hasta el año anterior había sido virrey del Perú y había establecido buenas relaciones con Lezo.
Para reforzar la flota que mandaba, hizo reparar los navíos de línea con que contaba, desguazó y vendió la Peregrina, de cara recuperación y mal adaptada a las aguas de la región e hizo construir otros dos navíos. A principios de 1725 zarpó para combatir el corso y el contrabando de acuerdo a los bandos promulgados el año anterior por el nuevo virrey. Tras algunas semanas de patrulla, Lezo se topó con una escuadra neerlandesa de cinco barcos, que aventajaban a la suya en artillería. Durante la batalla, tras una denodada lucha logró derribar el palo mayor de la capitana y apresarla, y puso en fuga al resto de buques. Más tarde, atacó y se apoderó de una flota inglesa de seis barcos de guerra, de los que se quedó tres para la escuadra virreinal.
Estos éxitos y el crecimiento de la flota disuadieron a los enemigos y, paradójicamente, llevaron al enfrentamiento entre el virrey, marqués de Castelfuerte, que deseaba reducir la flota para ahorrar gastos una vez que la situación parecía controlada, y Lezo, que se oponía a ello. La relación entre ellos también había empeorado por el nombramiento nepotista del sobrino del virrey para el cargo de tesorero de los ingresos por el comercio marítimo, que contravenía las disposiciones y del que Lezo se quejó. Mal avenido con el virrey, que trató de desacreditarle mediante una inspección —juicio de residencia— de su labor que no encontró falta en el desempeño del marino, disgustado por el desmantelamiento de la flota —el virrey prefirió armar corsarios que invertir en reforzar la flota— y con mala salud por la larga estancia en la región y las insalubres travesías, en septiembre de 1727 escribió al secretario de Marina, José Patiño, para quejarse y solicitar su retiro. Patiño aceptó que dejase el mando de la escuadra del Perú y le llamó a España, pero no permitió que abandonase la Armada, consciente de su valía. El 13 de febrero de 1728, le relevó como jefe de la flota virreinal y le ordenó regresar a la península ibérica, pero Lezo, enfermo, no pudo hacerlo hasta el año siguiente; el 18 de agosto de 1730 arribó con su familia a Cádiz.[ Tras librarse de una epidemia de vómito negro que aquejaba a la ciudad gracias a haberse inmunizado en América, acudió a Sevilla a visitar al rey, que ya mostraba signos de desequilibrio mental; la audiencia real tuvo lugar a finales de septiembre o principios de octubre.
Matrimonio y descendencia
El 5 de mayo de 1725, contrajo matrimonio en Lima con la dama criolla Josefa Pacheco de Bustos, natural de Locumba (actual Tacna) e hija de los también criollos José Carlos Pacheco y Benavides, y María Nicolasa de Bustos y Palacios. El matrimonio tuvo siete hijos: Blas Fernando, nacido en Lima y primer marqués de Ovieco (1726); Josefa Atanasia, nacida también en Lima (1728); Cayetano Tomás; Pedro Antonio; Agustina Antonia; Eduvigis Antonia, que profesó como su hermana mayor como agustina recoleta; e Ignacia, que casó con el marqués de Tabalosos. Los cinco hijos menores nacieron en la península ibérica y, de ellos, las dos hermanas menores, en El Puerto de Santa María.
En el Mediterráneo
Jefe de la Escuadra del Mediterráneo
Estuvo un año inactivo en Cádiz, hasta que el 3 de noviembre de 1731 se le nombró jefe de la escuadra naval del Mediterráneo. Esta contaba con tres navíos de línea, entre ellos el Real Familia, de sesenta cañones y almiranta de Lezo. La escuadra tenía un papel fundamental en las ambiciones políticas del rey, que deseaba recuperar los territorios perdidos en la península itálica en los tratados de paz de la guerra de Sucesión. En reconocimiento de sus servicios al rey, este le concedió en 1731 como estandarte para su capitana la bandera morada con el escudo de armas de Felipe V, la Orden del Espíritu Santo —máxima condecoración francesa— y la Orden del Toisón de Oro —la más alta condecoración española— alrededor y cuatro anclas en sus extremos.
Primeras misiones en Italia
Su primera misión fue participar en diciembre de ese año en la escolta del infante Carlos, que pasaba a Italia a adueñarse de los ducados de Parma, Toscana y Plasencia. Lezo mandaba una escuadra de veinticinco navíos, parte de una flota mayor en la que participaban los ingleses.
Al demorarse los genoveses en devolver los dos millones de pesos pertenecientes a la Hacienda española que se hallaban depositados en el Banco de San Jorge, Patiño ordenó a Lezo partir a la capital de la república para reclamarlos. Lezo ancló en aquel puerto con seis navíos y exigió un inaudito homenaje a la bandera real de España y la devolución inmediata del dinero. Los cañones de los seis buques apuntaban al palacio Doria, como amenaza al Senado de la ciudad. Mostrando el reloj de las guardias a los comisionados de la ciudad, que buscaban el modo de eludir la cuestión del pago, fijó un plazo, transcurrido el cual la escuadra rompería el fuego contra la ciudad. De los dos millones de pesos recibidos, medio millón fue entregado al infante don Carlos y el resto fue remitido a Alicante para sufragar los gastos de la expedición que se alistaba para la conquista de Orán.
Expedición a Orán
En junio de 1732, volvió de Cádiz a Alicante para sumarse a esta expedición. El objetivo de esta era recuperar la plaza, que había estado en manos españolas desde 1509 hasta 1709, cuando se había perdido durante la guerra de sucesión. Retomarla era una cuestión de prestigio para la Corona y un modo de demostrar el renovado poderío militar y naval español con la nueva dinastía. Lezo quedó como lugarteniente del almirante de la flota de la expedición, Francisco Cornejo, mientras que José Carrillo de Albornoz, conde de Montemar, mandaba las tropas de tierra. Lezo participó en la operación a bordo del Santiago, parte de la flota de doce navíos de guerra, dos fragatas, dos bombardas, siete galeras, dieciocho galeotas, doce barcos varios y más de quinientos transportes que componían la escuadra de la expedición.
El asedio de Orán comenzó el 29 de junio con el desembarco de los veintiséis mil hombres de Montemar. Tras varios choques, se apoderaron de la plaza el 1 de julio. Sofocadas las últimas resistencias, que habían costado más bajas que la conquista de la ciudad, la expedición regresó a España el 1 de agosto, dejando una guarnición. El 2 de septiembre, Lezo estaba de vuelta en Cádiz.
Cuando la expedición marchó creyendo cumplida su meta, Bey Hassan, señor de Orán hasta la reconquista española, logró reunir tropas, aliarse con el bey de Argel y sitiarla. Bombardeó el castillo de Mazalquivir y aplastó una salida de los defensores, en la que perecieron más de mil quinientos soldados y murió además el gobernador español, Álvaro Navia Osorio y Vigil. Este aristócrata fue el autor de Reflexiones militares, libro de cabecera de Federico el Grande. Ante la desesperada situación de la plaza, el 13 de noviembre se ordenó a Lezo socorrerla. Este zarpó de inmediato con los barcos que estaban listos para realizar la travesía: dos navíos de línea, cinco menores y veinticinco transportes, que llevaban cinco mil soldados de refuerzo a la guarnición. A dos días de navegación alcanzó Orán, desbarató el acoso de las nueve galeras argelinas, que se retiraron al llegar la escuadra española, y abasteció a la guarnición.
Decidido a acabar con la amenaza que suponía la flota argelina, decidió perseguirla. En febrero de 1733 logró finalmente localizar la capitana de sesenta cañones, que se había refugiado en la bahía de Mostagán, defendida por dos castillos fortificados. Ello no arredró a Lezo, que entró en la bahía tras la nave argelina despreciando el fuego de los fuertes, consiguió poner en fuga una galeaza que había surgido inesperadamente para auxiliar a la galera, abordarla, incendiarla y, a continuación, destruir los castillos. Retornó entonces primero a Orán y luego a Barcelona, donde recogió a cuatro regimientos de infantería que trasladó a África. Después reanudó la patrulla de la zona, entre Tetuán y Túnez durante dos meses, hasta que una epidemia que se desató en la escuadra lo forzó a regresar a Cádiz.
Último periodo en Cádiz
Hasta 1737, mantuvo un continuo litigio con el virrey de Perú por el sueldo que se le adeudaba, que este se negaba hasta entonces a pagarle, aduciendo falta de fondos. Lezo, empero, no pasó apuros económicos, tanto por la fortuna de su mujer como por los ingresos que obtuvo de diversos negocios, entre ellos el comercio en plata, oro y esclavos, que había realizado mediante un representante durante su estancia en el Perú. Parte de las ganancias las invertía en rentables pagarés y deuda; a pesar de sus continuos combates con los ingleses, poseía una cuenta en un banco londinense.
El 6 de junio de 1734 ascendió a teniente general de la Armada y se le nombró comandante general del Departamento de Cádiz. Tras realizar una visita a Madrid, dos años más tarde, en 1736 se le destinó a El Puerto de Santa María como comandante general de los galeones, responsable de la seguridad del comercio transatlántico. Se dispuso a preparar la escuadra que escoltó a la última Armada de los Galeones de la carrera de Indias, la de 1737. Los preparativos se retrasaron tanto por las distintas dificultades —aprestar los buques de guerra, reclutar las tripulaciones, asegurar el matalotaje, etc.—, que Lezo suscitó el disgusto de Patiño, quien le intimó que los acelerara. Cuando la flota estuvo lista por fin en noviembre de 1736, tuvo que esperar a que los barcos mercantes cargasen las mercancías y no pudo partir hasta el 3 de febrero de 1737. El convoy, formado por ocho mercantes, dos navíos de registro y los dos navíos de escolta de Lezo, efectuó la travesía sin contratiempos y arribó a Cartagena de Indias. La familia de Lezo —por entonces, formada por su esposa y seis hijos, ya que uno había fallecido— permaneció en El Puerto de Santa María y no acompañó al marino a su nuevo destino en América.
De vuelta a América: Cartagena de Indias
Regresó en 1737 a América, al Nuevo Reino de Granada, con los navíos Fuerte y Conquistador como comandante general de Cartagena de Indias, plaza que tuvo que defender de un asedio (1741) al que la había sometido el almirante inglés Edward Vernon. En los primeros años en Cartagena de Indias, Lezo se encargó de labores de guardacostas, que debían desbaratar el creciente contrabando, lo cual acabó precipitando la nueva guerra con el Reino Unido. Con este mismo objetivo, creó junto con el gobernador de Cartagena una compañía de armadores de corso. El contrabando británico había crecido aprovechando las concesiones comerciales que el Reino Unido había obtenido en el Tratado de Utrecht: al comercio legal —quinientas toneladas ampliadas a mil en 1716— se unieron pronto los contrabandistas, que amenazaban el comercio español y trataban de no pagar los derechos (impuestos) a la Corona. A pesar de la renuencia del Gobierno británico a enfrentarse a España y favorecer así su acercamiento a Francia, las quejas de los comerciantes afectados por las actividades de los guardacostas y el debilitamiento del gabinete de Robert Walpole terminaron por aumentar la tensión entre los dos países y condujeron finalmente a la guerra.
La justificación de los británicos para iniciar un conflicto con España —la llamada guerra del Asiento— fue, entre otros muchos incidentes, el apresamiento de un barco mercante mandado por Robert Jenkins cerca de la costa de Florida en 1731.[Juan de León Fandiño apresó el barco y al parecer cortó la oreja de su capitán al tiempo que le decía: «Aquí está tu oreja: tómala y llévasela al rey de Inglaterra, para que sepa que aquí no se contrabandea». A la sazón, el tráfico de ultramar con la América española sufría los efectos del intenso contrabando a manos de holandeses y, fundamentalmente, británicos.
No hay ninguna evidencia de que Jenkins compareciera en el Parlamento británico. Iniciando las hostilidades en noviembre de 1739, el vicealmirante Edward Vernon atacó con seis buques la plaza de Portobelo en el istmo de Panamá. La plaza estaba defendida por tan solo setecientos hombres, por lo que el éxito de Vernon fue absoluto (este suceso da nombre a la calle Portobello Road, en Londres y además se compuso el famoso himno Rule, Britannia! conmemorando esa victoria). Mientras, las fuerzas del comodoro Anson, con el navío Septentrión y dos buques menores acosaban las colonias del Pacífico Sur, como maniobra de distracción, pero sin producir daños apreciables. Como fin último, Anson tenía la misión de apoyar desde la costa del Pacífico una futura operación militar en el istmo de Panamá que tendría como objetivo cortar las comunicaciones terrestres entre el Virreinato de Nueva Granada y el de Nueva España, para iniciar acto seguido la conquista británica de Nueva Granada.
Tras ese triunfo inicial, Vernon, envuelto en un clima de euforia, y azuzado por la opinión pública británica y por las incendiarias proclamas del joven parlamentario William Pitt, decidió dar un golpe decisivo, para lo que reunió una formidable flota de unos ciento ochenta y seis buques, con veintisiete mil seiscientos hombres, armada con dos mil cañones, que salió desde Port Royal (Jamaica) y fondeó a principios de marzo de 1741 junto a la costa de Cartagena de Indias, la ciudad más importante del Caribe, a la que llegaban todas las mercancías del comercio entre España y las Indias, incluyendo los tesoros extraídos de las minas de Potosí (actual Bolivia) y el Perú.
Cuando el virrey de la Nueva Granada, mariscal de campo Sebastián de Eslava, tuvo conocimiento de la venida en fuerza de Vernon para tratar de conquistar Cartagena, como la plaza se hallaba sin gobernador militar, decidió tomar personalmente el mando de la defensa por lo que el teniente general de la Armada, Blas de Lezo, jefe del apostadero y escuadra (seis navíos de línea) quedó como su inmediato subordinado.
En una carta fechada en Portobelo el 27 de noviembre de 1739, Vernon comenta a Lezo que ha dado un excelente trato a los prisioneros a pesar de que no lo merecían. Lezo le responde en carta fechada el 24 de diciembre del mismo año a bordo del Conquistador en un tono seco, arrogante y desafiante, y se despide de aquél no sin antes espetarle:
«Puedo asegurarle a Vuestra Excelencia, que si yo me hubiera hallado en Portobelo, se lo habría impedido, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, habría ido también a buscarlo a cualquier otra parte, persuadiéndome de que el ánimo que faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía.
Rechazado en La Guaira el 22 de octubre de 1739, de la que había pensado apoderarse sin encontrar resistencia, Vernon conquistó la plaza de Portobelo (Panamá) en noviembre de 1739 y desafió a Lezo por carta en estos términos:
Portobelo, 27 de noviembre de 1739.Señor: Esta se entrega a V. E. por Don Francisco de Abarca y en alguna manera V. E. puede extrañar que su fecha es de Portovelo. En justicia al portador, es preciso asegurar a V. E. que la defensa que se hizo aquí era por el Comandante y por los de debajo de su mando, no pareciendo en los demás ánimo para hacer cualquiera defensa. Espero que de la manera que he tratado a todos, V. E. quedará convencido de que la generosidad a los enemigos es una virtud nativa de un Ingles, la cual parece más evidente en esta ocasión, por haberlo practicado con los españoles, con quienes la nación inglesa tiene una inclinación natural, vivir bien que discurro es el interés mutuo de ambas Naciones. Habiendo yo mostrado en esta ocasión tantos favores, y urbanidades, además de lo capitulado, tengo entera confianza del amable carácter de V. E. (aunque depende de otro) los Factores de la Compañía de la Mar del Sur en Cartagena, estarán remitidos inmediatamente a la Jamaica, a lo cual V. E. bien sabe tienen derecho indubitable por tratados, aún seis meses después de la declaración de la guerra.
El Capitán Pelanco debe dar gracias a Dios de haber caído por Capitulación en nuestras manos, porque si no, su trato vil, e indigno, de los ingleses, habría tenido de otro un castigo correspondiente.[...]
El marino español le contestó:[103]
Cartagena, 27 Diciembre de 1739.Exmo. Sor. — Muy Sr mío: He recibido la de V. E. de 27 de Noviembre que me entregó Don Francisco de Abarca y antecedentemente la que condujo la Valandra que trajo a Don Juan de Armendáriz. Y en inteligencia del contenido de ambas diré, que bien instruido V. E. por los factores de Portovelo (como no lo ignoro) del estado en que se hallaba aquella Plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su esquadra, aprovechándose de la oportuna ocasión de su imposibilidad (de defenderse), para conseguir sus fines, los que si hubiera podido penetrar, y creer que las represalias y hostilidades que V. E. intentaba practicar en esos mares, en satisfacción de las que dicen habían ejecutado los españoles, hubieran llegado hasta insultar las plazas del Rey mi Amo, puedo asegurar a V. E. me hubiera hallado en Portovelo para impedírselo, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, aún para buscarle en otra cualquiera parte, persuadiéndome que el ánimo que le faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía.
La manera con que dice V. E. ha tratado a sus Enemigos, es muy propia de la generosidad de V. E. pero rara vez experimentada en lo general de la nación, y sin duda la que V. E. ahora ha practicado, sería imitando la que yo he ejecutado con los vasallos de S. M. B. en el tiempo que me hallo en estas costas (y antes de ahora,) y porque V. E. es sabido de ellas, no las refiero, porque en todos tiempos he sabido practicar las mismas generosidades, y humanidades con todos los desvalidos; y si V. E. lo dudare podrá preguntárselo al gobernador de esa isla quien enterará a V. E. (de todo lo que llevo expresado, y conocerá V. E. que lo que yo he ejecutado en beneficio de la nación inglesa excede a lo que V. E. por precisión y en virtud de Capitulaciones debía observar.[...]
A continuación y de acuerdo al plan trazado, que los españoles conocían por los informes de un espía que trabajaba en Jamaica, Vernon se dirigió en marzo de 1741 contra Cartagena. Antes había realizado dos ataques exploratorios, con escasas fuerzas, en marzo y mayo de 1740, que Lezo rechazó.
La flota británica sumaba dos mil cañones dispuestos en ciento ochenta y seis barcos, entre navíos de tres puentes (ocho), navíos de línea (veintiocho), fragatas (doce), bombardas (dos) y buques de transporte (ciento treinta), y en torno a treinta mil combatientes entre marinos (quince mil), soldados (nueve mil regulares y cuatro mil de las milicias norteamericanas) y esclavos negros macheteros de Jamaica (cuatro mil). Las defensas de Cartagena incluían tres mil hombres entre tropa regular (unos mil setecientos ochenta), milicianos (quinientos), seiscientos indios flecheros traídos del interior, más la cuantiosa marinería y tropa de desembarco de los seis navíos de guerra de los que disponía la ciudad (ciento cincuenta hombres): Galicia, que era la nave capitana, San Felipe, San Carlos, África, Dragón y Conquistador.
El militar español Francisco Javier Membrillo Becerra estima las fuerzas defensoras en 2250 soldados e infantes de marina y 900 milicianos, totalizando 3150 combatientes. En cambio, Cesáreo Fernández Duro calculaba que eran 1100 hombres de tropa regular de los batallones España y Aragón, 300 milicianos, dos compañías de negros y mulatos libres y 600 indios flecheros que servían como trabajadores.A estos se sumaban 600 marineros y 400 infantes de marina en los seis navíos de línea en el puerto, totalizando 4000 hombres según los reportes españoles de la época. Por su parte, el marino español Enrique Zafra Caramé estima a las fuerzas defensoras en 3200 soldados, marineros e indios flecheros.
Los navíos españoles presentes eran el Galicia (70 cañones y buque insignia), el Ãfrica (60), el San Felipe (60), San Carlos (66), Conquistador (66) y Dragón (60).
En su Diario, el propio Blas de Lezo mencionaba que los británicos tenían 12.000 a 14.000 «hombres de desembarco», es decir, tropas terrestres. Según este documento y una lista firmada por el mayor inglés Henry Balhunsy, la infantería de marina se organizaba en nueve regimientos y el ejército británico en otros dos. A estos se sumarían 800 hombres de la guarnición de Jamaica y 160 artilleros mencionados en otra lista y 3200 milicianos de Virginia y las Carolinas según cartas de las colonias francesas. De este modo, el profesor Jorge Cerdá Crespo estima que el número de tropas para el desembarco no era inferior a 14.000 y no superior a 16.000.
Por su parte, el escritor escocés Robert Beatson reduce las cifras: los regimientos del ejército sólo eran dos, el 15º y el 24º, unos 2000 soldados, y los de la infantería de marina seis, unos 6000 marines. Se les sumaban 1000 artilleros y destacamentos de otros regimientos, 2500 milicianos del regimiento Americano y 500 negros para alcanzar los 12.000 hombres dirigidos por el mayor general Charles Cathcart y los brigadieres Thomas Wentworth, John Guise y William Blakeney. Si se les suman las tripulaciones de los 29 navíos de línea (8 de 80 cañones, 5 de 70, 14 de 60 y 2 de 50), 22 fragatas, 7 brulotes, 2 bombardas y 2 barcos hospitales alcanzarían los 27.398 expedicionarios. Respecto de la tripulación de la flota, eran 15.398, sin incluir dos navíos que llegaron hasta Jamaica y no participaron en el asedio.
Zafra Caramé estima que en un convoy de 40 transportes al mando del contraalmirante Chaloner Ogle partieron desde Spithead 6.930 infantes de marina organizados en seis regimientos de diez compañías cada uno: 44º, 45º, 46º, 47º, 48º y 49º regimientos. El ejército aportó los 15º, 24º, 34º y 36º regimientos, equivalentes a unos 3.260 soldados. Se les sumó un destacamento de 300 refuerzos del regimiento 33º de infantería y el regimiento Americano (luego conocido como 43º). Este último aportaba 4300 voluntarios de las colonias norteamericanas organizados en cuatro batallones divididos en 36 compañías: ocho de Pennsylvania, cinco de Nueva York, cinco de Massachusetts, cuatro de Virginia, cuatro de Carolina del Norte, tres de Nueva Jersey, tres de Maryland, dos de Connecticut y dos de Rhode Island. A estos se sumaban 200 colonos que se unieron como voluntarios independientes y 500 negros macheteros de Jamaica para trabajos de fajina. En total 15.490 hombres de desembarco. También eleva la cifra a 18.630 marineros si se cuentan a los tripulantes de los buques de transporte y aprovisionamiento. La escuadra estaba a las órdenes del vicealmirante Edward Vernon, el contraalmirante Charloner Ogle y el comodoro Richard Lestock. En total serían 34.120 hombres.
Más recientemente, Membrillo Becerra estimó las fuerzas de la expedición británica entre 27.000 y 29.000 hombres, incluyendo 12.000 soldados, infantes de línea y milicianos y de 15.000 a 17.000 marineros. Le agregó 35 navíos de línea, 26 fragatas, bombardas, brulotes y goletas y entre 130 y 135 buques mercantes. El historiador español Manuel Lucena Salmoral estima que eran 9000 hombres de desembarco, 2000 negros macheteros, 15.000 marineros y 2763 marines norteamericanos.
La flota se dividió en tres grandes divisiones al mando de Vernon, Ogle y Lestock.
La batalla
El novelista escocés Tobias Smollet, que participó como cirujano en la batalla, nos ha dejado una descripción de la misma en su novela Las aventuras de Roderick Random (1748). La gran flota britónica fue avistada el 13 de marzo de 1741, lo que puso en vilo a la ciudad. Antes de disponerse a desembarcar, Vernon silencia las baterías de las fortalezas de Chamba, San Felipe y Santiago defendidas por el capitán de fragata malagueño Lorenzo Alderete. Luego de atacar la fortaleza de Punta Abanicos en la península de Baró, defendida por el capitán José Campuzano Polanco (1689-1760) de Santo Domingo, se dispuso a cañonear el fuerte de San Fernando de Bocachica día y noche durante dieciséis días. Bocachica estaba defendida por el brigadier de la Armada e ingeniero Carlos Desnaux con quinientos hombres que, finalmente, tuvieron que replegarse ante la superioridad ofensiva.
Tras esto, Vernon entró triunfante en la bahía y a su vez, todos los defensores españoles se atrincheraron en la fortaleza de San Felipe de Barajas tras haber abandonado la fortaleza de Bocagrande. Vernon, creyendo que la victoria era cuestión de tiempo, despachó un correo a Inglaterra dando la noticia de la victoria.
Seguidamente, ordenó un incesante cañoneo del castillo de San Felipe por mar y tierra para ablandar a las fuerzas guarnecidas en la fortaleza. En ella solo quedaban seiscientos hombres bajo el mando de Lezo y Desnaux. Vernon decide rodear la fortaleza y atacar por su retaguardia. Para ello se adentraron en la selva, lo que supuso una odisea para los británicos que contrajeron la malaria y perdieron a cientos de sus hombres. Sin embargo, llegaron a las puertas de la fortaleza y Vernon ordenó atacar con infantería. La entrada a la fortaleza era una estrecha rampa que De Lezo rápidamente mandó taponar con trescientos hombres armados con tan solo armas blancas, y lograron contener el ataque y causar mil quinientas bajas a los asaltantes.
La moral de los atacantes bajó considerablemente tras esto y por las epidemias que causaban continuas bajas. Vernon se puso muy nervioso en aquel momento ya que la resistencia a ultranza de los españoles superó con creces sus expectativas y ya había enviado la noticia de la victoria a Gran Bretaña. Vernon discutió acaloradamente con sus generales el plan a seguir. Finalmente decidieron construir escalas y sorprender a los defensores en la noche del 19 de abril.
Los asaltantes, al mando del brigadier general Thomas Wentworth, se organizaron en tres columnas de granaderos y varias compañías de casacas rojas. En vanguardia iban los esclavos jamaicanos armados con un simple machete. El avance era lento debido al gran peso de artillería que transportaban y al continuo fuego que salía de las trincheras y desde lo alto de la fortaleza, además de que estaban expuestos en una gran explanada; no obstante, lograron alcanzar las murallas.
Pero Blas de Lezo, previendo este ataque, había ordenado cavar un foso en torno a la muralla, con lo que las escalas se quedaron cortas para superar el foso y la muralla, quedando los atacantes desprotegidos y sin saber qué hacer. Los españoles continuaron con su nutrido fuego, lo que provocó una gran masacre en las filas invasoras.
A la mañana siguiente, el 20 de abril, pudieron verse innumerables cadáveres, heridos y mutilados en los alrededores de la fortaleza, poniéndose de manifiesto la gravísima derrota británica. Los españoles aprovecharon para cargar a bayoneta provocando la huida de los británicos. Los españoles lograron matar a cientos de ellos y hacerse con los pertrechos que abandonaron los sitiadores tras la huida.
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Tras tomar algunas de las defensas de la ciudad, el asalto británico al castillo San Felipe de Barajas, el último baluarte importante que la defendía, fracasó el 20 de abril; con gran parte de la tropa enferma, numerosas bajas sufridas en los combates y la llegada de la época de lluvias, los británicos optaron por destruir las defensas a su alcance y abandonar el asedio.
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Vernon no tuvo más remedio que retirarse a los barcos. Ordenó durante treinta días más un continuo cañoneo, ya que todavía no aceptaba la derrota. Sin embargo, las enfermedades y la escasez de provisiones empezaban a hacer mella en lo que quedaba de tropa. Finalmente, el Alto Mando británico ordena la retirada, de forma lenta y sin cesar de cañonear. Las últimas naves partieron el 20 de mayo. Tuvieron que incendiar cinco de ellas por falta de tripulación.
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Las pérdidas británicas fueron graves: unos cuatro mil quinientos muertos, seis barcos perdidos y entre diecisiete y veinte muy dañados, todo lo cual obligó al Gobierno británico a concentrar sus fuerzas en la defensa de la metrópoli, el Atlántico septentrional y el Mediterráneo, y a desechar nuevas campañas en las posesiones españolas de América. La derrota en Cartagena desbarató los planes británicos para la campaña y permitió que continuase el dominio español en la región durante varias décadas más. Los ingleses, que contaban con la victoria, se habían precipitado a acuñar monedas y medallas para celebrarla. Dichas medallas decían por ejemplo en su anverso: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «El orgullo español humillado por Vernon». [Precisamente coincide que el 1 de abril es en Europa el día de las inocentadas, de las trolas burlescas. Esa medalla que pregona que los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741 es un sobresaliente ejemplo de ir de caza y regresar sin escopeta y con un tiro en el pie, de que los demás tiros les salieron por la culata y que el orgullo que quedó humillado gracias a Vernon fue el de los jingoístas del Rule Britannia].
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Las bajas españolas se han estimado en unas 2.000: 800 muertos y 1.200 heridos o enfermos. Sin embargo, Fernández Duro reduce el número de fallecidos a 600, a lo que se suman 6 navíos auto destruidos, 395 cañones, 3 baterías y 5 fuertes destruidos.
El historiador inglés William Coxe escribió que a Vernon solamente le quedaron 3.000 tropas terrestres para su ataque en Cuba, habiendo padecido 20.000 muertos por diversas causas. Browning consideraba esta última afirmación plausible. Beatson afirmaba que solamente 3.569 combatientes de tierra sobrevivieron, de los que 1.140 eran milicianos norteamericanos.
Zafra Caramé reconoce que gran parte de las bajas británicas las causaron enfermedades como la fiebre amarilla y el cólera, estimando que sufrieron entre 9.000 y 12.000 muertos; y 7.500 heridos o enfermos. Se estima que en el mes siguiente al retorno a Jamaica otros 1.100 hombres murieron por la fiebre, reduciendo el número de combatientes británicos a 1.400 y el de norteamericanos a 1300. Hart escribió que las bajas fueron tal altas que sólo un tercio de las tropas de tierra británicas volvieron vivas a Jamaica.
Según Membrillo Becerra, los atacantes perdieron 46 buques, incluyendo 11 navíos de línea.
Mientras tanto, en Gran Bretaña se estuvo celebrando la «victoria» sin conocerse aún el desastroso final. Se acuñaron hasta once tipos diferentes de medallas y monedas conmemorativas,
aunque ninguna oficial, ensalzando la toma de Cartagena por parte de las fuerzas angloamericanas.
Una de ellas mostraba
En conjunto, la guerra reportó escasos éxitos y muchos problemas a Gran Bretaña, ya que al fracaso de Cartagena de Indias se sumaron varias derrotas cuando los británicos trataron de tomar San Agustín (Florida), La Guaira y Puerto Cabello (Venezuela), Santiago de Cuba y La Habana. No obstante, el contraataque español en la batalla de Bloody Marsh, en Georgia, pudo ser repelido y por ello los combates finalizaron sin cambios fronterizos en América. Por su parte, España consiguió mantener sus territorios y prolongar su supremacía en América durante cerca de un siglo más.
Como resultado de esta batalla España fortaleció su imperio en América y con él la prolongación de la rivalidad marítima entre españoles y británicos hasta comienzos del siglo XIX. Para el Reino Unido, las consecuencias a medio plazo fueron mucho más graves. Gracias a esta victoria sobre los británicos, España pudo mantener unos territorios y una red de instalaciones en el Caribe y el Golfo de México que serán magistralmente utilizados por Bernardo de Gálvez para desempeñar un papel determinante en la independencia de las colonias británicas de Norteamérica, durante la guerra de independencia estadounidense, en 1776.
La guerra del Asiento se fundió con la guerra de sucesión austríaca, por lo que Gran Bretaña y España no firmaron la paz hasta el Tratado de Aquisgrán, en 1748.
Muerte y castigo póstumo de su enemigo Eslava
El 4 de abril, el día que los británicos habían comenzado el bombardeo sistemático del castillo de San Luis de Bocachica, uno de los que protegía la ciudad, una bala de cañón había impactado en la mesa del Galicia en torno a la que estaban reunidos los mandos españoles en junta de guerra. Las astillas de la mesa hirieron a Lezo en el muslo y en una mano; la infección de estas heridas le acabó causando la muerte. La mala relación entre Lezo y el virrey Sebastián de Eslava, jefe de la plaza y responsable de su defensa, se agudizó una vez levantado el cerco británico. El primero había abogado constantemente por adoptar medidas más ofensivas y por acosar al enemigo, mientras que el segundo había mantenido una actitud más prudente y defensiva, que para el marino pareció inactividad y desidia en la defensa.
Lezo, cada vez más enfermo, apenas abandonó su residencia a partir del 20 de mayo y mantuvo una guerra epistolar con el virrey, tratando de defender su actuación durante el asedio, por la que el virrey llegó a solicitar y obtener el castigo del rey para el marino. Lezo intentó que se reconociese su carrera mediante la obtención de un título nobiliario, petición para la que recabó el apoyo de José Patiño y de parte de sus compañeros de armas de la Armada, pero que el rey, que había recibido los informes desfavorables del virrey y de otros adversarios de Lezo, rechazó. Blas de Lezo falleció en Cartagena de Indias de «unas calenturas, que en breves días se le declaró tabardillo» a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741. Fue el único de los principales protagonistas del asedio de Cartagena que no obtuvo recompensa alguna por sus acciones. Su destitución como jefe del apostadero y la orden de que regresase a la península ibérica para ser reprendido se aprobó el 21 de octubre. El rey Carlos III recompensó al hijo de Lezo por las acciones de su padre, nombrándolo marqués de Ovieco en 1760. Fue enterrado, según una misiva escrita por su hijo, en el convento de Santo Domingo de Cartagena de Indias.
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España renovó tanto el derecho de asiento como el navíoo de permiso con los británicos, cuyo servicio se había interrumpido durante la guerra. Sin embargo, esta restitución durará apenas dos años, ya que por el Tratado de Madrid (1750), Gran Bretaña renunció a ambos a cambio de una indemnización de cien mil libras. Estas concesiones, que en 1713 parecían tan ventajosas (y constituyeron unas de las cláusulas del Tratado de Utrecht), se habían tornado prescindibles en 1748. Además, entonces ya parecáa claro que la paz con España no duraría demasiado (se rompió de nuevo en 1761, al sumarse los españoles a la guerra de los Siete Años en apoyo de los franceses), así que su pérdida no resultaba para nada catastrófica.
Blas de Lezo fue honrado muy posteriormente por su participación en el asedio de Cartagena de Indias, ya que una plaza y una avenida de la ciudad de Cartagena de Indias llevan su nombre. Una estatua moderna se encuentra frente al Castillo de San Felipe de Barajas.
En 2014 el alcalde de Cartagena de Indias, Dionisio Vélez, ante la presión popular, ordenó la retirada de una placa conmemorativa en honor a los soldados británicos fallecidos durante el asedio, que había sido descubierta días antes por el príncipe Carlos de Gales y su esposa Camila, duquesa de Cornualles, durante su visita a la ciudad, ya que fue considerado un inaudito insulto a la memoria de los defensores españoles y neogranadinos.
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El Puerto de Santa María y Blas de Lezo
La estancia de los Lezo en El Puerto de Santa María tuvo varias fechas. El almirante ya había estado en 1719-20 y en 1730 en Cádiz. De allí partió, ya viviendo en El Puerto de Santa María, el 3 de febrero de 1737 hacia Cartagena de Indias dirigiendo la que sería la última carrera de Indias y donde encontraría, como ya se ha reflejado, su glorioso destino.
Tras las investigaciones realizadas en los padrones de la época de la iglesia Mayor Prioral portuense, se ha constatado que Blas de Lezo, su mujer, sus hijos y un criado afroamericano llamado Antonio Lezo vivieron desde 1736 en una casa de la calle Larga, para ser más exactos, en Larga, 70, hoy dedicada a apartamentos de alquiler. Tras su muerte, su viuda —conocida en la localidad como «La Gobernadora»— y sus hijos se quedaron en ella hasta la muerte de ésta el 31 de marzo de 1743.
Josefa Pacheco fue enterrada en el convento de Santo Domingo, sito en la calle del mismo nombre. A partir de esta fecha, los descendientes de Blas de Lezo desaparecen de los padrones portuenses.
Durante su residencia en la ciudad, el Cabildo municipal, siendo conocedor del prestigio del almirante, hizo a su familia diferentes concesiones, entre las que destacó una toma de agua para la casa.
Hasta hace pocos años, la ciudadanía portuense siguió llamando a la mansión casa de «La Gobernadora».
Su memoria en la actualidad
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La Real Armada Española honra la memoria de Blas de Lezo con el mayor honor que puede rendirse a un marino español: tiene por costumbre inveterada que uno de sus buques lleve su nombre. El último así bautizado es una fragata de la clase Álvaro de Bazán: la Blas de Lezo (F-103). Anteriormente portaron dicho nombre un cañonero de la clase Elcano, llamado General Lezo, que en 1898 se encontraba en Filipinas, aunque no llegó a participar en los combates al tener las calderas desmontadas, el crucero Blas de Lezo, que se perdió en 1932 al tocar un bajío frente a las costas de Finisterre y un destructor procedente de la ayuda estadounidense, el Blas de Lezo (D-65). La Armada Colombiana también tuvo un buque con el nombre del almirante, el ARC Blas de Lezo (BT-62), un petrolero de clase Mettawee, adquirido a la Armada de los Estados Unidos el 26 de noviembre de 1947 y dado de baja en enero de 1965.[126]
El 12 de marzo de 2014 se inauguró en el paseo de Canalejas de la ciudad de Cádiz el primer monumento dedicado a Blas de Lezo en España. Al acto acudieron el embajador de Colombia en España y un almirante de la Armada Española. En la fachada de la Diputación Foral de Guipúzcoa, situada en San Sebastián, se encuentra desde 1885 un busto de Blas de Lezo, oriundo de Pasajes.
El 15 de noviembre de 2014, el rey Juan Carlos inauguró en los jardines del Descubrimiento de la plaza de Colón de Madrid una escultura en bronce de 3,5 metros —7 metros en total contando con el pedestal— con la efigie del almirante, muy próxima a la de otros dos marinos ilustres de la Armada Española como fueron Cristóbal Colón y Jorge Juan y Santacilia. El monumento fue sufragado íntegramente por suscripción popular con las aportaciones que un millar de ciudadanos de todos los rincones de España hicieron a la Asociación Monumento a Blas de Lezo. Cuatro días después, el Ayuntamiento de Barcelona aprobó una moción con los votos de CiU, ICV, ERC y DCst, y con la abstención del PSC, en la que se pedía al Ayuntamiento de Madrid que retirara la estatua por haber participado Blas de Lezo en el bombardeo de Barcelona durante la guerra de sucesión española. La petición fue rechazada en rueda de prensa por el Ayuntamiento de la capital.
Existe una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz), donde reposan otros héroes de la Armada Española. También existe una maqueta de la batalla de Cartagena de Indias en la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares (Madrid). Análogamente, en el Museo Naval de Cartagena de Indias se exhibe un conjunto de maquetas con detalle de las fortificaciones de aquella bahía y que describen el sitio de la ciudad por el almirante Vernon, la defensa organizada por Don Blas de Lezo y su victoria sobre el inglés.
Existen calles con su nombre en las ciudades de Almería, Córdoba, Valencia, Málaga, Alicante, Cartagena de Indias, Las Palmas de Gran Canaria, San Sebastián, Cádiz, Huelva, Fuengirola, Rentería, Irún, Pasajes —su localidad natal— y, finalmente, tras una recogida de firmas, el 28 de abril de 2010 se aprobó dedicarle una avenida en la capital de España, Madrid.
En los últimos años ha habido un resurgimiento de su figura entre ciertos sectores de la sociedad.
Blas de Lezo es, al contrario, un reconocido héroe en Cartagena de Indias, que le rinde homenaje de varias maneras: barrios, avenidas y plazas lo conmemoran en sus nombres; y su estatua frente al castillo San Felipe de Barajas mantiene vivo entre los cartageneros el recuerdo del defensor de su ciudad. El 5 de noviembre de 2009, en Cartagena de Indias se dio cumplimiento a un deseo de Blas de Lezo, que en su testamento pedía que un grupo de españoles pusiese una placa que conmemorase aquella victoria. En la inscripción se puede leer:
Homenaje al almirante D. Blas de Lezo y Olabarrieta. Esta placa se colocó para homenajear al invicto almirante que con su ingenio, valor y tenacidad dirigió la defensa de Cartagena de Indias. Derrotó aquí, frente a estas mismas murallas, a una armada británica de 186 barcos y 23 600 hombres, más 4000 reclutas de Virginia. Armada aún más grande que la Invencible española que los británicos habían enviado al mando del almirante Vernon para conquistar la ciudad llave y así imponer el idioma inglés en toda la América entonces española. Cumplimos hoy juntos, españoles y colombianos, con la última voluntad del Almirante, que quiso que se colocara una placa en las murallas de Cartagena de Indias que dijera: Aquí España derrotó a Inglaterra y sus colonias. Cartagena de Indias, marzo de 1741.
Asimismo, el 21 de noviembre de 2009 se descubrió para su memoria una placa en la calle Larga n.º 70 del Puerto de Santa María, donde residió Blas de Lezo antes de librar la batalla de Cartagena y donde nacieron algunos de sus hijos. En dicho acto se estrenó la marcha militar Almirante Blas de Lezo, compuesta para la Real Armada por Joaquín Drake García e interpretada por la Banda de Música del Tercio Sur (Infantería de Marina). Presidieron el acto el almirante de la Flota, el alcalde de la ciudad y la presidenta del Club de Mar Puerto Sherry. La lápida reza así: «En 1736 vivió en este lugar junto a su familia el teniente general de la Armada D. Blas de Lezo y Olabarrieta, insigne e invencible marino, héroe de la batalla de Cartagena de Indias en la que la flota inglesa sufrió una humillante derrota en 1741. La ciudad del Puerto de Santa María en homenaje a su memoria. 21 de noviembre de 2009».
El 21 de septiembre de 2018 se inauguró en la localidad de Torre del Mar (Málaga) una escultura realizada por Francisco Martín en homenaje a su figura.